Estefanía Grijota
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La historia de Paula Ortiz Couder, de 31 años, no es la de una vocación temprana y lineal por trabajar en la NASA. Proveniente de una familia volcada en el deporte, ella misma fue tenista, lo suficientemente buena como para conseguir una beca que la llevaría a estudiar a Estados Unidos, aunque sin la idea de llegar a la élite del circuito.

"Estaba claro que no poseía esos talentos que se necesitan para llegar a lo más alto", admite.

Sin embargo, ella misma reconoce cómo gracias a que su entorno le inculcó estos valores, el tenis, en su caso, le dejó algo mucho más duradero y significativo, una herramienta que le haría cumplir el sueño de ser ingeniera aeronáutica y llegar a lo más alto.

"Si no fuera porque conseguí una beca de tenis, no sé si estaría donde estoy hoy", admite.

Couder recuerda el momento en el que presenció su primer lanzamiento de la NASA mientras estudiaba en la Universidad de Aeronáutica Embry-Riddle, y cómo algo se le movió por dentro hasta el punto de cambiar la dirección de su carrera: "Me quedé con una sensación de asombro total y también de un respeto inmenso".

Hasta entonces se veía a sí misma en la aviación, pero aquel hecho, dice, fue "como abrir una puerta". Al día siguiente habló con el asesor de su carrera para planear el cambio definitivo de ingeniería aeronáutica a aeroespacial.

El tenis fue el vehículo que llevó a Ortiz Couder al lugar donde quería estar. NASA

Cambio de sueños

Couder trabaja hoy en la seguridad de las misiones tripuladas de Artemis, el programa de la NASA que busca establecer una presencia humana sostenida en la Luna, y ha comentado una frase que resulta muy gráfica: ¿Qué no es amenazante en el espacio? "La realidad es que todo es peligroso".

"Es un entorno en el que un ser humano no puede sobrevivir sin sistemas de soporte vital. Radiación, gravedad reducida, un vacío absoluto… No sé si podría resaltar uno sólo en particular", dice.

Además, detalla: "Unos actúan más rápido: el vacío y los cambios extremos de temperatura, sin protección, tienen efectos casi inmediatos sobre el cuerpo humano. Otros, como el polvo lunar, trabajan a más largo plazo".

La ingeniera en las instalaciones de la NASA. NASA

"Cada sistema con el que interactúa un ser humano está diseñado para mantenerlo lo más seguro posible mientras completa su misión. Sus análisis no evalúan únicamente fallos técnicos, sino que también contemplan el error humano", explica en la entrevista para Magas.

"Lo que hacemos es intrínsecamente arriesgado, pero por eso trabajamos duro, para asegurarnos de que cada posible peligro sea identificado y que todas las decisiones se tomen desde un punto de vista informado", cuenta con pasión y prudencia.

Su trabajo consiste en evaluar diseños, cazar posibles fallos antes de que ocurran e intentar eliminarlos o, cuando no es viable, mitigarlos al máximo.

Hasta ahora, las misiones espaciales a la Luna han sido temporales. Los astronautas llegaban, realizaban actividades durante unos días y regresaban a la Tierra. Durante el programa Apollo, la estancia más larga sobre la superficie lunar fue la de Apollo 17, de algo más de tres días.

"En el momento en el que deja de ser un viaje puntual y pasa a ser establecer una presencia permanente, la filosofía de la ingeniería cambia completamente", explica.

"Una misión de unos días se diseña en torno a la supervivencia a corto plazo: llevas lo que necesitas, con margen, y vuelves a casa. Pero la Luna, a diferencia de la Estación Espacial Internacional, no es fácilmente accesible", cuenta.

Y pasa a detallar la situación con ejemplos: "La extracción de recursos in situ, la utilización del regolito lunar como material de construcción, el reciclaje de residuos y el cultivo de alimentos implican en estos casos tecnología muy distinta y una filosofía diferente que obliga a repensarlo todo desde cero", puntualiza.

Las caras de la Luna

Estamos acostumbrados a imaginar el satélite como un decorado sereno: gris, silencioso, casi abstracto y a la vez, mágico. Ortiz Couder lo corrige sin dramatismo: "El entorno lunar es implacable".

"La atmósfera terrestre nos protege de los micrometeoritos, la radiación y los cambios extremos de temperatura, pero la Luna no tiene esa ventaja, porque su superficie está llena de cráteres cuyas cuencas permanecen, en muchos casos, en oscuridad total y constante”, expresa.

Ortiz Couder es una de las personas que tiene entre manos las posibles claves para que la estancia en la Luna pase de ser algo estacional a una cuestión permanente. NASA

Y, sin embargo, matiza que todo ello no le quita belleza. Couder explica emocionada las retransmisiones de los astronautas de Artemis II y describe lo que veían desde la ventana de la cápsula Orion:

"Un terreno con mucha más dimensión de la que las cámaras logran capturar, colores marrones y verdes que la tecnología no reproducía con exactitud, y todo esto me hace pensar que, a pesar de ser hostil para los humanos, también puede ser hermoso".

La NASA se prepara

En el horizonte del programa Base Lunar de la NASA, Paula Ortiz Couder declara las intenciones de establecer en un futuro la presencia permanente de los humanos en el satélite.

"Durante muchos años, hemos mantenido lo mismo en la Estación Espacial Internacional. Lo veo como algo muy posible en la Luna también una vez la infraestructura esté establecida".

La última pregunta fue si le gustaría estar ella misma algún día en una misión espacial, lo cual sí podría valorar.

"No soy tan valiente, creo. La verdad es que no es algo que me haya planteado y no pienso que me lo plantee de aquí a futuro. A lo mejor, si algún día ir al espacio es tan común como volar en avión, sí lo haría", concluye.