Hay edades que llegan de golpe. Un día todavía buscan nuestra mano y al siguiente necesitan cerrar una puerta, discutirlo todo y empezar a descubrir quiénes son. Para quien mira desde fuera puede parecer distancia; para quien la atraviesa, es una transformación enorme.
Lucía Galán Bertrand, conocida en redes como @luciamipediatra, conoce bien ese territorio. Lleva años entrando en él desde la consulta, desde la maternidad y desde la escucha a familias que llegan preguntándose en qué momento cambió todo.
Ahora, en Adolescencia, pone el foco precisamente ahí: en comprender qué está pasando antes de convertir cada gesto en un problema.
En tu libro planteas que esta etapa no es una guerra que haya que ganar, sino una metamorfosis que hay que acompañar. ¿Llegamos los padres demasiado condicionados por el miedo al conflicto y a perder el control?
Sí, absolutamente. Venimos de una época en la que sólo se escucha '"la edad del pavo", "esto es insufrible", "a ver cuándo se van de casa". Y me parece injusto y muy triste pensar así.
La adolescencia es una auténtica metamorfosis física, intelectual, sexual, ideológica y cerebral que hay que saber acompañar. Para el nacimiento de nuestro primer hijo nos preparamos con libros, cursos, escuelas de padres; nos lo queremos saber todo.
Y luego llegas a los 10 u 11 años, y lo haces 'a pelo'. Es otra década más. No se trata de una guerra a la que haya que sobrevivir, sino una etapa de absoluta transformación para ellos y para nosotros.
Lucía Galán posa con su nuevo libro.
Hablas también del efecto Pigmalión y de la indefensión aprendida. ¿Hasta qué punto un adolescente acaba convirtiéndose en aquello que siempre se le ha dicho que es?
Cuando le repites "no eres capaz", "esto no es para ti", termina creyéndoselo y acaba por no intentarlo. Igual que un niño se cree que viene el Ratoncito Pérez porque se lo ha dicho su madre, también lo hace cuando le dices que nunca podrá.
El efecto Pigmalión es justo lo contrario: "Yo no sé si lo vas a lograr, pero lo vamos a intentar. Yo creo en ti, confío en ti". Cuando estas personitas en construcción ven que sus referentes creen en ellas, lo primero que hacen es intentarlo. Y lo segundo es creerse que de verdad pueden.
Esto me parece de primero de adolescencia: "Eres fuerte, eres capaz. Voy a estar aquí incondicionalmente a tu lado, pase lo que pase. Vamos juntos en esto".
Al llegar esa etapa aparece ese tira y afloja. ¿cómo se encuentra ese equilibrio?
Venimos de una época en la que quieren estar todo el rato contigo, te cuentan hasta el mínimo detalle y, de repente, sólo piensan en encerrarse en su habitación, volcarse en sus amigos y te dedican muy poco tiempo.
Si no sabes lo que está pasando, puedes vivirlo como un ataque. Pero el conocimiento nos salva. Ese chaval está buscando su identidad y para eso necesita introspección, independencia, sentirse reconocido en su grupo y alejarse un poco de quienes hasta entonces habían sido sus referentes.
Ahora bien, tiene que saber que seguimos estando. Si un día, a las diez y media de la noche, te manda un WhatsApp: "Mamá, vente a la habitación, que necesito contarte algo", esa es una ventana de oportunidad que no podemos desaprovechar. Tiene que saber que cuando nos necesite, estaremos.
¿Qué conductas solemos confundir con provocación, mala educación o desinterés cuando tienen mucho más que ver con el desarrollo cerebral?
Casi todas. Los portazos, el "yo qué sé", "da igual"… Su cerebro está en plena poda neuronal, en una reestructuración total de sus conexiones, y ese desorden también se refleja fuera: la habitación, la ropa, la mochila tirada en mitad del pasillo.
Muchas veces lo vivimos como un ataque personal y no lo es. También confundimos con falta de empatía que no se den cuenta de que has tenido un mal día. Están inmersos en una tormenta cerebral que les secuestra buena parte de la atención.
No es irreverencia, no es rebeldía, no es pasotismo. Es adolescencia, biología pura y dura.
Tú lo resumes así: "La emoción corre y la razón camina". Cuando un adolescente responde "no sé qué me pasa", ¿puede estar diciendo exactamente la verdad?
Sí, claro. Eso lleva implícito que está pidiendo ayuda. No saben verbalizarlo, no saben lo que les está pasando. Si eso mismo lo viven muchos adultos, más a ellos, que además lo están sufriendo y tienen un cerebro todavía inmaduro para hacer ese análisis crítico.
