Lidia A. Costa
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Si hay una producción española que haya centrado todos los titulares estas últimas semanas y, muy en concreto, este pasado fin de semana, es La bola negra, de Los Javis.

Escogida para representar a España en los Oscar, y ganadores ellos, Javier Calvo y Javier Ambrossi, del premio a Mejor Dirección en el reciente Festival de Cannes, también ha sido destacada con el Premio del Público a Mejor Película en el Festival de Toronto.

A estos éxitos hay que sumarle el Premio del Público en la 74ª edición del Festival de Cine de San Sebastián, que llegó a su fin este pasado sábado. Y a un estreno en España con datos récord, ya que el viernes 25 de septiembre, primer día en cines, el nuevo trabajo del tándem de actores y creadores, en el que participan también como productores Pedro y Agustín Almodóvar, recaudó 1,3 millones de euros.

Y sumó hasta 175.000 espectadores en las 414 salas de toda España según datos de Rentrak, empresa especializada en medición de medios y análisis de datos de la industria del entretenimiento.

El filme está arrasando, no hay duda. Y es que La bola negra narra de forma magistral, y partiendo de la obra homónima e inconclusa de Federico García Lorca, la belleza y el dolor de los deseos censurados y las vidas al margen que atravesaron la convulsa España de los años 30.

La película está estructurada sobre tres épocas entrelazadas –1932, 1937 y 2017–, y constituye una obra transformadora y un homenaje de memoria a aquellos homosexuales que sufrieron el rechazo, la violencia o el olvido por el mero hecho de amar a contracorriente.

Miguel Bernardeau y Guitarricadelafuente, en 'La bola negra'. Carla Oset

Tal y como le ocurrió al propio García Lorca, asesinado el 18 de agosto de 1936 en un algún lugar aún indeterminado entre los municipios granadinos de Víznar y Alfacar por el bando sublevado. Nunca se han encontrado sus restos.

Los motivos: ser "socialista y masón", además de "ejercer prácticas de homosexualismo", según reza un informe de la Jefatura Superior de Policía de Granada de 1965. Pero entre 1932 y 1937, y la posterior dictadura franquista, no fueron las de los homosexuales las únicas vidas violentadas y reprimidas.

Las mujeres, más de 12 millones –la mitad de la población de nuestro país entonces–, también sufrían una lucha silenciosa, o no tanto.

En los años 30, la opresión también fue la norma que marcó las vidas de la mitad de la población del país, que sufrió sus propias formas de violencia y represalias, especialmente en el transcurrir de 1932 –Segunda República, unos breves años de derechos y reformas– a 1937, con la Guerra Civil y el bando sublevado en clara ventaja estratégica y territorial sobre el republicano, especialmente en el norte peninsular.

Espejismos de libertad

A menudo se habla de la II República española como un momento de grandes avances para las mujeres. Es cierto que, en las zonas urbanas, las españolas de clase media vivían un momento de auténtica ebullición: nuevos derechos, nuevos espacios, pero también resistencias sociales fuertes.

El peso del patriarcado cotidiano consolidado a lo largo de décadas y siglos no desapareció de la noche a la mañana.

El periodo inmediatamente anterior a la República correspondió a la dictadura militar de Miguel Primo de Rivera, respaldado por Alfonso XIII, y que dimitió en enero de 1930.

Después, el monarca encargó el gobierno al general Dámaso Berenguer primero (su fugaz gobierno se conoció como "dictablanda"), y al almirante Juan Bautista Aznar. Pero la II República se proclamó el 14 de abril de 1936, conduciendo al exilio al bisabuelo del actual rey Felipe VI.

Hacia 1932, las españolas vivían el momento más progresista de su historia reciente, las leyes las reconocieron por primera vez como ciudadanas de pleno derecho y la aprobación del voto en 1933 hizo realidad las primeras elecciones generales con sufragio femenino el 19 de noviembre de 1933.

Pero muchos partidos de izquierdas culparon al voto femenino de la victoria de las coaliciones de centro-derecha (CEDA), siendo este uno de esos (falsos) mitos que la historiografía moderna ha desmontado al demostrar que el giro político fue producto, en realidad, de la división de la propia izquierda y la abstención del anarquismo.

La realidad cotidiana, sobre todo fuera de las grandes ciudades y en los ámbitos rurales, no resultaba tan halagüeña, como se puede apreciar en La bola negra a través de los personajes que interpretan María Morales y Natalia de Molina.

Madre e hija en la ficción, vemos a dos mujeres de la alta burguesía granadina atrapadas aún en una forma de vida en las que ellas seguían siendo tratadas como seres inferiores, obligadas a permanecer en el entorno doméstico y supeditadas a la existencia masculina.

Fotograma de 'La bola negra'. Movistar Plus+

"Fue una época de transformaciones de gran calado, de tensiones acumuladas y de constantes contradicciones entre la modernización y la tradición, entre la libertad y el orden", cuenta Eva Cosculluela en El club de las modernas (Seix Barral), su libro sobre el influyente Lyceum Club Femenino de Madrid, considerada la primera asociación feminista de España.

