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Cuando Cristina Domínguez comenzó su carrera como soprano, jamás se imaginó que lo que la obligaría a bajar el ritmo no sería ni la maternidad —tiene dos hijos, uno de 18 y otro de 17— ni la pérdida de la pasión por la música. Fue un diagnóstico que cayó sobre ella como un jarro de agua fría: adenocarcinoma de páncreas con metástasis en el hígado y en el pulmón.

"En 2015 me dieron cuatro meses de vida", recuerda al teléfono con Magas de EL ESPAÑOL una década después. Entonces tenía unos 45 años y por delante no sólo un tumor en la cabeza del órgano, sino 18 lesiones repartidas y un plan de tratamiento que llegó a extenderse hasta las 40 quimioterapias y 20 sesiones de radioterapia.

En su caso, los avisos llegaron antes de que alguien pronunciara la palabra cáncer. Primero fue un dolor de espalda muy intenso, persistente, que no encajaba con una simple sobrecarga. Luego, una trombosis en la pierna. Después, otra en el brazo izquierdo. Lo que comenzó siendo "un poco mosqueante", dice, en las pruebas terminó de encender las alarmas.

Aquel año, mientras veraneaba en Santander, fue al hospital de Valdecilla. Recibió el peor de los pronósticos posibles, pero reaccionó, sorprendentemente, con calma: "Volví a Madrid de inmediato y empecé el tratamiento; en mi caso fueron tres días seguidos de Folfirinox —que combina fluorouracilo, irinotecan y oxaliplatino— antes de la quimio".

El cáncer de páncreas es uno de los más agresivos que existen, por lo que Domínguez actuó con celeridad. Y mientras tanto, cuenta, "hacía todo lo que estaba en mi mano por seguir sana; me ocupaba de desintoxicarme. Tomaba vitaminas y mucho pomelo, me daba baños con sal marina y magnesio para que salieran los metales pesados de la terapia...".

El tratamiento no fue cosa de unos pocos meses: estuvo más de seis años sometiéndose a quimio y radio, con los efectos secundarios que estos procesos implican y obligándola a reorganizar cada aspecto de su día a día. En ese tiempo, el tumor en la cabeza del páncreas dio problemas en la vía biliar, por lo que le colocaron una prótesis para mantenerla abierta.

Cristina Domínguez, soprano, fue diagnosticada de un cáncer de páncreas con metástasis en el hígado y en el pulmón en 2015. Cedida

Con los años, esa solución empezó a fallar y en enero del año pasado, los médicos optaron por una solución más drástica: un doble bypass para cambiar el circuito digestivo y cortar de raíz esa cascada de complicaciones. Un año tras la operación, la superviviente asegura sentirse "fenomenal" y "una privilegiada por haber podido curarme y salir de esto".

Crece un 2% cada año

Su testimonio es una rareza estadística que da esperanza frente a uno de los cánceres más agresivos que existen en España. Según la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), en 2026 se estima que 10.405 personas —5.147 mujeres y 5.258 hombres— serán diagnosticadas, lo que supone un leve aumento desde 2025 y el reflejo de una tendencia en alza.

"De 2004 a 2025, las tasas han crecido aproximadamente a un ritmo anual del 1,5% en ellos y 2% en ellas", alerta María José Safont, miembro de la Junta Directiva de la SEOM y oncóloga médica del Consorcio Hospital General Universitario de Valencia. Eso se traduce en 10,8 y 16,4 nuevos casos, respectivamente, por cada 100.000 personas.

En mortalidad, la foto es más dura. En 2022 murieron 7.973 personas por cáncer de páncreas en España, unas cifras que sitúan al tumor como el cuarto cáncer más mortal tanto en hombres como en mujeres, con una supervivencia a cinco años que apenas supera el 12% y es ligeramente mayor en ellas. Pero ¿qué influye exactamente en su aparición?

No hay una sola razón. Pesa el envejecimiento poblacional —la edad es un determinante clave—, pero también la exposición a factores de riesgo modificables. Entre ellos, Safont y los informes de la SEOM señalan el tabaquismo: el riesgo de cáncer de páncreas se duplica o incluso triplica en fumadores y disminuye con el abandono del tabaco.

En este sentido, también hay que tener en cuenta un patrón histórico: las mujeres se incorporaron más tarde al hábito de fumar. Esa diferencia temporal, comenta la especialista, podría estar reflejándose ahora en las cifras recientes, de modo que entre ellas comienza a observarse un repunte preocupante.

El tabaquismo no es el único factor a tener en el radar. También influyen el sobrepeso y la obesidad derivados de una vida sedentaria, la diabetes y otras alteraciones metabólicas, la pancreatitis crónica e incluso ciertos factores hereditarios o antecedentes familiares. En conjunto, dibujan un mapa de riesgo que a menudo pasa desapercibido pero conviene conocer.

Una de las razones de su alta mortalidad es que el tumor suele dar señales poco claras. Safont insiste en no pasar por alto síntomas como la ictericia —piel u ojos amarillos y orina muy oscura—, la pérdida de peso sin motivo, un dolor persistente en la parte alta del abdomen o en la espalda, la falta de apetito, un cansancio intenso, las náuseas o cambios en el ritmo intestinal.

Otra señal de alarma puede ser la aparición de una diabetes reciente o un empeoramiento, sin explicación clara, de una que ya estaba controlada, sobre todo en personas mayores. También hay casos, como el de Cristina Domínguez, en los que se presentan trombosis sin una causa evidente, lo que puede ser una manifestación indirecta del tumor.

