Antes de convertir los ecosistemas marinos en el centro indispensable de su obra, Jade Hoksbergen les tenía miedo. Creció en Taiwán, una isla bañada a la vez por el Pacífico y dos mares —el de la China Oriental y el de la China Meridional— donde el agua suele asociarse a la precaución. "Los niños crecemos escuchando que hay que estar lejos de la costa", cuenta.
La fotógrafa, una ciudadana del mundo para quien no la conozca, tenía ocho años cuando se mudó con su familia a Cebú, en Filipinas. El traslado supuso un completo desajuste, porque hasta entonces sólo hablaba mandarín, estaba muy unida a su familia materna y tuvo que acostumbrarse a un nuevo país, otra lengua y otra manera de vivir.
También cambió su relación con el agua. Allí, explica, "no había tantos parques, museos o zonas de juego; para pasar el tiempo, teníamos el centro comercial o el océano". Un día, su padre, un francés fanático del buceo que había crecido fascinado por Jacques Cousteau y Las aventuras de Tintín, decidió animarla a sumergirse con él. Ella heredó su pasión.
Retrato de Jade Hoksbergen.
A los 20, mientras trabajaba como divemaster en Santa Lucía, empezó a usar una cámara submarina para registrar las especies que encontraba en las inmersiones. Algunas eran tan raras que ni siquiera otros profesionales de la isla las habían documentado allí antes, como ella misma explica en esta videollamada que conecta con Inglaterra, donde hoy está afincada.
Hoksbergen, que también es pintora y ha estudiado Psicología, se define como "artista, comunicadora visual y madre". Sus imágenes han sido reconocidas en algunos de los principales certámenes del sector: fue Ocean Fine Art Photographer of the Year en 2023 y logró el segundo puesto absoluto en Ocean Photographer of the Year en 2024.
Años antes, en 2020, se convirtió en la fotógrafa más joven incluida en Edition Fifty Fathoms, la colección editorial de Blancpain dedicada a la imagen bajo el agua. Desde entonces, su relación con la firma ha ido madurando: en 2024 diseñó una pieza para Blancpain x Swatch y, después, participó en el desarrollo del Fifty Fathoms Automatique de 38mm.
Su trabajo, guiado por el color, la composición y una atención paciente a los pequeños invertebrados que no vemos en la superficie marina, encaja a la perfección con Blancpain Ocean Commitment, la plataforma con la que la casa —creadora del primer reloj de buceo moderno a mediados del siglo XX— desarrolla proyectos vinculados a la exploración y la conservación.
¿Es posible que una vocación nazca donde antes había temor? Jade, llegaste a Filipinas con miedo al océano y terminaste haciendo de él tu lugar en el mundo. ¿Cuándo dejaste de verlo como una amenaza?
Yo tuve mucha suerte. Cuando tenía siete u ocho años, mi familia se mudó de Taiwán a Filipinas. Para mí fue un cambio enorme y me sentía bastante perdida. Sin embargo, aquella mudanza transformó mi relación con el océano. En mi primer hogar le tenía miedo al mar. Aunque es una isla, se percibe como algo poderoso y peligroso, asociado a los pescadores.
Cuando llegamos a Cebú, era distinto. Las opciones para pasar el tiempo eran el centro comercial o el mar. Mi padre era buceador y sentía una gran pasión por el océano. Además, era muy habilidoso construyendo cosas, así que me preparó un pequeño traje adaptado. Empecé a sumergirme con unos nueve años, primero apenas a dos metros de profundidad.
Recuerdo que vimos Buscando a Nemo prácticamente cuando estaba empezando a bucear. Él me decía: "Todo eso que ves en la película está aquí: Nemo, Dory, las anémonas...". En una de mis primeras inmersiones vi un pez payaso, y ese fue el inicio de una aventura para toda la vida.
Has convertido a infinidad de invertebrados diminutos en protagonistas de tu trabajo. ¿Qué tienen esos seres que casi nadie mira?
Siempre me he sentido atraída por lo frágil, lo modesto y lo que no trata de imponerse. Tanto en las personas como en los animales, me interesa la vida que susurra en lugar de gritar. Encontrar esa belleza escondida es muy gratificante. Primero tienes que buscarla con paciencia y después acercarte con cuidado, porque suelen ser criaturas muy pequeñas.
