Libro en mano y perrita en brazos. Así se presentó Rosa Montero en el Club de Lectura de la Comunidad de Magas, que acogió el jueves 22 de octubre el Espacio Dobble, en pleno centro de Madrid. Hace algo más de un mes, la autora lanzó Un día en la vida de Clarita (Alfaguara, 2026), una "novela corta que se desarrolla en 14 horas, compacta, sólida".
Según comentó la propia escritora ante la mirada de las atentas lectoras —en femenino, porque fueron ellas quienes coparon los asientos—, todo surgió a raíz de una de "esas ideas que atraviesan tu cabeza como comentas, esas que se encienden aunque tú no las hayas escogido y te llenan de emoción; una emoción que no te cabe en el pecho y dices 'yo esto tengo que compartirlo'".
Con Ana Núñez-Milara, adjunta a la dirección de EL ESPAÑOL y miembro del comité de dirección del periódico, como moderadora, la conversación se desarrolló, al menos al principio, más bien como un monólogo.
Las palabras de Montero bullían con frenesí y demostraban las ganas con las que había ido hilando cada una de las páginas que relatan un trocito de la vida de Clarita. Quizá el más importante de todos. Sin embargo, la articulista no solo habló del libro, sino también de sus orígenes y de su forma de trabajarlo.
"Empiezo con lo que llamo un huevecillo y voy tomando notas sólo con pluma —me encanta la sensualidad de la misma resbalando por el papel—", contó.
"Pero no escribo la novela a mano, lo que hago así es desarrollar lo que sucede. Y me lleva normalmente entre 1 y 2 años. Cuando ya lo sé todo, me siento al ordenador, pero eso no quiere decir que no pueda haber cambios, porque el bicho está vivo hasta el final", relató, como si se tratara de otro capítulo de su propuesta.
El Espacio Dobble acogió una vez más el Club de Lectura de la Comunidad de Magas.
De hecho, los procesos creativos a veces son tan curiosos que la historia de Clarita comenzó sin pertenecerle. Montero estaba preparando un proyecto de primer capítulo para unos editores franceses que querían publicar un libro a partir de esas primeras entregas de diferentes escritoras.
Pero, claro, cuando se dio cuenta de lo que tenía entre manos, dijo eso de "esta señora es para mí, no se la doy a nadie".
Y tuvo ese pálpito cuando todavía sabía muy poco sobre cómo se desarrollaría la idea:
"Conocía su nombre, Clarita, una persona que se levanta por las mañanas y empieza a hacer su rutina, tiene un TOC, 65 años y va al trabajo por última vez antes de empezar su jubilación".
Tan intenso fue el sentimiento que Montero lo describió así ante las atentas lectoras: "Fue una posesión porque me obligó a seguir escribiendo su historia sin yo saber nada ni a dónde iba. Me forzó a dejar una novela que estaba escribiendo. Clarita fue una destroyer".
El nuevo libro de la autora salió a la venta el pasado mes de septiembre.
Sin embargo, según detalló, sí sabía cómo iba a sonar el libro, "la temperatura emocional".
"En mi cabeza, tiene colores, música, palpitaciones. Es un barrunto poderosísimo", destacó de forma vehemente, casi visceral. A ello añadió que "nunca he escrito una novela así. Ella se mete en un lío formidable y yo no sabía si iba a ser capaz de sacarla de ahí".
Con la presentación hecha, Ana Núñez-Milara tomó el testigo de la autora para pasar del monólogo al diálogo y abrir también una conversación con el público: ¿es la novela un reconocimiento a esa generación entrenada para ir al trabajo todos los días y cuya virtud es ser leal a una empresa que quizá nunca la recompense?
"No lo he escrito así, lo he hecho sobre todo pensando en las muchas claritas y claritos que hay en el mundo, al margen de su edad. Para todos aquellos que se puedan sentir reconocidos en esta situación", respondió Montero, quien señaló, además, que la novela aborda temas muy suyos.
En las 14 horas de la vida de Clarita que la lectora puede diseccionar aparecen la relación con el poder, la diversidad neurológica y lo que supone parecer distinto de la norma y cómo la sociedad te machaca por ello. "No hay una sola persona en el mundo que sea normal. Todos somos divergentes en algo", comentó.
