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Cuando tenía nueve años, a Nada le quitaron todo: la libertad, la identidad, incluso su nombre. El hombre en quien sus padres habían confiado, alguien que se había ganado su cariño ayudándoles cuando el dinero dejó de alcanzar incluso para comer, se llevó a la niña de Barcelona a Bolivia con la promesa de unas vacaciones. Terminó secuestrada en la selva, explotada en un campo de coca, sufriendo abusos sexuales y obligada a casarse con su captor.

Mientras la policía española la buscaba a miles de kilómetros, Nada intentaba no desaparecer. Detrás de un platanero, lejos de los ojos de su secuestrador, escribía en un cuaderno todo lo que recordaba de la escuela. Las palabras que había aprendido. Las cosas que sabía. Todo aquello que pudiera devolverla a la niña que había sido.

Nada había nacido en Marruecos en 2004. Cuando tenía cuatro años, emigró a España con su madre para reunirse con su padre, que ya vivía allí. La familia se instaló en L'Hospitalet de Llobregat. Pronto llegarían las dificultades económicas y, finalmente, un desahucio. “Llegamos a un punto de pobreza extrema. Nos cortaron el agua y la luz en casa, no había casi para comer. No podíamos pagar el alquiler”, recuerda ahora Nada Itrab en una entrevista con Magas.

Se trasladaron a otro piso, en el barrio de La Florida, que estaba completamente destrozado, donde no había agua ni electricidad. Fue entonces cuando apareció él. Se presentaba como Raúl. Era un vecino ejemplar, amable y bondadoso, de los que saludaban a todo el barrio y acudía a la iglesia todos los domingos. Allí conoció a los padres de Nada. Les llevaba comida. Si a la niña le faltaba material escolar, él se lo compraba.

Para unos padres que atravesaban una situación de pobreza extrema, aquella ayuda significaba mucho. “Así se ganó la confianza de mis padres. Ya no era un vecino, sino como alguien de la familia”, describe Nada.

Al principio, aquel hombre acompañaba al parque a Nada y a sus tres hermanos. Después empezó a querer pasar tiempo únicamente con ella. “Entonces empezó a abusar de mí, a tocarme, cuando se quedaba a solas conmigo”, cuenta la joven.

Nadie sospechaba. Para los demás seguía siendo aquel hombre bondadoso que ayudaba a una familia necesitada. “Como era tan buena persona para todo el mundo, a mí me costó, siendo una niña, asimilar que él me estuviera haciendo algo malo”, explica.

Nada Itrab posando sonriente en una foto en la playa. Cedida

Ocho meses después de entrar en la vida de la familia, el hombre hizo una propuesta. Quería viajar a Bolivia, su país de origen, y le ofreció a Nada acompañarle durante una semana. Ella había sacado buenas notas y aquel viaje podía ser, según él, un premio para la niña. También una oportunidad para que saliera durante unos días del entorno de pobreza en el que vivía.

Sus padres aceptaron. El martes 28 de agosto de 2013, Nada subió a un avión rumbo a Bolivia junto al hombre en el que su familia confiaba. “Nunca olvidaré esa fecha”, dice.

El secuestro

Al llegar al aeropuerto, ambos fueron hasta una estación de autobuses para continuar el viaje hacia Cochabamba, el municipio donde iban a alojarse . El hombre entró en un baño, cogió los documentos y el pasaporte de ambos y los tiró a la basura. “Ahí me di cuenta de que dentro de sus planes no entraba el de volver a España. Era pequeña pero yo sabía que si no tenía ese pasaporte, no podía regresar”.

Años después, Nada descubriría que aquel viaje había sido preparado con mucha más antelación de la que ella podía imaginar. Su secuestrador había abandonado su piso en España, había rescindido su contrato de trabajo y se había despedido de los miembros de la iglesia a la que acudía. También supo que compró un billete de ida, pero no de vuelta.

En aquel autobús, Nada golpeó el cristal y pidió ayuda. Nadie reaccionó. “Pensarían: niña, cállate”, comenta Nada. “Adoptó la actitud tranquilizadora con la que había conseguido ganarse la confianza de mis padres”.

La llamada que lo cambia todo

Dos días después, desde una casa de Cochabamba, pudo hablar con su familia. Él le puso una condición: no podía hablar en árabe y solamente debía decir que estaba bien. Pero Nada encontró la manera de hacer llegar el mensaje. “Le dije a mi madre que había perdido el pasaporte y que no sabía cómo iba a volver”.