Eso crea cierta intimidad y conexión. Además, sientes que has tenido el privilegio de ver algo que otras personas podrían haber pasado por alto. El océano cubre el 70% de la superficie terrestre y supone el 95% de su espacio habitable, pero muchas personas solamente imaginan su superficie: ballenas, tiburones, mantarrayas o tortugas.
Son animales carismáticos y es maravilloso compartir espacio con ellos, pero esa es una parte de la historia. Si eligieras 100 especies marinas al azar, entre 90 y 97 serían invertebrados.
Muchas medirían lo mismo que una mano o menos: cangrejos, gambas, moluscos, estrellas o erizos de mar. Constituyen una enorme parte de la biodiversidad, sostienen las cadenas alimentarias y reciclan nutrientes, pero no los celebramos tanto.
Me interesa dar voz a aquello que queda fuera del foco.
Diferentes animales retratados por Jade Hoksbergen.
Tus imágenes documentan fauna, pero también reflejan su vida con un toque muy onírico. Tú, por tu parte, no sólo trabajas tras el objetivo, sino que también pintas. ¿Tu experiencia entre disciplinas se retroalimenta?
Creo que hay dos maneras de entender la fotografía submarina: una más documental y otra más cercana a las bellas artes. Me gustaría pensar que mi trabajo está entre ambas, aunque quizá se incline algo más hacia la segunda. Y eso tiene que ver con que siempre me ha interesado cómo las experiencias nos moldean.
De niña me costaba comunicarme con palabras, porque me mudé a un país con otro idioma y tampoco tenía una lengua común con mi padre. ¡Me resultaba difícil encontrar mi voz incluso dentro de mi propia familia! Por eso, la pintura se volvió importante porque era mi manera de procesar lo que me ocurría y de entender mi historia.
Con el tiempo entendí que, para que el océano pueda sanar, tenemos que escuchar las historias de todas sus criaturas, no únicamente las del tiburón o la ballena. La fotografía documental muestra lo que existe, pero la artística puede decir: "Esto importa".
¿Hasta dónde llega el impacto de algo que se captura en décimas de segundo?
La imagen puede generar empatía, asombro, curiosidad, duelo o cuidado. Hoy tenemos mucha información sobre la crisis de los océanos, pero saber que una especie está amenazada no modifica nuestro comportamiento. Para mí, no basta con crear conciencia. El arte puede dar un paso más y hacerte sentir. La emoción es lo que te lleva a cuidar.
Una de mis obras, que ganó el año pasado la categoría de bellas artes del Ocean Photographer of the Year, muestra un cangrejito rosa camuflado sobre un coral del mismo color. Muchas personas ni siquiera lo ven al principio. Pero, cuando lo descubren, se sorprenden por su capacidad de mimetismo. Ese momento permite apreciar lo complejo e intrincado que es el medio marino.
El océano suele imaginarse en tonos fríos, pero en tus obras hay rosas y rojos, colores cálidos y vivos.
La fotografía submarina está dominada por el azul, pero cuando te acercas al arrecife y miras con atención descubres un mundo lleno de matices. Yo no me puedo inventar lo que tengo delante, pero sí resaltar sus tonalidades para transmitir emociones. Me gusta mostrar que, más allá de la superficie, tenemos un mundo vibrante, complejo y repleto de historias.
El impacto humano
Buceaste durante más de diez años antes de coger una cámara. ¿Cómo ha cambiado tu visión de los ecosistemas marinos tras tantos años de inmersiones?
Desde los nueve hasta los veinte años, simplemente me sumergía para observar, disfrutar y aprender. Mi fascinación por los animales pequeños empezó mucho antes de hacer fotos.
Mientras crecía y buceaba en Filipinas, casi nunca veía tiburones de arrecife. En unos diez años, probablemente los vi menos veces de las que puedo contar con una mano; quizá ni siquiera en dos ocasiones. Eso refleja las consecuencias de la contaminación, la sobrepesca y la insuficiente protección marina.
Los únicos que recuerdo haber visto con regularidad fueron los tiburones zorro de Malapascua, uno de los pocos lugares donde se pueden observar. Mi atención hacia las criaturas pequeñas también tiene que ver con aquello que había disponible.
