Las enfermedades autoinmunes comparten una característica que a menudo pasa desapercibida. Se estima que entre el 75 y el 80% de las personas que conviven con alguna de estas patologías son mujeres.
Recibir un diagnóstico suele despertar la necesidad de hacer todo lo posible para sentirse mejor, y la alimentación aparece como una de las primeras herramientas a las que recurrimos.
Aunque no es un tratamiento para estas afecciones, sí puede contribuir a cuidar un organismo con un sistema inmunitario desregulado y favorecer un mejor estado de salud.
El problema surge cuando se atribuyen a la nutrición propiedades que no tiene.
Basta con navegar unos minutos por las redes sociales para encontrar dietas que prometen "desinflamar el sistema inmunitario", "revertir la autoinmunidad" o "curar el intestino" mediante la eliminación de gluten, lácteos, legumbres, cereales o incluso frutas.
La evidencia científica, sin embargo, dibuja un panorama muy distinto.
A día de hoy, no existe un tipo de nutrición capaz de curar las enfermedades autoinmunes ni un protocolo universal que funcione para todas las personas.
Cada padecimiento tiene mecanismos propios y cada paciente presenta una evolución diferente. Eso no significa que lo que comes no sea irrelevante.
Al contrario: cada vez hay más pruebas de que un patrón dietético de calidad puede contribuir a mantener una microbiota intestinal saludable, modular algunos procesos inflamatorios, preservar la masa muscular y reducir el riesgo cardiovascular, un aspecto especialmente importante en muchas de estas patologías.
Verduras.
Más verde
El típico consejo de "hay que comer más verduras" se queda corto. Lo realmente importante es aumentar la diversidad de alimentos de origen vegetal.
Verduras, frutas, legumbres, frutos secos, semillas, cereales integrales, especias y hierbas aromáticas aportan distintos tipos de fibra y compuestos bioactivos que alimentan la microbiota intestinal, un conjunto de microorganismos estrechamente relacionado con el funcionamiento del sistema inmunitario.
Un objetivo sencillo consiste en alcanzar unas treinta variedades diferentes de alimentos vegetales a lo largo de la semana.
No se trata de consumir grandes cantidades, sino de incorporar variedad: unas nueces en el desayuno, lentejas un par de veces por semana, frutas de temporada, semillas en una ensalada o diferentes especias para cocinar.
En nutrición, la diversidad suele aportar más beneficios que la búsqueda de una perfección imposible.
Las mejores grasas
No existen alimentos milagrosamente antiinflamatorios. Lo que sí conocemos son patrones alimentarios asociados a una mejor salud, y uno de sus pilares es la calidad de las grasas.
El aceite de oliva virgen extra debería ser la principal grasa para cocinar y aliñar.
También es recomendable incluir pescado azul dos o tres veces por semana, consumir frutos secos naturales con frecuencia e incorporar semillas como las de lino o chía.
La clave no está en añadir estos alimentos a una dieta rica en ultraprocesados, sino en utilizarlos para desplazar opciones de menor calidad nutricional.
Al final, lo que marca la diferencia es la pauta ditetética en su conjunto.
Alimentos ricos en proteína.
Proteína como aliada
La fatiga es uno de los síntomas más frecuentes en las enfermedades autoinmunes. Además, tanto la propia patología como algunos tratamientos pueden favorecer la pérdida de masa muscular.
Por ello, resulta fundamental asegurar una ingesta adecuada de proteínas distribuida a lo largo del día.
Pescado, huevos, legumbres, carnes magras, derivados de la soja como el tofu y lácteos fermentados como el yogur o el kéfir —cuando se toleran adecuadamente— son excelentes opciones.
No obstante, no es necesario recurrir a productos enriquecidos con proteínas. En la mayoría de los casos, una alimentación equilibrada permite cubrir los requerimientos sin dificultad.
Cuidar la microbiota
La flora intestinal se ha convertido en uno de los grandes focos de investigación en el ámbito de las enfermedades autoinmunes.
Aunque todavía quedan muchas preguntas por responder, sabemos que existe una comunicación constante entre el intestino y el sistema inmunitario.
La buena noticia es que no hacen falta suplementos complejos para favorecer su equilibrio.
Los alimentos ricos en fibra actúan como prebióticos, es decir, sirven de alimento para las bacterias beneficiosas. Además, alimentos fermentados como el chucrut o el miso pueden formar parte de una ingesta saludable —si sientan bien al cuerpo—.
Como ocurre con cualquier recomendación nutricional, conviene individualizar las pautas, especialmente cuando existen síntomas digestivos.
Hay que sumar
Uno de los errores más habituales es pensar que comer saludable consiste en acumular prohibiciones. Sin embargo, suele ser mucho más útil plantearse qué alimentos podemos incorporar.
Cuando la cocina casera ocupa un lugar protagonista, los ultraprocesados tienden a perder espacio de forma natural, sin necesidad de vivir pendiente de las etiquetas ni sentir culpa por disfrutar de un dulce de manera ocasional.
Un régimen alimenticio también debe ser sostenible desde el punto de vista emocional.
Gluten.
Gluten y lácteos
¿Es necesario eliminarlos? Esta es una de las preguntas más frecuentes en consulta.
La respuesta es mucho menos llamativa que la que suelen ofrecer muchos vídeos virales: sólo tiene sentido retirar estos alimentos cuando existe una indicación clínica.
En la enfermedad celíaca, eliminar el gluten es imprescindible. También puede ser recomendable en situaciones concretas valoradas por un profesional sanitario. Pero no hay evidencia suficiente para recomendar una dieta sin espelta a todas las personas con enfermedades autoinmunes.
Con los lácteos sucede algo similar. Salvo que exista una alergia, intolerancia o un diagnóstico específico, eliminarlos de forma sistemática no ha demostrado mejorar la evolución de estas patologías.
Las restricciones innecesarias pueden aumentar el riesgo de déficits nutricionales y añadir una carga más a quienes ya conviven con una condición crónica.
Alimentación sostenible
Vivimos rodeados de mensajes que prometen soluciones rápidas y protocolos aparentemente infalibles.
Es comprensible que, tras recibir un diagnóstico, muchas personas busquen cualquier estrategia que ofrezca esperanza.
Sin embargo, cuidar este aspecto no consiste en encontrar la comida perfecta ni en seguir regímenes restrictivos.
Se trata de construir, poco a poco, un hábito de consumo basado en una amplia variedad de alimentos vegetales, suficiente proteína, grasas saludables, fibra y limitar productos ultraprocesados.
Uno que, además de cuidar la salud, deje espacio para el placer de comer, la flexibilidad y la vida social.
Porque, aunque la comida no sustituye al tratamiento médico, sí puede convertirse en una gran aliada para mejorar la calidad de vida, preservar la masa muscular, proteger la salud cardiovascular y favorecer un ecosistema intestinal más saludable.
