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No es falta de fuerza de voluntad. Cada enero pasa lo mismo. Empezamos con energía, con ganas, con ilusión. Nos prometemos que ahora sí, que esta vez vamos a comer mejor, a movernos más, a sentirnos bien.

Y unas semanas después… ¡Crack! Algo se rompe: volvemos a picar, abandonamos el plan, nos saltamos el gimnasio. Y entonces aparece la culpa. Y con ella, el pensamiento de siempre: "No tengo fuerza de voluntad".

Pero déjame decirte algo importante: la inmensa mayoría de las veces el problema no eres tú, sino el paradigma desde el que buscas el cambio. Durante años nos han vendido que cuidarse significa apretarse, controlar, restringir, forzarse. Y ese enfoque choca totalmente con cómo funciona el cuerpo humano.

Para sorpresa de nadie, no somos máquinas: somos organismos vivos, con ritmos, necesidades, emociones y contextos. Cuando intentas sostener transformaciones que van en contra de tu biología, tu energía real y tu sistema nervioso, se acaba diciendo basta. Y no porque seas débil, sino porque hay que protegerse.

¿Por qué no?

Uno de los grandes errores es pensar que un cambio de vida empieza con una lista de prohibiciones: fuera azúcar, pan, cenas, hidratos… Y por querer mejorar has pasado de una alimentación más o menos flexible a un escenario rígido, estrecho y lleno de normas. Eso genera en un instante una combinación explosiva de sensación de escasez, estrés mental y obsesión con la comida.

En ese escenario maravilloso, tu cerebro ha interpretado las restricciones como amenaza. Es más, ha activado mecanismos de supervivencia: más apetito, más impulsividad, más pensamientos alrededor de la comida... No es casualidad que después de unos días 'portándote bien', aparezca un atracón, un descontrol o una rendición. No es falta de disciplina, es fisiología.

A esto se suma otro punto importante: muchas personas empiezan enero agotadas. Venimos de meses de estrés, pocas horas de sueño, exceso de estímulos, responsabilidades y carga mental. Y ahora rematamos la ecuación con una buena restricción.

Cesta de la compra con frutas y verduras. Foto de Ekaterina Kasimova en Unsplash

No, no es lo que comes

Multitud de veces ponemos el foco sólo en los alimentos, pero lo que está desajustado es el contexto completo: dormir poco, comer rápido, ir corriendo siempre y vivir en modo urgencia. Desde ahí, cualquier 'dieta perfecta' está condenada a fallar.

Además, solemos copiar modelos que no se parecen a nuestra vida real. Planes diseñados para personas que entrenan dos horas al día, cocinan siempre con calma y tienen tiempo y energía ilimitados.

Luego intentamos encajarlos en jornadas largas: hijos, trabajo, cansancio y estrés. Y cuando no podemos sostenerlo, pensamos que el fallo somos nosotras. No, no es así, el fallo es la referencia, el ejemplo.

Cambia el objetivo

Un giro importante es dejar de preguntarte qué dieta deberías hacer y comenzar a cuestionarte algo como qué necesita tu cuerpo ahora para estar mejor. A veces la respuesta no es comer menos: es dormir más, ingerir lo suficiente, regular horarios, mejorar digestiones o bajar el nivel de exigencia. Cuidarse no debería sentirse como una guerra.

Si un plan te genera ansiedad constante, miedo a salirte de él, culpa y rigidez, no es bueno, aunque sea 'muy sano'.

Lo que funciona

Las transformaciones que se sostienen suelen tener varias características: son progresivas y realistas. No intentas hacerlo todo a la vez, sino ir encajando cada detalle en tu vida, no en un plano ideal imaginario. Estos cambios no parten del castigo, se basan en sumar y no en quitar.

Cuando el cuerpo empieza a estar mejor nutrido y regulado, muchas conductas que ahora parecen 'problemáticas' se suavizan solas y hay menos ansiedad, menos necesidad de picar y más claridad para elegir.

Hablemos de energía

Una de las grandes causas de abandono es el cansancio. Porque si vives en ese estado, tu cerebro va a pedir un mix de azúcar, harinas, ultraprocesados y comida de esa que produce un estímulo bien fuerte. Y no porque seas débil, sino porque son las fuentes más rápidas de energía.

Una chica durante sus horas de descanso. Foto de Greg Pappas en Unsplash

Por eso, uno de los primeros objetivos debería ser comer suficiente. Suena básico, pero muchas personas ingieren poco para lo que su organismo necesita. Se saltan comidas y hacen cenas ridículamente pequeñas. De hecho, viven con hambre crónica. Y luego se culpan por perder el control. Cuando empiezas a regular bien esto, todo se vuelve más fácil.

Cómo empezar bien

Mi recomendación no es hacer un plan perfecto, sino arrancar con una base de ideas sencillas: un desayuno con proteína, algo de grasa y algo de hidrato; una comida principal completa al día; un plato caliente; un paseo diario; acostarte 30 minutos antes... Eso ya es muchísimo. No hace falta que todo sea ecológico, casero, perfecto y equilibrado.

Adiós al todo o nada

Uno de los mayores saboteadores es el pensamiento binario de "o lo hago perfecto o no sirve de nada". La vida real no funciona así. Un estilo de vida saludable no es una línea recta, es una suma de decisiones imperfectas sostenidas en el tiempo. Un día comes mejor, otro regular y al siguiente peor, pero sigues. Y eso también es cuidarse.

Redefinir el éxito

Arrancar con unos objetivos rígidos y altamente exigentes nos hace pensar que seremos superexitosas si alcanzamos la meta impuesta. Por eso establecemos marcadores límites como un peso concreto, no comer nunca azúcar o no saltarse ningún punto del plan.

Quizás es un buen momento para que puedas definir lo que de verdad sería un triunfo en tu camino hacia una vida más saludable.

¿Tener más energía?, ¿dormir mejor?, ¿sentirte más conectada con tu cuerpo? Una pequeña reflexión: si cada año te prometes lo mismo y cada año te frustras igual, quizá no necesites más fuerza de voluntad. Quizá necesitas un enfoque distinto, con menos castigo, más base fisiológica y más realista.