Aprendí pronto que no necesitaba ver uno para considerar extraordinaria una inmersión. Podía encontrar un cangrejo diminuto y sentir que había vivido algo increíble.
La reconocida fotógrafa oceánica en acción.
Sueles hablar de la importancia de la mirada femenina en la fotografía submarina. ¿Cómo percibes la situación de las mujeres en el sector?
Como en muchos, afrontan desafíos adicionales. La maternidad es uno de los más evidentes y, en mi caso, influyó mucho en las oportunidades que podía aceptar. Di el pecho a mis dos hijas, lo que limitó el tiempo que podía estar lejos. También hay mujeres que conviven con endometriosis y deben afrontar el dolor junto con el peso del equipo y el esfuerzo físico del buceo.
Siempre he intentado que mi género no me frene, pero ser madre me hizo entender que existen límites inevitables. Por eso son importantes iniciativas como el premio Female Fifty Fathoms, impulsado por Ocean Photographer of the Year con el respaldo de Blancpain. Este ha animado a más mujeres a presentarse a concursos y a coger una cámara.
¿Qué te gustaría que aprendieran tus hijas de tu propio recorrido?
Quiero que confíen en sí mismas. Muchas tendemos a dudar de nuestra capacidad, y yo misma tenía menos seguridad cuando era joven. La mayor, que tiene nueve años, es una artista increíble. Cuando era más pequeña, me enseñaba dibujos para pedirme opinión. Yo le decía: "¿Te gustan?". Con el tiempo entendí que lo primero que debía preguntarle era qué pensaba ella.
Al fin y al cabo, si había dedicado tiempo a algo y sentía que estaba bien, tenía que aprender a defenderlo, ¿no? La cuestión es que siempre habrá personas a las que no les interese lo que haces. Pero, si tú crees en tu trabajo, eso es lo que te permitirá seguir. Lo importante es ser consciente de los obstáculos y buscar estrategias para superarlos.
Tu marido, Henley Spiers, también es fotógrafo submarino. ¿Cómo es compartir vida y trabajo con alguien que entiende esa pasión desde dentro?
Esta pregunta es importante porque, en realidad, él fue quien despertó mi curiosidad por las fotos. Verás, nosotros vivíamos en Santa Lucía, en el Caribe, y yo había dejado temporalmente la universidad para mudarme con él. Me convertí en divemaster y empecé a acompañar a otras personas en sus inmersiones.
En mis días libres le pedía prestada su cámara. Quería guardar recuerdos de lo que estaba viendo, porque soy muy sentimental. En ocasiones salía del agua y no conseguía recordar exactamente el aspecto de un pez, así que pensaba que la necesitaba para registrar lo que encontraba. Al principio era documentación; después se convirtió en algo artístico.
Si no hubiera sido por él, probablemente no habría entrado en este mundo. Ahora formamos una especie de brújula el uno para el otro. Somos la primera opinión que buscamos, y también es precioso compartir esta pasión como familia: nuestra hija ya tiene la certificación PADI Seal Team y es una apneísta magnífica. Somos afortunados.
Primer plano de un cangrejo flecha, obra de Jade Hoksbergen.
¿Qué sientes cuando estás bajo el agua? ¿Has tenido miedo alguna vez?
Para mí, sumergirme significa trasladarme a uno de los lugares más tranquilos del mundo. En la superficie vivimos conectados al móvil y pendientes de las notificaciones; bajo el agua todo eso desaparece. Puedes estar realmente presente.
Cuando buceo, me encuentro por completo en el momento. Sé que mi devenir depende de lo que respiro; no estoy en mi hábitat natural y puedo permanecer allí gracias a la ingeniería y la innovación humana. Esa conciencia de la fragilidad de la vida hace que aprecie las cosas con más intensidad.
En cuanto al miedo, creo que casi todo depende realmente de la preparación. Hace poco estuve en Maldivas, a unos 28 o 30 metros de profundidad y con unas corrientes muy intensas. Llevábamos scooters submarinos y cámaras grandes que generan mucha resistencia en el agua.
Tenía que hacer mucha fuerza para sujetar la cámara y lo único en lo que pensaba era: "No la sueltes, no la sueltes". Pero no diría que sentí pánico, porque estábamos preparados. Yo siempre vigilo el aire y tomo las precauciones necesarias porque la obra jamás puede estar por encima de la seguridad.
