"Me comió la ansiedad y estuve prácticamente tres años sin salir de mi casa. Fue un episodio en el que me quedé incomunicada; él me encerró y, gracias a una amiga, logré salir de ahí". Con esta rotunda frase arranca su testimonio Rosana, bajo un nombre ficticio asignado que protege su identidad ante la inminencia del juicio contra su agresor.
Su caso refleja el abismo en el que quedan sumergidas muchas víctimas tras la emergencia policial y las medidas cautelares. Para esta madre de cuatro, de origen rumano y afincada en España desde hace casi 30 años, la pesadilla de la violencia no terminó con la denuncia. Durante un tiempo, el temor a que su maltratador cumpliera sus amenazas paralizó su normalidad.
Contar con el dispositivo Cometa y la protección de la UFAM le recordaban el peligro al que se enfrentaba. El agresor, que ya había cumplido condena en prisión, reingresó en la cárcel tras quebrantar de nuevo la orden de alejamiento, lo que ha mantenido durante mucho tiempo a Rosana en un constante estado de alerta.
"Ha sido complicado, pero de esto se sale y la valentía vence al miedo", reflexiona mientras aguarda el momento de personarse en el juzgado, que llegará este octubre. Más allá del daño físico, la consecuencia más destructiva de su relación abusiva fue la anulación de su independencia al interrumpirse bruscamente su carrera.
Paralizada por el temor a salir a la calle o cruzarse con su maltratador, su familia quedó expuesta a una extrema vulnerabilidad económica, y es que la brecha laboral que sufren las víctimas de violencia de género es una secuela difícil de sanar donde la inactividad prolongada convierte cualquier búsqueda de oficio en una quimera.
El retorno al mundo laboral tras una situación de violencia de género puede implicar múltiples desafíos para las víctimas.
Tras periodos prolongados de aislamiento, la idea de redactar un currículum o pasar por entrevistas puede llegar a generar una presión asfixiante. Como explica la propia Rosana, "tenía pánico a relacionarme y a estar con gente". Salir de esa espiral requería necesariamente de ayuda humana para recuperar la fe en sí misma.
Así pues, el punto de inflexión para esta superviviente se produjo en una visita al Punto Municipal de la Mujer de la localidad en la que reside, a unos 50 kilómetros de Madrid capital. Allí, el equipo le habló por primera vez del Proyecto Juntas, una alianza entre la Fundación Integra y la Fundación Mutua Madrileña para impulsar la inserción laboral.
Este programa de voluntariado corporativo, que alcanza ya su novena edición, busca canalizar el talento y la sensibilidad de las empleadas de la aseguradora para ofrecer talleres intensivos de preparación al empleo a beneficiarias en situación de alta vulnerabilidad por estas circunstancias.
Dar el primer paso no resultó sencillo, pero la atención que recibió desde el primer minuto cambió su perspectiva. "La persona que me atendió fue tan sensible y empática que me animó a intentarlo. Al final me presenté y me encontré con personas en situaciones muy similares a la mía", recuerda Rosana sobre aquel encuentro que lo cambió todo.
Las jornadas formativas se estructuraron como talleres intensivos en un horario de 9:00 a 17:00 horas. Pero más allá de la formación técnica sobre portales de empleo o redacción de currículums, el ambiente que se creó en las aulas sirvió como un refugio reparador para todas las participantes tras la vivencia del trauma.
"Comíamos juntas, bajábamos a tomar café y era todo muy familiar. Fueron tan humanos que la presión y la ansiedad que sentías en el pecho se te olvidaban por completo", detalla con emoción al recordar el clima de fraternidad y el apoyo que respiraban a diario en las aulas.
Como cabría esperarse, la fragilidad y la tensión constante en la vida de estas mujeres se hicieron patentes durante el curso. Rosana hace una pausa al otro lado del teléfono antes de rememorar la mañana en la que, "al coger el tren para ir al curso, me saltó el aviso del dispositivo Cometa de que él estaba casi a mi lado".
"Llegué muy nerviosa, pero recibí tanto cariño de los voluntarios y de las compañeras que logré desconectar y seguir adelante. Las personas que nos ayudan nos han dado la vida", asegura en repetidas ocasiones la protagonista al evocar esa protección emocional que le brindó el grupo en momentos de máximo estrés.
Si tomáramos una fotografía panorámica de uno de los talleres del Proyecto Juntas veríamos que, en realidad, no hay perfiles homogéneos ni etiquetas, como tampoco hay ni en España ni en ningún otro lugar del mundo un perfil único de víctima de violencia de género.
