El invierno deja huella. En la energía, en la piel… y también en el pelo. Muchas personas notamos más caída, menos brillo, más sequedad o sensación de fragilidad. Y solemos vivirlo con preocupación, como si algo estuviera yendo mal.
La realidad es que, en la mayoría de los casos, no estamos ante un problema grave, sino ante una respuesta fisiológica del cuerpo a una estación más exigente. El invierno implica menos horas de luz, menos exposición solar, más cansancio acumulado, cambios hormonales estacionales y, muchas veces, una alimentación algo más repetitiva.
Todo eso empuja al organismo a un modo más conservador. Es decir, el cuerpo percibe que la energía es limitada y prioriza lo esencial: cerebro, corazón, pulmones, funciones vitales.
Y el cabello, aunque importante para nosotras, no entra en esa lista de prioridades. Por eso es tan habitual que aumente la caída en esta época. No porque estés haciendo algo mal, ni porque tu pelo esté estropeado, sino porque estamos gestionando recursos.
Aquí viene una idea clave: el pelo es un tejido vivo. Y su calidad depende directamente del estado interno del cuerpo.
Recuperar la melena después del invierno no empieza en el champú, sino en crear un contexto interno favorable: un cuerpo que come suficiente, que digiere bien, que descansa, que no vive permanentemente acelerado y que recibe nutrientes de forma regular, tiene más capacidad de fabricar cabello fuerte.
Imagen de archivo de una mujer cepillando su cabello.
Por eso, cuando hablamos de construir un cabello saludable, en realidad estamos hablando de cuidar las bases: nutrición, digestión, sistema nervioso, hormonas y hábitos. Te suena, ¿verdad?
A todo esto se suma la genética. Hay personas con mayor densidad, otras con pelo más fino, otras con tendencia familiar a la caída. La genética marca el punto de partida, pero el estilo de vida determina cuánto de ese potencial se expresa.
También importa mucho el contexto vital (y más en las mujeres con el factor hormonal): postparto, estrés crónico, periodos de restricción alimentaria, enfermedades, duelos, sobrecarga mental… La melena suele ser uno de los primeros tejidos en reflejar esos procesos.
Por eso es importante mirarnos con algo de compasión. A veces no necesitamos hacer más cosas, sino dejar de exigirnos tanto. Cuando entramos en la parte nutricional, la idea no es perseguir superalimentos ni suplementos milagro. Es volver a lo básico y sostenerlo en el tiempo.
Claves para cuidarlo
Entonces, volviendo a lo que nos atañe: ¿Qué puedo hacer para mejorar mi pelo a través de la nutrición?
Para empezar, el primer pilar es la proteína. El cabello está formado principalmente por queratina. Si no hay suficiente disponible, el cuerpo no puede fabricar una buena melena.
Esto no va de contar gramos, sino de algo mucho más simple: que en desayuno, comida y cena haya una fuente clara de proteína y que a lo largo del día aparezcan alimentos como huevos, pescado, carne, legumbres, yogur, kéfir o tofu. La regularidad es más importante que la perfección.
El segundo pilar son las grasas de calidad. El cuero cabelludo es piel, y la piel necesita lípidos para mantenerse flexible, hidratada y protegida. Cuando faltan grasas buenas, el pelo suele verse más apagado, seco y quebradizo.
Incluir de forma habitual aceite de oliva virgen extra, aguacate, pescado azul y frutos secos suele traducirse, con el tiempo, en más brillo y mejor textura.
El tercer pilar son los micronutrientes implicados en el crecimiento del folículo: hierro, zinc y vitaminas del grupo B. Aquí entran alimentos como marisco, carne roja ocasional, lentejas, garbanzos, semillas de calabaza, avena, huevos y verduras de hoja verde.
Si además de caída hay cansancio frecuente, reglas abundantes o sensación de debilidad, una analítica puede ayudar a descartar déficits. También juegan un papel importante las vitaminas antioxidantes como la A, la C y la E, que protegen las células del folículo frente al estrés oxidativo.
Esto, en la práctica, se traduce en algo muy sencillo: platos con color. Verduras, frutas y hojas verdes cada día. Nada sofisticado. Lo cotidiano funciona.
Imagen de archivo de una mujer preparando una ensalada.
Y hay una pieza que muchas veces se pasa por alto: el intestino. Una microbiota equilibrada mejora la absorción de nutrientes, regula la inflamación y participa en el equilibrio hormonal.
Todo eso acaba influyendo en el pelo. Incluir alimentos fermentados, legumbres, verduras y suficiente fibra es una forma indirecta, pero muy potente, de cuidar el cabello.
Un punto importante para gestionar expectativas: este funciona con retraso. Su estado hoy refleja cómo estabas hace dos o tres meses. Por eso los cambios no son inmediatos. Los hábitos que sostienes ahora son los que verás reflejados más adelante.
Y quizá el mensaje más importante: recuperar el pelo después del invierno no va de luchar contra tu cuerpo. Va de enviarle señales de seguridad. De decirle que hay comida, que hay energía, que no hace falta estar en modo supervivencia.
Cuando el cuerpo se siente seguro, invierte en reparación, regeneración y belleza. Y el cabello, poco a poco, suele acompañar. Sin atajos. Pero con bases sólidas.
