Publicada

Acabas de comer y, apenas una hora después, ya estás rebuscando en el armario donde guardas las galletas.

O llegas a casa tras el trabajo y, aunque sabes que la comida ha sido suficiente, no consigues quitarte de la cabeza esa tableta de chocolate que compraste el domingo.

Entonces aparece el pensamiento de siempre: «No tengo fuerza de voluntad».

Pero, ¿y si el problema no fuera ese?

La necesidad de picar entre horas rara vez se explica únicamente por una falta de autocontrol. En muchas ocasiones es la respuesta a señales que el cuerpo —o nuestro propio estilo de vida— lleva tiempo enviándonos.

Estas son algunas de las causas más frecuentes.

1. Tienes sed

Nuestro cerebro no siempre diferencia con precisión la avidez de líquido del hambre. Esto ocurre con más facilidad cuando hace calor, aumentamos la actividad física o simplemente llevamos un ritmo tan intenso que nos olvidamos de beber agua.

Si de repente aparece esa necesidad urgente de comer, prueba primero a beber un vaso grande de agua y espera unos minutos. Puede que el apetito no desaparezca por completo, pero muchas veces esa sensación de urgencia disminuye.

2. Comida insuficiente

No todos los alimentos mantienen la saciedad durante el mismo tiempo.

Un plato puede parecer muy saludable y, aun así, quedarse corto si apenas aporta proteína, fibra o grasas saludables. En ese caso, es normal volver a tener hambre pocas horas después.

El organismo necesita comidas equilibradas para mantener estables los niveles de energía. Lo ideal es combinar verduras, proteínas de calidad —como pescado, huevos, legumbres o pollo—, hidratos de carbono y una pequeña cantidad de grasa saludable.

La clave no es comer más, sino comer mejor.

Una mujer descansando. Unsplash

3. Has dormido poco

Seguro que lo has experimentado alguna vez. Después de una mala noche, el cuerpo parece pedir algo dulce, pan o cualquier alimento capaz de aportar energía inmediata.

Dormir poco altera las hormonas que regulan el apetito, incrementa el deseo de alimentos muy calóricos y hace que el cerebro busque recompensas rápidas para compensar el cansancio.

Por eso, cuando encadenas varios días descansando mal, resistirse al picoteo resulta mucho más complicado. En esas circunstancias, la calidad del sueño puede ser una estrategia mucho más eficaz que cualquier dieta.

4. Necesitas parar

Vivimos en piloto automático. Reuniones, trabajo, niños, recados, notificaciones… En muchas ocasiones el cuerpo no está pidiendo una galleta, sino cinco minutos de pausa.

El estrés favorece la liberación de cortisol, una hormona que puede aumentar el apetito y, especialmente, el deseo de alimentos ricos en azúcar y grasa. No porque exista una necesidad real de energía, sino porque el cerebro busca una recompensa inmediata que alivie la tensión.

A veces basta con salir a tomar el aire, dar un paseo o hacer una pausa lejos del móvil para que esa sensación disminuya sin necesidad de abrir la nevera.

5. Comes deprisa

Hay personas que terminan de ingerir alimentos en apenas cinco minutos. El problema es que el sistema nervioso necesita alrededor de media hora para recibir la señal de que el estómago está lleno.

Cuando comemos demasiado rápido es fácil levantarse de la mesa sin sentir una saciedad completa y terminar picando poco después.

No hace falta contar cuántas veces masticas ni convertir las comidas en un ritual. Pequeños gestos, como dejar los cubiertos sobre el plato de vez en cuando, comer sentado o evitar el móvil, ayudan a prestar más atención a las señales del cuerpo y a introducir un poco más de calma.

6. Tienes un hábito

Es una de las causas más habituales.

El café parece pedir una galleta. La serie de la noche invita a preparar palomitas. Trabajar frente al ordenador termina convirtiéndose en la excusa perfecta para coger un puñado de frutos secos cada media hora.

Con el tiempo, el cerebro crea asociaciones muy sólidas entre determinadas situaciones y determinados alimentos. Es lo que conocemos como "hambre aprendida".

No aparece porque el organismo necesite energía, sino porque espera repetir una rutina instalada desde hace años.

La buena noticia es que esos hábitos también pueden modificarse. A veces basta con cambiar el contexto: trabajar en otro lugar o sustituir el picoteo por una infusión.

Café y galletas. Unsplash

7. Buscas una recompensa

La comida no sólo sirve para nutrirnos. También forma parte de la celebración, del consuelo, de los momentos compartidos y del disfrute. Y eso no tiene nada de malo.

La dificultad aparece cuando se convierte en la única vía para gestionar emociones como el aburrimiento, la tristeza, la frustración o el estrés.

Después de un día complicado, es completamente normal que te apetezca algo especialmente sabroso. Nuestro cerebro está diseñado para buscar placer, y los alimentos ricos en azúcar o grasa lo proporcionan de forma inmediata.

Eso no significa que exista un problema emocional ni que debamos eliminar esos alimentos para siempre.

Lo que sí resulta útil es ampliar nuestro repertorio de recompensas: llamar a una amiga, salir a caminar, disfrutar de una ducha relajante, leer un rato o escuchar música también pueden ayudarnos a desconectar.

La pregunta importante

La próxima vez que sientas unas ganas irresistibles de picar entre horas, en lugar de pensar que te falta fuerza de voluntad, prueba a hacerte una pregunta mucho más útil:

¿Qué necesita realmente mi cuerpo en este momento?

Tal vez sea agua. Quizá una comida más completa. Puede que lo que le falte sea una hora más de sueño, un descanso después de una mañana intensa o simplemente un respiro.

Y, por supuesto, también puede ocurrir que tengas hambre de verdad. Eso también pasa y no tiene absolutamente nada de malo.

Comprender de dónde nace ese impulso siempre resulta más eficaz que intentar combatirlo a base de prohibiciones.

Porque dejar de luchar contra este impulso natural empieza, precisamente, cuando aprendemos a escuchar lo que nuestro cuerpo lleva tiempo intentando decirnos.