Su corteza prefrontal, encargada del orden, la toma de decisiones, el criterio y el análisis, es tremendamente inmadura. Y lo que prima en la adolescencia es la emoción, la intensidad, la dopamina, la presión de grupo, sentirse reconocido.
Eso choca con el cerebro adulto, mucho más reflexivo y menos impulsivo. Y como físicamente los ves mayores, muchos padres los tratan como si lo fueran. Pero no.
¿Qué supone construir una identidad mientras el propio cuerpo cambia casi sin pedir permiso?
Lo que más cambia y a mayor velocidad es el cuerpo. Y les cuesta. A las niñas les baja la regla, les empieza a crecer el pecho, les sale acné, no se reconocen frente al espejo. Todo esto ocurre en una época de tremenda vulnerabilidad, en la que su imagen es muy importante y su autoestima puede verse dañada.
En los chicos, a veces el crecimiento es asimétrico. Pasan por una fase en la que son muy torpes porque su cerebro todavía no ha terminado de asimilarlo.
Imagínatelo. Si a nosotras, con 45 o 50 años, ya nos cuesta asumir determinados cambios del cuerpo, imagínate en un adolescente cuyo cerebro todavía no es capaz de ponerlos en contexto.
Sufren una auténtica crisis que tenemos que saber acompañar en lugar de juzgar, minimizar o tacharlos de exagerados.
El físico cambia justo cuando las redes les ofrecen cuerpos supuestamente perfectos y, además, a todas horas. ¿Qué efecto tiene crecer comparándose constantemente?
Tremendamente negativo. Son víctimas del algoritmo perverso, diseñado para mantener tu atención el máximo tiempo posible.
Si una chica está obsesionada con que tiene barriga y empieza a ver vídeos de vientres planos y cinturas de avispa, detecta ese interés y solo le aparece eso. Después se mira al espejo y ve su cuerpo normal como algo fuera de lo normal.
Eso altera muchísimo la propia imagen corporal. Ahora sabemos que pasar más tiempo frente a las pantallas incrementa el riesgo de trastornos de la conducta alimentaria, depresión, ansiedad, autolesiones, ideación suicida y adicción. Son palabras mayores. Hay que controlar lo que consumen: los contenidos y el tiempo.
La necesidad de pertenecer siempre ha estado ahí, pero ahora también puede buscarse en el algoritmo. Ya no se trata sólo de encajar, sino de parecerse a un perfil que puede estar machacándote.
Sí, y eso hay que explicárselo porque tienen capacidad para entenderlo. La necesidad de pertenecer a un grupo, a una tribu urbana, a un movimiento, es legítima y necesaria. Pero un grupo real, de personas reales, que puedas tocar a su puerta e ir a merendar a su casa.
En la sexualidad, a veces la pornografía llega antes que la primera experiencia. ¿Qué impacto tiene aprender así lo que supuestamente debe ser una relación sexual?
Es un problema real. La primera exposición a este mundo se produce en torno a los 11 años, muchas veces de forma accidental o a través del dispositivo de otros amigos.
Y ahora ya sabemos el impacto que esto genera en un cerebro que, además de ser inmaduro, no ha tenido ninguna experiencia ni contacto sexual con otra persona. Un vídeo porno se convierte en un vídeo 'educativo', entre comillas, cuando es todo lo contrario.
En la pornografía no existe el consentimiento ni preservativos, sino una sumisión patológica, violencia en gran parte de ella, no hay ternura, ni sensibilidad, ni diálogo.
Cuando lo único que ves es ese contenido, interpretas que eso debe ser la norma. Y deshacer después esas creencias es muy complicado, porque se han establecido unos circuitos de deseo, excitación y estímulo que luego no van a obtener en una relación sexual real.
Una cosa es disponer de un móvil y otra redes sociales. ¿Tenemos claro dónde está esa diferencia en la adolescencia?
No, porque la adolescencia es una etapa muy amplia y el grado de madurez, muy variable.
Un niño de 14 años puede tener un móvil porque coge el metro, va en autobús al colegio o necesita comunicarse con sus padres. Pero no contemplo que estén en las redes.
Hasta los 16 considero que son totalmente innecesarias. Incluso más allá —y esta es una opinión completamente personal— creo que no traen cosas positivas. Tienes WhatsApp con tus amigos y ahí está tu red social real: personas que conoces.
Si ya nos afectan a los adultos las críticas, nos atrapan y nos generan adicción, ¿cómo no se lo va a provocar a un cerebro de esa edad?
La pediatra ha publicado otro libro titulado 'Lo mejor de nuestras vidas'.
¿No se hace lo suficiente con este tema?