Fundado en 1926 con la pedagoga María de Maeztu al frente, y clausurado por el régimen franquista en 1936, funcionó como un espacio de actividad política, cultural e intelectual en el que llegó a haber más de 500 socias y donde se discutieron, por ejemplo, el sufragio femenino, aprobado más tarde con la II República 1933.

También la Casa de los Niños, una escuela infantil gratuita para los hijos de las obreras impulsada por Consuelo Bastos Mora, quien ejercía como responsable de la Sección Social del Lyceum Club Femenino.

En materia de educación, la II República también significó un gran avance, con la apertura de escuelas mixtas y la eliminación de las asignaturas que tuvieran que ver con la religión y lo doméstico sólo para niñas, incluyendo saberes humanistas y científicos también para ellas.

Además, se crearon escuelas nocturnas para las trabajadoras con el objetivo de reducir analfabetismo femenino. Y se fundó la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu, que buscaba impulsar la educación superior femenina.

Emancipación teórica

La Constitución republicana, que establecía la mayoría de edad para ambos sexos a los 23 años, se aprobó en diciembre de 1931 y estuvo vigente, al menos en teoría, hasta el final de la Guerra Civil en 1939. Garantizaba por primera vez en la historia la igualdad jurídica entre españoles y españolas.

Como ejemplos, el artículo 2 establecía que todos los españoles eran iguales ante la ley, el 25 declaraba que el sexo no podía ser fundamento de privilegio jurídico, el artículo 40 se refería a la admisión de las mujeres en empleos y cargos públicos, y el 46 obligaba a regular su trabajo y a proteger la maternidad.

Entre sus principales logros destacan La Ley del Divorcio, aprobada el 25 de febrero 1932 y que acababa con la idea hegemónica del matrimonio como unión indisoluble y solo posible por la iglesia. Durante 1932 y 1933, más de la mitad de las demandas de divorcio fueron presentadas por ellas. Las razones fueron, de forma mayoritaria, el abandono o los malos tratos.

Pero una cosa era la teoría, y otra diferente la práctica y la vida cotidiana. El Código Civil de 1889 no llegó a ser reformado, y mantuvo vigentes normas del siglo XIX que chocaban frontalmente con los avances logrados por la República. Por ejemplo, ellas seguían teniendo limitada la gestión de sus bienes durante el tiempo que durasen los trámites de divorcio.

También se mantuvo la necesidad de la autorización expresa del marido para diferentes trámites relacionados con las mujeres como aceptar una herencia, firmar un contrato de trabajo, comparecer solas en un juicio o abrir una cuenta bancaria personal.

Además, ella seguía obligada por ley a fijar su residencia donde el esposo decidiera, privándola de toda libertad de movimiento.

La Segunda República prohibió cláusulas de despido por matrimonio, y también reguló el seguro por maternidad. Pero la desigualdad salarial seguía siendo generalizada y el analfabetismo femenino era muy superior a las tasas entre hombres.

El Código Penal sí se reformó en 1932, con la diputada Clara Campoamor como su mayor impulsora. Así, se despenalizaron el adulterio para las mujeres y el amancebamiento para los hombres.

Ya con la Ley del Divorcio aprobada, la infidelidad pasaba a ser una causa civil legítima para disolver el matrimonio, y carecía de sentido que continuara castigándose con penas de prisión.

El control de la prostitución también fue abordado durante la Segunda República con el objetivo de proteger al colectivo femenino. Gracias al trabajo de grandes figuras como la escritora y política Margarita Nelken o la ya mencionada Campoamor, en 1935 se abolió definitivamente, reconociendo mediante Decreto que no era un medio lícito de vida.

Cupletistas en precario

Uno de los momentos culmen de La bola negra es, sin duda, la aparición de Penélope Cruz en el papel de Nené Romero, una cupletista inspirada en Olga Ramos, la 'Reina del Cuplé', que representa también a la perfección cómo se precarizaron las vidas de estas artistas desde la Segunda República hasta la Guerra Civil y posterior franquismo.

Penélope Cruz en la película. Carla Oset

"En los años 30, el cuplé vivía una suerte de ‘ola verde’ de nuevo. Era un género musical que a principios del siglo XX había tenido un momento de eclosión relacionado con el erotismo, como se llamaba en aquel momento la sicalipsis", cuenta la investigadora y divulgadora en copla Lidia García García, en relación al término con el que se conocía en el argot teatral de entonces la "malicia sexual" o "picardía erótica".

Alude la experta, fundadora también del pódcast ¡Ay, campaneras!, a la ambivalencia en la que siempre se movieron las cupletistas, en aquellos momentos aún más marcada.

"Se hacían eco de ciertas transgresiones con respecto a lo que se esperaba de las mujeres de la época, encarnaban de alguna manera esos aires de libertad", sostiene. "Por otra parte, continuaban siendo duramente juzgadas desde un punto de vista social; eran vistas como un mero entretenimiento".