Además, puso un ejemplo que desató las carcajadas en la sala del Espacio Dobble: "Una amiga me contó que siempre que se cortaba las uñas las iba guardando en cajitas de cerillas. Cuando se divorció, le mandó una a su ex. Publiqué esta historia en una de mis columnas y cinco o seis personas me dijeron que hacían lo mismo".
Y es que, al final, como ella misma señaló, "la diferencia no es patológica, lo normal es ser raro y hay que reivindicarlo". Rosa Montero enlazó esta idea con "el elefante en la habitación" de la novela: el acoso laboral. "Es atroz pensar que somos tan inmaduros y tan tremendos".
Esta afirmación cobra sentido al echar un vistazo a la vida —o, más bien, a la falta de vida— de Clarita. "Ella llega a decir que durante décadas había pensado que la felicidad era la ausencia de dolor, pero de repente pasa algo que hace que esa mujer salga de su miedo; todo empieza a funcionar".
Rosa Montero acudió a la cita con la mejor compañía posible.
Y, tras esto, una conclusión tan interesante como necesaria: "Se da cuenta de que es buena persona". Este hecho, que podría pasar inadvertido, cobra importancia porque, como indicó la escritora, las personas que han sido víctimas de humillaciones pueden terminar convirtiéndose en grandes monstruos. Pero Clarita no.
Es un personaje que da para mucho, a pesar de estar encerrada en su rutina y sus miedos. Y, aunque todo parezca apuntar a la desesperanza, fueron varias las lectoras que, durante el Club de Lectura de la Comunidad de Magas, dijeron que el libro les había hecho reír muchísimo. Montero coincidía con ellas: "He estado escribiendo escenas a carcajadas".
Y todo ello a pesar de que la novela aborda el edadismo, ese desdén hacia ciertas personas, a las que no se mira de verdad y a las que nadie llega a conocer más allá del estereotipo que les han colgado. "La novela transita entre contrarios, hay cosas muy duras, pero también mucho sentido del humor", apostilló.
A propósito de ello, Ana Núñez-Milara comentó que, durante su recorrido por las páginas, le habían dado ganas de abofetear a algún que otro personaje. Rosa Montero, por su parte, señaló que "es una historia de una venganza compasiva. Una versión del patito feo pero más punky".
Ana Núñez-Milara, adjunta a la dirección de EL ESPAÑOL y miembro del comité de dirección del periódico, moderadora habitual en estas citas de la Comunidad de Magas.
La moderadora aprovechó entonces para preguntarle a la autora si había vivido alguna situación concreta o se había inspirado en alguna experiencia particular para emprender ese recorrido de 14 horas en la vida de Clarita. "Siempre creemos que el acoso laboral se da de jefes a subalternos, pero hay mucho entre compañeros. A mí me pasó y lo pasé muy mal", respondió la escritora.
En el vaivén de preguntas entre Montero y el público surgió una cuestión curiosa: "¿Si no hubieras tenido ese primer capítulo habría aparecido la idea?", una intervención que encantó a la invitada. "Estaba ahí, llevaba como un año buscando un leit motiv", contestó la protagonista.
El devenir de los temas llevó la conversación hacia la importancia de la amistad. Como destacó Ana Núñez-Milara, al final Clarita es capaz de establecer ese vínculo, que además la ayuda a sobrellevar su realidad. Hasta entonces, se había negado a hacerlo por miedo, porque exponerse y abrirse también implica mostrarse vulnerable.
"Lo mejor que he hecho en mi vida es ser amiga", expresó Rosa Montero. "La vida no merece la pena llamarse vida si no se vive con los demás. Querer a alguien te hace muy vulnerable, pero vivir sin los otros es elegir morir en vida. Habría que vivir con los amigos y salir con los amantes".
El Club de Lectura de la Comunidad de Magas es sinónimo de encuentros memorables.
Es difícil ponerle el broche a este encuentro después de tales declaraciones, pero, sin duda, se trata de una reflexión que resume, en buena medida, el espíritu de Un día en la vida de Clarita: desde la posibilidad de salir de los propios miedos hasta la necesidad de romper con aquello que nos mantiene atrapadas y descubrir que nunca es tarde para empezar a vivir. Pero de verdad y en primera persona.
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