Mónica Azores, voluntaria del proyecto Juntas y del área de Publicidad y Patrocinios de Mutua Madrileña.
Lo que sí veríamos en esa imagen es un dolor compartido en las miradas de las participantes y una necesidad imperiosa de reconstrucción. Rosana coincidió con compañeras de diversas edades y procedencias, algunas de ellas alojadas entonces en recursos de alta protección para preservar su integridad ante las graves amenazas.
"Había una chica en un centro de acogida con vigilancia las 24 horas porque su agresor seguía en la calle. Salía únicamente para venir al curso, y ese taller era su único momento para desconectar del miedo", explica la superviviente.
Descubrir que no estaba sola en su batalla personal fue la medicina definitiva contra la estigmatización social. Y no sólo eso: comprobar que profesionales en activo dedicaban su tiempo a apoyarlas de forma altruista, que había "personas que no me conocían pero que querían tratarme con cariño", dice, la terminó de impulsar a "cambiar el chip".
"Tienes que hacerte una coraza para sacar a tus cuatro hijos adelante, pero necesitas herramientas y apoyo real para no hundirte", enfatiza la entrevistada. Por eso precisamente, la labor de las voluntarias es fundamental en este proceso de empoderamiento humano pues brindan orientación práctica que se ajusta a las necesidades reales de cada mujer.
Mónica Azores, empleada del equipo de Publicidad y Patrocinios de Mutua Madrileña y voluntaria en varias ediciones del proyecto, describe los momentos previos a incorporarse a los talleres: "Antes de empezar recibimos una formación donde nos preparan y nos dan consejos de abordaje".
"Nos transmiten que son mujeres con muchas ganas e ilusión, pero con una falta enorme de confianza en sí mismas para reincorporarse al mercado laboral", detalla. El primer impacto al entrar al aula exige absoluta sensibilidad y cercanía por parte de las mentoras para romper las barreras que puedan presentarse al principio.
Como relata Mónica: "Al principio están más tímidas, pero a medida que avanza la sesión van haciendo preguntas, compartiendo sus casos y el ambiente se relaja. Te das cuenta de que no vas a enseñarles contenido técnico complejo, sino a acompañar, empoderar y ayudarlas a que vuelvan a creer en sí mismas".
Uno de los momentos más delicados en la orientación de las supervivientes es el que aborda cómo se responde a las lagunas en el currículum. Para muchas candidatas, enfrentarse a una entrevista implica el temor paralizante de ser interrogadas sobre esos meses o años en los que estuvieron inactivas por sus circunstancias.
Frente a esa angustia, Mónica Azores y el resto de sus compañeras ofrecen pautas: "Ellas tienen mucho miedo a esos vacíos, pero nosotras les hacemos ver que haber estado sin trabajar no significa no haber existido: muchas han estado cuidando de sus hijos, lo cual aporta mucho más de lo que se imaginan en la práctica".
"Les inculcamos que lo más importante es no mentir. No hace falta dar explicaciones detalladas ni entrar en aspectos personales dolorosos; basta con una frase sencilla como: 'Estaba dedicándome a mi familia', y con eso se quedan tranquilas", detalla la mentora de Mutua Madrileña sobre la preparación del discurso profesional.
El trabajo de reconstrucción del autoestima pasa también por ayudar a las alumnas a identificar sus fortalezas cotidianas y traducirlas a un lenguaje profesional mediante ejercicios de análisis DAFO. "Les costaba mucho reconocer sus atributos positivos. Por ejemplo, la crianza o el cuidado del hogar lo veían como algo negativo", explica Mónica.
Una voluntaria junto a una participante del proyecto Juntas.
"Les ayudamos a sacar partido de esas vivencias: gestionar niños implica organizar horarios, tener orden y gestionar personas. Al ponerlo por escrito se daban cuenta de que poseen habilidades perfectamente válidas para trabajar", remarca la voluntaria sobre la puesta en valor del talento latente de las participantes en los talleres.
Además del diseño del currículum y las simulaciones de entrevistas, hay un módulo que, bajo el título "Mi primer día de trabajo", orienta sobre cómo mantener el trabajo a largo plazo. Aquí se trabajan aspectos prácticos como planificar las rutas de transporte con antelación, mantener la puntualidad, adoptar una actitud prudente y abierta, y hacer preguntas con soltura.
