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A Maribel Verdú ya no le interesa demostrar nada. O, al menos, no aquello que durante toda su carrera se exige a una actriz: gustar, encajar, responder a las expectativas.

A sus 14 años se lanzó a una profesión que acabaría convirtiéndose en una carrera de varias décadas y, hoy, reivindica la serenidad de elegir por deseo y no por miedo.

Con El problema final —en Netflix desde el 25 de septiembre—, donde interpreta a una enigmática gerente de hotel, vuelve a adentrarse en un género clásico mientras atraviesa una etapa que define con un sustantivo: libertad, acompañado además del adjetivo absoluta.

En la conversación, las palabras sobre la madurez entroncan con el perenne —y necesario— tema del edadismo, en especial, en su oficio.

A día de hoy, la experiencia y trayectoria que ella misma se ha forjado le permiten decir 'no' cuando quiere, pero no le quita ese cosquilleo de cada inicio. Ahora, abre nuevo capítulo en Netflix. Luces, cámaras, acción... ¡Verdú!

En El problema final interpretas a la señora Ausländer, la gerente de un hotel en el que todo el mundo se convierte en sospechoso. ¿Qué te interesó de ella y qué descubriste del personaje cuando empezaste a interpretarlo?

Me fascinó de inmediato su aparente frialdad. Parece una mujer imperturbable, calculadora, de esas que no mueven un músculo sin calcular el impacto. Pero al meterme en su piel descubrí a una superviviente nata. Es alguien con muchas capas, con un pasado que intuyes denso y que utiliza esa contención como coraza.

Aquí trabajas con José Coronado, María Valverde y Martiño Rivas en una historia de misterio muy clásica, pero rodada con una sensibilidad contemporánea. ¿Qué te divertía más del juego de sospechas?

El código que exige este tipo de género es divertido. Rodando, entre todos nos sentíamos constantemente en una partida de ajedrez. Lo mejor era jugar con las miradas, dosificar la culpa, los silencios y esa malicia sutil en la que un gesto mínimo convierte a cualquiera en el principal sospechoso.

Maribel Verdú pisa el 'set' en esta ocasión con José Coronado, María Valverde o Martiño Rivas, entre otros. Rubén Vega Netflix Studios

Tu personaje es quien controla el territorio: el hotel es suyo y conoce sus secretos. ¿Te interesaba interpretar a una mujer que tiene tanto poder en un espacio cerrado?

Muchísimo. Tener el control del tablero físico da un empaque interpretativo muy potente.

Ausländer no necesita levantar la voz ni imponerse físicamente: el espacio juega a su favor, las llaves son suyas, las esquinas son suyas. Interpretar a una mujer madura que no pide permiso ni disculpas por ejercer su autoridad en un entorno tan claustrofóbico fue una de las razones para aceptar el proyecto.

Pérez-Reverte construye en El problema final un homenaje al género clásico del misterio. ¿Tú eres de las espectadoras que intenta descubrir quién es el asesino antes de que termine la película o la serie?

Totalmente, soy de las que intentan desenmascarar al culpable desde el minuto diez. Me encanta ese juego interactivo con el espectador.

Sin embargo, Arturo teje las tramas con tanta astucia que desarmaba mis teorías página a página. Cuando me toca estar al otro lado, disfruto dejándome engañar, y esta historia tiene ese aroma clásico estilo Agatha Christie o Conan Doyle que te desafía constantemente.

Llevas varias décadas trabajando y has pasado por cine de autor, grandes producciones, comedia, drama, televisión, plataformas… ¿En qué momento de tu carrera sientes que estás ahora?

En uno de serenidad, libertad absoluta y disfrute. Ahora me mueve el placer de rodar historias que me conmuevan y de coincidir con personas con las que merezca la pena convivir. Disfruto cada rodaje con una actitud y un agradecimiento que sólo te da el paso del tiempo.

¿Qué cosas haces hoy como actriz que no te habrías atrevido a hacer —o ni siquiera habrías imaginado— cuando empezaste?, ¿algo de tu profesión que aún te dé miedo?

Hoy digo "no" con una tranquilidad absoluta y sin culpa. Cuando empiezas, temes que rechazar un trabajo signifique el fin de tu carrera; hoy elijo por apetencia y no por miedo.

¿Miedos actuales? El vértigo del primer día de rodaje nunca se va, el respeto absoluto al público y a la cámara sigue intacto. El día que no sienta ese cosquilleo en el estómago antes de que griten "acción", malo...

Maribel Verdú, tras cuatro décadas de carrera como actriz, con las ideas más claras que nunca. Rubén Vega Netflix Studios

¿Has aprendido a elegir mejor los personajes o todavía hay veces que un papel te encuentra en un momento inesperado y te arrastra?