De hecho, había cuplés en los que ya entonces se hablaba de feminismo, de cierta rebeldía de género, recuerda García García. "Pero desde un prisma humorístico, lo que confirma la existencia de esa contradicción en la figura de las cupletistas", remarca.

Y continúa afirmando que "la guerra atravesó sus vidas como la de todo el mundo. Muchas siguieron trabajando en el frente, a menudo en condiciones mucho más precarias", como se observa, efectivamente, con el personaje de Nené Romero.

La investigadora comenta también que otras artistas tuvieron que exiliarse víctimas de la represión de la dictadura, algo que a menudo se olvida.

"Recordamos más la represión que sufrieron otro tipo de figuras no tan vinculadas a un arte tan popular y específicamente femenino como es el cuplé. Y el repertorio de estas cupletistas cambió mucho, no tanto durante la Guerra Civil como ya en la dictadura, donde el género rey ya era la copla y no se permitió ese aire de libertad sexual y de erotismo", dice.

El humor y la ironía servían a menudo para vehicular mensajes que, de otro modo, difícilmente podrían haberse dicho. "Ellas expresaban, a través del cuplé, preocupaciones relacionadas con el feminismo y el género, con cómo estaba cambiando de manera relativamente rápida el papel de la mujer en la sociedad", explica Lidia García García.

El género vive su mayor esplendor a comienzos del siglo XX, pero tuvo muchas vidas. "Después de haber sido vapuleado por el franquismo, y destronado por la copla, vive una segunda etapa de esplendor a finales de los años 50, principios de los 60", detalla.

"Sobre todo, gracias al inesperado y enorme éxito de El último cuplé, de Juan de Orduña con Sarita Montiel. Y también con artistas más relacionadas con el humor como Lina Morgan, Mary Santpere o Marujita Díaz", añade.

Huelga decir que, cuando se rescatan los cuplés de principios de siglo en los años 50, se pasan por la censura. "Se suavizan muchísimo las letras cuando no se censuraron directamente", afirma la experta, quien también reconoce el valor de seguir recordando las historias de estas canciones tan cargadas de trasgresión, libertad y defensa de la alegría.

"Mientras sigamos recordando a esas mujeres, el cuplé no morirá del todo", puntualiza.

Mujeres represaliadas

Aquellas que durante la II República habían ejercido algún tipo de actividad política sufrieron violencias y represalias creadas casi específicamente para ellas. Tanto que muchas intelectuales acabaron exiliándose con la llegada de la dictadura franquista.

En México lo hicieron Margarita Nelken, diputada y crítica de arte; Ernestina de Champourcin, poeta de la Generación del 27; Margarita Ucelay, filóloga y especialista en la obra de García Lorca; o Isabel Oyarzábal, embajadora, escritora y defensora de los derechos de la mujer.

A Francia huyeron Victoria Kent, abogada y política; Federica Montseny, anarquista y primera ministra mujer en España; o Dolores Ibárruri, 'La Pasionaria'.

Y en Argentina buscaron refugio y una nueva vida María Teresa León, destacada escritora (y pareja de Rafael Alberti); Clara Campoamor, que también pasó muchos años en Francia y Suiza; María de Maeztu o la pintora Maruja Mallo.

Muchas mujeres que durante la II República habían ejercido algún tipo de actividad política, o que eran familiares de hombres cercanos a la ideología de izquierdas o republicana, sufrieron violencias y represalias durante los años de la Guerra Civil.

Se las agredía con el fin de ejercer castigos vicarios o indirectos –no confundir con la violencia vicaria– con un fin ejemplificante.

Estos consistían en el escarnio público y la humillación, a menudo mediante el rapado del pelo y el consumo obligado de aceite de ricino, lo que ejercía un efecto laxante y la defecación incontrolada en público. También se las marcaba y abusaba sexualmente, además de ejercer sobre muchas de ellas violencia económica y obstétrica, y el robo de niños.

Como resumen, durante los años 20 y 30 surge la figura de la mujer moderna, especialmente en las clases burguesas, que desafió los roles tradicionales identificados con lo femenino para buscar su propia autonomía, educación y participación cultural.

Y también accedió progresivamente a universidades, tertulias y deporte, mientras la moda y hábitos considerados masculinos como fumar, trabajar o viajar solas se empezaron a entender como ejemplos de independencia.

Un episodio simbólico y conocido de esta rebeldía fue el de Las Sinsombrero, un grupo de mujeres intelectuales que venían de la Generación del 27, que rompieron abiertamente con las convenciones sociales y estéticas buscando visibilidad e identidad artística propia.

Algunas de ellas fueron Maruja Mallo, la poeta y editora Concha Méndez, la filósofa María Zambrano, la escritora Rosa Chacel o Carmen Conde, poeta y académica.

En el bando sublevado, la institución hegemónica en lo referente a los asuntos femeninos fue la Sección Femenina de Falange, presidida por Pilar Primo de Rivera.

Durante la Guerra Civil, y como también se aprecia en La bola negra, estas mujeres dedicaron sus esfuerzos al cuidado de los heridos, al auxilio social e incluso a la actividad de espionaje en el supuesto de que se encontrasen en territorio republicano.