La clave del éxito del Proyecto Juntas es su capacidad para transformar la teoría en oportunidades reales de empleo. Sólo hay que preguntarle a Rosana, cuya incorporación al mercado laboral apenas se hizo esperar tras recibir una oferta de trabajo cuando todavía estaba cursando los talleres.
"En mi caso me quedaron dos o tres días por hacer porque me llamaron directamente de una empresa para incorporarme a trabajar. Fue rapidísimo y me cambió la vida", asegura la beneficiaria, quien todavía recuerda con emoción el día en que firmó su contrato con una conocida línea de supermercados.
Esta oportunidad le aportó estabilidad financiera inmediata y una sensación de renovación personal que se va a quedar con ella más allá del corto plazo. Lejos de conformarse con un puesto básico, su desempeño le ha permitido crecer profesionalmente dentro de la compañía: "Estoy en la plataforma de producciones, he subido de categoría y voy a hacer un curso interno".
"Están robotizando varias líneas de montaje y están contando conmigo para todo", añade Rosana. La vuelta al trabajo ha transformado por completo su vida, porque ahora puede ofrecer a sus cuatro hijos la seguridad que tanto tiempo les fue negada tras un tiempo demasiado largo de angustia y carencias económicas.
"Me siento más valiente, más fuerte y muy independiente. Esta formación me dio la fuerza que me hacía falta para llegar fuerte al juicio. Ahora sólo me falta cerrar este capítulo y seguir adelante con mi vida, mi trabajo y mi gente", proclama la superviviente, a la que invade un inmenso orgullo propio por su emancipación.
Desde la voz de las voluntarias de Mutua Madrileña, ser testigos de esta metamorfosis impacta positivamente en lo personal y profesional. Mónica habla a Magas del clima de gratitud que se genera en las aulas: "Cuando lees sus comentarios de evaluación al terminar ves que una hora de tu tiempo las ha ayudado".
"Comprobar que les has devuelto la ilusión y las ganas de trabajar hace que sientas una enorme satisfacción. Es de las jornadas mejor empleadas del año. Yo animo a todas mis compañeras a participar porque recibes muchísimo más de lo que das", enfatiza, convencida de que el voluntariado puede cambiar vidas a golpe de solidaridad y optimismo.
El testimonio de Rosana y la dedicación de Mónica alimentan el sentido de una iniciativa de enorme calado social. A lo largo de sus nueve ediciones, el Proyecto Juntas de Mutua Madrileña y la Fundación Integra ha consolidado una red que ha cambiado la trayectoria de cientos de mujeres.
Un día en los talleres de acompañamiento de Mutua Madrileña y Fundación Integra.
En concreto, el programa ha acompañado a 254 beneficiarias que han recibido capacitación intensiva y personalizada para su inserción laboral. También ha contado con la implicación directa de 255 voluntarias de Mutua Madrileña que han aportado altruistamente su tiempo y su experiencia profesional para mentorizar a las alumnas.
Igualmente, si hay una cifra que explica por qué estos esfuerzos no caen en saco roto, esa es la que corresponde a las 236 contrataciones logradas desde el inicio de las jornadas; una tasa de efectividad extraordinaria. Este modelo de colaboración entre la empresa privada y las entidades sociales facilita que las supervivientes obtengan empleo estable en diversos sectores.
Esta apuesta responde además al compromiso de la aseguradora con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. En este sentido, impacta de forma directa en el ODS 5 (sobre igualdad de género), el ODS 8 (el que tiene que ver con el trabajo decente) y el ODS 17 (enfocado en las alianzas que tan importantes son para contribuir a un desarrollo real).
Las entrevistadas concluyen sus conversaciones con esta revista haciendo un llamamiento a la concienciación. Muchas víctimas atrapadas en situaciones de maltrato desconocen la existencia de estos puentes hacia la autonomía laboral o incluso dudan de sus propias fuerzas para cruzar el abismo del miedo inicial.
Rosana, muy consciente de que ha recuperado las riendas de su destino, aprovecha para lanzar un mensaje a otras mujeres que puedan estar atravesando un infierno similar al que ella dejó atrás: "Le diría que hay que intentarlo, aunque el miedo esté presente. Hay que confiar en el sistema y dejarse ayudar, porque sí funciona y se sale".
Y añade: "A mí los voluntarios me dieron el empujoncito que necesitaba y siempre les estaré agradecida. Se merecen el cielo y ojalá pueda volver a verles alguna vez para darles un abrazo", enfatiza la entrevistada al poner en valor la red de apoyo humano que le permitió reconstruir su vida familiar y profesional tras amargos años de daño e incertidumbre.