Su madre entendió que algo no iba bien y acudió a la Policía para denunciar un posible secuestro de su hija. Entonces, los Mossos d'Esquadra se pusieron en contacto con los agentes bolivianos. Una semana después de su llegada a Bolivia, Nada escuchó una conversación telefónica que cambiaría su percepción de lo que estaba ocurriendo.

Un policía llamó a su captor. “Escuché que le dijo: 'Grover, ve a la comisaría y entrega a la niña'”. Fue entonces cuando descubrió que el hombre al que conocía como Raúl se llamaba en realidad Grover. Y también entendió que estaba secuestrada.

Grover cambió de actitud. Dejó de fingir. “Empezó a gritar, con mucha ira, diciéndome que mi madre lo había denunciado”. La policía lo estaba buscando. Había que desaparecer.

Nada Itrab en un momento del rescate. Cedida

El infierno de la selva

Viajaron durante interminables horas en autobús hasta llegar a Entre Ríos, una localidad que sirve de puerta de entrada a la selva boliviana. Allí compraron provisiones. “Grover me dijo que a partir de entonces yo me llamaría Evelyn y que era boliviana. También cambió mi aspecto. Me puso un velo y ropa larga”, cuenta la joven.

Cuando llegaron a la selva, Grover la entregó como mano de obra al dueño de una plantación, donde la obligaron a trabajar de sol a sol. “Me dedicaba a quitar malas hierbas y a cosechar piñas. Él siempre estaba vigilándome para impedir que hablara con alguien o intentara escapar. Por la noche, dentro de la cabaña donde nos alojabamos, abusaba sexualmente de mí”, relata.

Con el paso de los años, Nada descubriría que detrás del secuestro había también una motivación religiosa. Según explica, Grover pertenecía a la Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal, conocida como AEMINPU, una secta fundamentalista judeocristiana que permite y celebra el matrimonio entre hombres adultos y niñas.

Un matrimonio forzado

Dos semanas después de llegar a aquel recóndito lugar, Nada fue casada con su secuestrador. Ella tenía nueve años. Él rozaba los 35. La joven describe aquella ceremonia como la culminación del plan de Grover: “Luego supe que los miembros varones de la secta que se casan con una niña de menos de 10 años, los ascienden a líderes de la secta”, cuenta.

“Ese día nos colocaron en una especie de altar donde los invitados a la ceremonia se acercaban y lo felicitaban solo a él”, recuerda Nada. “Me convertí en una especie de trofeo. Me obligaba a leer la Biblia todas las noches y por las mañanas me pedía que le contara mis sueños porque creía que podía utilizarlos para predecir el futuro. Era un fanático religioso hasta niveles extremos”, señala.

Durante tres meses, aquella fue su vida: ser explotada durante el día, y sufrir abusos por la noche. Hasta que Grover decidió volver a Cochabamba, ya que pensaba que la policía habría dejado de buscarle. Sin embargo, un día vio desde su ventana a varios agentes merodeando la casa y volvieron a huir.

Vuelta a la selva

Esta vez se internaron todavía más en la selva, hacia El Chapare, la región que concentra la mayor cantidad de fábricas y laboratorios de procesamiento de cocaína del país. Uno de los lugares más peligrosos de latinoamérica. Más aún para una niña. “El objetivo era llegar a un lugar donde nadie pudiera encontrarnos”, dice Nada.

Allí, la obligaron a trabajar en un campo de coca. “Me esclavizaron. Tenía que recolectar la hoja de coca y aprender a sobrevivir en la jungla. En aquel lugar, tenía que atravesar ríos. Todo era un peligro. Había tarántulas, todo tipo de animales, serpientes… Los cocaleros me enseñaron a hacer fuego y a pescar para sobrevivir”, explica.

En sus ratos libres, escondida detrás de un platanero mientras los demás comían, Nada escribía en una pequeña libreta todo lo que recordaba de lo aprendido en el colegio. Aquellas páginas fueron su refugio. “Eso me mantuvo con la esperanza de que, algún día, pudiera regresar a la escuela. Y cuando volviera quería recordar todo lo que me habían enseñado antes del secuestro”.

La policía española, mientras, seguía buscándola. La pista definitiva apareció a través de una llamada telefónica. Grover contactó con una mujer que tenía alquilada la vivienda en la que él había vivido en Cochabamba. La policía tenía intervenido su teléfono y pudo escuchar a Nada al otro lado. Supieron que seguía viva y, aún mejor, conocían su paradero.