Otra de sus obras bajo el agua.
Una alianza especial
Eres embajadora de Blancpain, firma que en 1953 lanzó el primer reloj de submarinismo moderno. La vuestra es una relación muy simbólica, porque en 2020 incluyó tu trabajo en The Fifty Fathoms Edition, su colección editorial dedicada a la fotografía bajo el agua, y te convirtió en la creadora más joven de la serie.
Sí, me siento muy honrada de ser amiga de la casa. Tanto que, si mi personalidad fuera una marca relojera, sería esta, porque representa aspectos que respeto profundamente: la historia del buceo, la artesanía, la conservación y también la igualdad de oportunidades.
Tras la muerte de Frédéric-Emile Blancpain en 1932, la compañía pasó a manos de Betty Fiechter, una figura clave, la primera mujer en dirigir una relojera importante y en un período histórico tan complejo. Logró mantenerla durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, su sobrino Jean-Jacques Fiechter, que era buceador, participó en la creación del Fifty Fathoms.
Bajo el liderazgo de ambos se consolidaron dos líneas centrales de Blancpain: Ladybird y Fifty Fathoms. Es una historia que me resulta significativa. Pero, volviendo a nuestro siglo, mi primera colaboración oficial fue en 2020, cuando aparecí en The Fifty Fathoms Edition. Era una publicación anual iniciada en 2008 con Ernie Brooks.
Constaba de 12 libros, uno por cada número de la esfera del reloj, y reunía a 50 fotógrafos submarinos. Yo aparecí en el último volumen. Entonces sólo llevaba cinco años en el sector, aunque ya había buceado durante 15. También fue importante para mí estar entre las mujeres incluidas, junto a figuras como Becky Kagan Schott o Ellen Cuylaerts.
La fotógrafa, con uno de los relojes de la colección de Blancpain.
Esa relación ha continuado con tu participación en el lanzamiento del Fifty Fathoms Automatique de 38 mm —el histórico reloj de buceo de Blancpain, reinterpretado ahora en una versión de menor tamaño y con una paleta más expresiva—. ¿Qué te interesaba de trasladar tu mirada creativa a una joya tan técnica?
Mi uso del color y mi búsqueda de una imagen emocional fueron, creo, parte de la conexión con Blancpain para este Fifty Fathoms. Me parece interesante que también exista una versión rosa, porque añade una dimensión divertida a un objeto que, en realidad, es una herramienta muy seria y técnicamente exigente.
Precisamente ahí está la ironía que me gusta: el reloj fue creado por un buceador para buceadores y sigue concebido para utilizarse bajo el agua, no como una pieza decorativa inspirada en el mar. Pero esa precisión mecánica y esa funcionalidad pueden expresarse también de una forma inesperada y alegre.
Al mismo tiempo, me parece admirable que Blancpain quiera colaborar con personas que trabajan en este sector, desde artistas como yo hasta figuras como Laurent Ballesta, que es fotógrafo, buceador y participó en la creación del Fifty Fathoms Tech Gombessa. Para mí, esa autenticidad tiene muchísimo valor.
La imagen trasciende fronteras y aquí, en España, tu obra Reef Savannah ha sido nominada en el concurso internacional MontPhoto 2026. ¿Qué historia hay detrás de la imagen?
En ella aparece un pez león, una especie muy habitual en muchos arrecifes. La tomé con una velocidad de obturación lenta para crear la sensación de movimiento dentro de una imagen fija. El pez queda nítido porque el flash captura ese instante, pero yo moví la cámara durante la toma, lo que genera una estela y una ilusión de desplazamiento.
Me gusta plantearme retos, pero también mirar de otra manera las criaturas que todo el mundo considera comunes. Es fácil conseguir una foto única si el animal es extremadamente raro, pero el desafío mayor es encontrar algo especial en uno que vemos constantemente.
A mí me entristece que algunos buceadores sientan que han tenido una mala inmersión si no han visto un tiburón o una tortuga mientras a mi hija cada pez le parece hermoso. Creo que es muy importante no perder esa fascinación porque hoy algo puede estar y mañana ya no. No deberíamos dar por hecho lo que tenemos.