"El mensaje clave es no normalizar síntomas que se mantienen en el tiempo y pedir ayuda médica cuanto antes para poner en marcha las pruebas necesarias", resume la oncóloga.

Imagen de archivo de una paciente en una revisión médica. iStock

A diferencia del cáncer de mama o del de colon, el cáncer de páncreas no cuenta con un programa de cribado poblacional. Safont resume el motivo con claridad: "No disponemos todavía de una prueba sencilla, lo bastante fiable, segura y asumible como para ofrecérsela de forma rutinaria a toda la población".

A esto se suma el hecho de que es un tumor relativamente menos frecuente, por lo que apostar por esta opción podría acabar generando más ruido que respuestas útiles: falsos positivos, exploraciones invasivas innecesarias, ansiedad añadida y complicaciones que, en conjunto, no compensarían con un "beneficio claro", dice, para la mayoría de las personas.

Es un equilibrio delicado entre hacer todo lo posible y no hacer más daño del necesario. Por eso, hoy la detección precoz se apoya en dos vías. En la población, el foco está en afinar la sospecha clínica y acortar los tiempos: no encadenar meses atribuyendo síntomas al estrés o a una suma de malas casualidades, sino pedir ayuda médica cuando algo no encaja.

En aquellas de alto riesgo, la estrategia pasa por ofrecer programas de vigilancia en unidades especializadas, donde se siguen protocolos muy definidos como la resonancia magnética, la colangiorresonancia o la ecoendoscopia, realizadas de forma periódica y en manos de equipos con experiencia.

Si, como todo indica, más personas tendrán cáncer en los próximos años, Safont cree que la pregunta es cómo la sanidad española va a actuar para abordar los casos. "El reto no es sólo el volumen", subraya, "sino la capacidad de diagnóstico rápido y derivación temprana y el acceso a equipos multidisciplinares y a circuitos de alta sospecha bien organizados".

Insiste en que prepararse para ese escenario implica "reforzar la atención primaria", mejorar el acceso a pruebas como la radiología o la ecoendoscopia y garantizar una "disponibilidad homogénea" de los centros de referencia a fin de evitar la discriminación por código postal.

Porque, recuerda la oncóloga, "el pronóstico depende críticamente del estadio" en el que se diagnostica el tumor y de que exista "posibilidad de tratamiento con intención curativa".

El hito que puede frenarlo

Desde el laboratorio también llega un motivo para mirar el futuro de otra manera. En enero, el grupo liderado por Mariano Barbacid presentó un trabajo en el que logró erradicar este cáncer en ratones con tres inhibidores dirigidos contra el gen KRAS, motor principal del tumor, y contra dos proteínas, EGFR y STAT3, que lo hacen crecer y resistirse al tratamiento.

Es lo que el investigador, acompañado en su labor de un equipo en el que destaca la presencia mayoritaria de mujeres y perfiles jóvenes —la bióloga molecular Sara García Alonso entre ellos—, define como una triple terapia: tres fármacos que atacan tres dianas esenciales para su desarrollo y que logran que desaparezca sin resistencias ni efectos secundarios.

Hasta ahora, esa línea se ha sostenido sobre todo gracias a la Fundación CRIS Contra el Cáncer, que ha invertido ya unos 3,6 millones de euros en el proyecto dentro de los 64 millones destinados a investigación oncológica. Pero para intentar dar el salto del ratón al paciente, el propio equipo calcula que hará falta en torno a 30 millones.

De izquierda a derecha, Cristina Domínguez, paciente; doctor Mariano Barbacid y Lola Manterola, presidenta de CRIS Contra el Cáncer. Cedida

Esta recaudación permitirá poner en marcha los primeros ensayos clínicos. "Si no se investiga, no se avanza. Eso se puede escribir en piedra", insistía recientemente Barbacid en un comunicado emitido por CRIS Contra el Cáncer. El investigador define el papel de la entidad como "esencial" y admite que, sin ella, "sería muy difícil poder avanzar en ciertas áreas de la oncología".

Y es que el avance "es una puerta que abre la posibilidad de cambiar la supervivencia de los pacientes", expresa Lola Manterola, presidenta de la fundación. Desde el lado de los pacientes, Cristina Domínguez sigue de cerca ese avance y celebra el "orgullo" de que sean científicos españoles quienes están liderando este histórico golpe contra el tumor.

Lo que más valora es que su trabajo apunta a medicamentos "que no tengan tanta toxicidad ni tan fuertes efectos colaterales", que permitan trabajar, vivir y sobrevivir sin el aplastante peso de la enfermedad que ella ha soportado tras 40 quimios, 20 radios, prótesis y un doble bypass. "Yo tuve suerte, pero era un proceso que podía tumbar a un camión", recuerda.

Hoy, como muchos supervivientes, vive con un deseo: ojalá la enfermedad no vuelva nunca. Pero también con la certeza de que, si algún día regresara, no estaría en el mismo punto que entonces: "Ahora sé que se está investigando y que, en un par de años, dependiendo de la financiación, podremos beneficiarnos de este avance".

Y ahí, junto a la palabra 'esperanza', coloca su convicción, que es también un mensaje compartido por muchos pacientes: "Sólo con investigación será posible curar el cáncer".