Nada Itrab con los agentes que la rescataron. Cedida

El rescate

Así, una madrugada, mientras Nada y su secuestrador dormían en la cabaña, irrumpieron varios hombres. Eran cocaleros de la zona que, según relata Nada, les advirtieron que los militares estaban llegando porque sabían que Grover tenía secuestrada a la niña. “Los cocaleros ataron de manos y pies a Grover y lo metieron en un baúl para evitar que escapara. A mí me llevó uno de ellos a su casa, donde estuve hasta la mañana siguiente”, cuenta la joven.

Al amanecer, el estruendo de un helicóptero y el azote del viento en sus hélices la despertaron de golpe. De él bajaron un grupo de agentes de la UCO acompañados de militares. Uno de los agentes, español, de nombre Hidalgo, se acercó a la niña y le preguntó: “¿Eres Nada?”. Hasta entonces, sólo respondía al nombre de Evelyn. Pero contestó: “sí, soy Nada”.

El rescate llegó el 8 de marzo de 2014, siete meses después de ser secuestrada. La subieron a un helicóptero y la trasladaron a una instalación de la DEA cercana. De ahí, la niña fue devuelta a España. “Recuerdo sentir mucha alegría y esperanza. Sólo pensaba en volver a la escuela”, cuenta.

La libreta que había llenado durante aquellos meses en la selva había servido para mantener vivos sus conocimientos y su esperanza. Cuando regresó a las aulas, pudo conservar cierto nivel y pasar de curso.

Grover fue juzgado y condenado en Bolivia a 17 años de prisión por delitos de trata de personas y abusos sexuales.

Nada Itrab posando con un miembro de la Guardia Civil. Cedida

Su paso por centros de menores

Para Nada, el rescate no significó el final de su historia. Tras regresar a España, fue trasladada a un centro de menores de L'Hospitalet, donde permaneció cuatro años. Allí, según denuncia, no recibió ayudas para afrontar lo vivido. “Me trataron como si nada hubiera pasado. No me llevaron ni a un psicólogo. Ni siquiera era consciente de que me habían secuestrado ni de que había sido víctima de violación”.

Las secuelas aparecían incluso en situaciones aparentemente cotidianas. “Después de siete meses secuestrada en la selva, me obligaban a ir de excursión a la montaña, y yo les suplicaba que no quería ir porque tenía trauma con ello", expresa.

Cuando cumplió 14 años, y a petición de sus padres, la enviaron de nuevo a vivir con ellos. “Alegaban que estaría mejor con ellos que en un centro”, dice. Sin embargo, la familia seguía viviendo en la más absoluta pobreza. “Pasé más hambre en aquella casa que en la selva. Ahora volvía allí, en esas condiciones, y con un trauma del secuestro”, se lamenta.

“Llegué a pensar que a nadie le importaba lo que me había pasado. Me sentía desprotegida. Nadie me entendía. Así que, a los 16 años intenté quitarme la vida, pero sobreviví”, cuenta la joven sin querer entrar en detalles sobre aquel episodio.

El segundo rescate

Con el tiempo conoció a la periodista Neus Sala, que había investigado su secuestro. Fue ella quien comenzó a contarle detalles de aquella historia que Nada, por su corta edad, desconocía al completo. “Gracias a ella descubrí que los cocaleros, a cambio de colaborar en mi rescate, le pidieron a la policía que no les molestaran y que les dieran 500 kilos de azúcar”, revela.

Sala, al descubrir las condiciones deplorables en las que Nada estaba viviendo en España, la ayudó a encontrar un piso donde vivir, así como a continuar con sus estudios. “Yo me pude pagar el primer año de universidad gracias a un premio que gané en bachillerato. Pero luego no tuve dinero, y fue Neus la que me ayudó para poder seguir estudiando”, explica. Además, la periodista terminó escribiendo el libro 'Yo soy Nada' en el que reconstruye su historia.

Actualmente, Nada tiene 22 años y estudia Derecho y Relaciones Internacionales en la Universidad de Barcelona. Cuando acabe quiere especializarse en la defensa jurídica de víctimas de trata. “Mi caso no es solo un ejemplo de lo fácil que es abusar de niños, sino también del abandono institucional de menores vulnerables”, comenta.

Doce años han quedado atrás desde aquel 8 de marzo de 2014, pero hay marcas que permanecen intactas, indelebles. “Ya nunca podré confiar plenamente en nadie. Sé bien la maldad que se esconde tras una sonrisa”, concluye.