Ocurre una mezcla de ambas cosas. Con los años afinas el instinto para detectar un buen guion y a un buen director casi de inmediato. Pero la magia de este oficio reside en que los papeles más inesperados son a veces los que te eligen a ti: te descolocan, te sacan de tu zona de confort y no puedes evitar subirte a ese tren.

Hay una frase que se suele asociar a las carreras largas: que llega un momento en el que una actriz deja de preocuparse por gustar. ¿Te ha ocurrido? ¿Qué has dejado de necesitar demostrar? En especial con la conversación sobre el edadismo abierta.

Es una liberación inmensa. He dejado de necesitar la aprobación externa constante y, sobre todo, he dejado de intentar encajar en cánones ajenos.

En cuanto al edadismo, es fundamental que sigamos hablando de ello y, principalmente, ocupando espacios visibles. Cumplir años no nos resta talento, al revés, nos da hondura y verdad. Mis arrugas y mis vivencias son mi mejor herramienta de trabajo.

¿Hay algo que hoy valores especialmente de aquella Maribel que empezaba y que entonces no eras capaz de ver?

Su valentía y su resiliencia. Con 14 años me tiré a la piscina en una profesión que puede ser muy dura, con una ingenuidad que terminó siendo mi mejor escudo. Hoy miro a esa niña y me enternece su determinación y la pasión inquebrantable que tenía por ser actriz, a pesar de que el camino no siempre fuera sencillo.

Este 25 de septiembre se ha dado una curiosa coincidencia: El problema final llega a Netflix y La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, a los cines. ¿Cómo se vive tener dos estrenos tan importantes el mismo día, aunque sean proyectos tan diferentes?

Con muchísimo orgullo y un pellizco de emoción. Es un reflejo perfecto de lo que amo de esta profesión: saltar de un género clásico de intriga en pantalla global como Netflix a una propuesta cinematográfica tan autoral, desgarradora y necesaria en salas de la mano de Los Javis.

Demuestra que no hay que elegir formatos ni encasillarse; lo importante son las buenas historias.

La película de Los Javis habla de deseo, identidad, memoria y de cómo la sociedad ha tratado históricamente la homosexualidad. ¿Qué crees que sigue teniendo de incómodo o necesario una historia como esta en 2026?

Sigue siendo crucial porque los derechos y libertades nunca son definitivos. Cuando una sociedad olvida su memoria histórica corre el riesgo de repetir la crueldad del pasado. Mirar de frente el dolor ajeno y reflexionar sobre la identidad siempre incomoda a ciertos sectores, pero el cine tiene la obligación moral de conmover y generar debate.

Javier y Javier tienen una sensibilidad prodigiosa para tocar el alma y filmar la verdad sin filtros.

En 'El problema final', la actriz interpreta a la imperturbable señora Ausländer. Rubén Vega Netflix Studios

¿Notas alguna diferencia en la manera en que las nuevas generaciones de cineastas os miran, os proponen personajes o entienden vuestro oficio?

Muchísimo. Hay un respeto enorme hacia nuestra trayectoria, pero sin una distancia reverencial que paralice. Trabajan con mucha frescura, sin prejuicios estilísticos y con una visión horizontal del set donde la voz de la actriz se escucha y se debate.

Me nutre profundamente coincidir con directores jóvenes; me inyectan una energía moderna que me revitaliza por completo.

Has vivido muchísimas transformaciones de la industria: del cine de los noventa a las plataformas, las series internacionales y una forma completamente distinta de consumir ficción. ¿Qué has ganado y qué has perdido como actriz con todos esos cambios?

Hemos ganado un volumen de trabajo brutal y una inmediatez global fascinante: estrenas hoy y te están viendo simultáneamente en 190 países.

Lo que se ha resentido un poco es el tiempo de cocción lenta y la liturgia del cine, esa pausa para digerir las películas antes de saltar a la siguiente novedad del catálogo. Aun así, mientras haya talento detrás de la cámara, los actores seguimos teniendo el mismo objetivo: contar una verdad.

¿Cómo resumirías tu carrera a día de hoy y qué esperas de ella en el futuro?, ¿qué te emociona ahora?

La resumiría como un viaje apasionante, lleno de suerte, trabajo constante y amor por el oficio. De cara al futuro no tengo expectativas rígidas, sólo pido salud, proyectos que me obliguen a seguir aprendiendo y compañeros que me hagan reír en el set.

Me emociona la sorpresa, no saber qué historia me cambiará la perspectiva en el próximo guion que aterrice en mis manos.

¿Por qué hay que ver El problema final y, sobre todo, por qué vamos a seguir viéndola?

Hay que verla porque es un entretenimiento inteligente, con buen ritmo, unos actores al servicio del misterio y una factura visual impecable.

Y la seguiremos viendo porque el enigma clásico es inmortal: la necesidad humana de resolver un puzle, de intentar adivinar quién miente y quién dice la verdad, nunca pasará de moda.