No, porque es complejo, la industria tecnológica es muy potente y tampoco hay muchos adultos dispuestos a pelear con los chavales. Cuando ya no están tanto tiempo contigo, es muy difícil controlar lo que hacen. Por eso la educación y el conocimiento es lo que nos salva.
Esa educación también pasa por enseñarles a decir "no quiero", "todavía no" o "esto no me gusta".
Claro. No hay que asociar la adolescencia al botellón, a las conductas de riesgo o al sexo. Se puede tener una sana, feliz y plena sin tener relaciones sexuales porque no ha llegado el momento. Y no pasa nada.
No hay que normalizar que todos tengan que perder la virginidad a los 16 años. Los habrá que la hagan con 15, 18 o 25. Y está maravilloso.
Lo importante es que lo decidan ellos. Incluso pueden haber dicho que sí y, llegado el momento, pensar que ya no. Y la otra persona tiene que parar y respetar.
Si alguien te señala, se mofa o te humilla por decir no al alcohol, a las drogas o al sexo, ese no es el lugar. Esas no son las personas. Aléjate.
Como padres nos preocupa mucho que sufra bullying. Pero quizá no nos preguntamos tanto si es nuestro hijo quien lo está haciendo.
Un error enorme. Nuestro hijo puede ser víctima, acosador o testigo, y la educación frente al bullying debe abarcar los tres aspectos.
Nuestra prioridad absoluta es la víctima y hay que protegerla siempre. Pero no nos olvidemos del acosador. Detrás de una conducta de abuso suele haber un niño o un adolescente que está dañado en algún aspecto y también necesita ayuda.
Y no es justo que quien lo sufre tenga que cambiar de clase o de colegio. ¿Por qué? Es estigmatizar todavía más a ese niño o a esa niña.
A estas edades es reversible. No podemos bajar los brazos frente a un chaval de 12 años que está acosando. Tiene toda su vida por delante para reconducirse.
Y tampoco podemos mirar para otro lado como testigos. Son los primeros que se dan cuenta. Hay que educar desde muy pequeños para identificar una situación de vulnerabilidad, proteger a quien la sufre y avisar a un adulto.
TDAH, altas capacidades o síndrome de Tourette no desaparecen al llegar la adolescencia. ¿Estamos atentos a esos códigos y a lo que puede estar pasando?
Estamos más abiertos, pero ese capítulo está dedicado también al resto de la sociedad, a quienes tienen hijos normotípicos, para que levanten un poquito la mirada de su propio ombligo.
Porque si un TEA, un TDAH o un Tourette ya es complejo de por sí, en la adolescencia lo es mucho más. Son más vulnerables a sufrir acoso, aislamiento social y sufrimiento, tanto ellos como sus familias.
Quise incluir ese capítulo para despertar conciencias en padres, madres, adolescentes y profesorado. A estos chicos hay que tratarlos con una capa más de mimo.
Siempre se ha dicho que las niñas llevan peor la adolescencia que los niños. ¿Tú sigues pensando eso?
Son diferentes. Ellas suelen ser más precoces y más intensas emocionalmente. Todo es un drama o todo es maravilloso. La ves pasar por las uñas de Rosalía, el pelo azul, el piercing, las minifaldas, las maxifaldas, los tops… Pasan por las modas, por las tribus urbanas… Cuando entiendes lo que está pasando, incluso lo vives con sentido del humor.
Los chicos tienen más conductas de riesgo: accidentes, peleas, alcohol, drogas. Son más vulnerables en ese sentido.
Ahora bien, no me gusta generalizar ni dogmatizar. Hay niñas impulsivas y niños muy sensibles, sentimentales, con una gran intensidad emocional.
Algo que también vemos cuando somos adultos, ¿no? Nosotras, las mujeres, somos más emocionales, los hombres más pragmáticos y, bueno, nos complementamos.
Pero en la adolescencia, vivirlo como madre ha sido muy interesante. Ver las explosiones emocionales de mi hija frente a mi hijo de edad similar, que levantaba la mirada y no entendía nada de su hermana. Y ella miraba algunas reacciones de él como diciendo: "Carlos ha perdido la cabeza".
No se entendían. Y tú, desde esa mirada adulta, dices: "Qué diferentes son, pero qué maravilloso descubrirlo".
¿Qué le añades, ya para terminar, a Adolescencia?
Que el conocimiento nos salva. Igual que nos preparamos para la primera infancia e intentamos hacerlo de la mejor manera que podemos, nuestros hijos adolescentes merecen, de verdad que lo merecen, que nos preparemos.
Después de veinte años de profesión y casi otros tanto como madre, puedo decir que es una etapa absolutamente fascinante y transformadora.
