En el supermercado, los huevos reposan tranquilamente en estanterías a temperatura ambiente. Al llegar a casa y, casi por inercia, acaban ocupando las baldas de la nevera.
La escena se repite cada semana y, sin embargo, la duda persiste: ¿por qué allí fuera y aquí dentro? La respuesta no tiene que ver con manías domésticas —tradiciones familiares que pasan de generación en generación— ni con normas arbitrarias, sino con algo mucho más cotidiano y sorprendente...
Boticaria García lo explica de forma clara y, como de costumbre, con un punto de sorna: "Es porque sudan. La cáscara no es impermeable". Aunque a simple vista parezca una barrera sólida, en realidad tiene hasta 17.000 poros. Miles de pequeñas puertas potenciales por las que podrían colarse bacterias como la salmonela, tal y como especifica la divulgadora.
Para evitarlo, el huevo viene equipado de serie con una protección natural: la cutícula. Un barniz invisible que cubre esas entradas y que, dice la farmacéutica y nutricionista, "es mágico". Lo es porque hace esa función esencial de bloqueo, pero permite que atraviesen gases como el oxígeno o el vapor de agua.
El problema es que también es extremadamente frágil. Basta con lavarlo o someterlo a un cambio brusco de temperatura para que esa capa protectora se disuelva. Y cuando desaparece, las bacterias pueden entrar sin pedir permiso.
Aquí es donde entra en juego la sudoración. Si el alimento frío se calienta de golpe, por ejemplo, al sacarlo de la nevera, se produce condensación en la cáscara. Esa reacción es suficiente para dañar la barrera.
Por eso, explica Boticaria García, en el supermercado se conservan a temperatura ambiente. Si estuvieran refrigerados y luego pasaran al calor de la calle, sudarían y perderían ese escudo natural antes de ocupar su nuevo lugar en la casa.
Imagen de archivo de un cartón de huevos.
Entonces, ¿por qué en el hogar se hace justo lo contrario? Porque el problema no es la temperatura en sí, sino la inestabilidad. En una cocina doméstica los grados suben y bajan constantemente: se prenden los fogones, se abre la ventana, se enciende la calefacción… En ese entorno cambiante, lo más seguro es la nevera, donde hay una estabilidad y no se da la sudoración.
Eso sí, con un matiz importante: no vale cualquier sitio dentro del frigorífico. "Nunca en la puerta", advierte. Es la zona que más vaivenes del termómetro sufre cada vez que se abre y se cierra. Mejor en una balda interior.
Teniendo todo esto en cuenta, el resultado de la ecuación es sencillo: en el súper, mejor fuera; en casa, mejor dentro. "Todo por evitar el sudor de los huevos", termina Boticaria.
