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"Estamos ante una jovencita que realmente tiene un talento extraordinario. Su nombre y su apellido es todo extraño: Shakira Mebarak". Así arrancaba en 1987 la grabación de la primera entrevista de la loba de Barranquilla. Ella entonces apenas tenía 11 años, pero ya llevaba un par cantando y algunos más disfrutando del baile, la que fuera su primera pasión.

Casi cuatro décadas después, aquella niña de pelo negro y cejas pobladas ha montado en Madrid una ciudad a su medida para cerrar la etapa europea de su gira. Macondo Park, el recinto levantado en Villaverde para su residencia, suma unos 30 hectáreas de espacio, varios pabellones temáticos, propuestas de gastronomía, moda, cultura y entretenimiento…

También zonas VIP y una programación pensada para ocupar la jornada entera antes de que empiece el concierto en el Shakira Stadium, con capacidad para cerca de 50.000 personas por noche. La artista tiene previstas 12 actuaciones en Madrid entre septiembre y octubre, lo que podría llegar a reunir a alrededor de 600.000 espectadores. Se dice pronto.

La capital acoge estos días la única parada en el continente de la residencia y llega después de una gira que, según las cifras recogidas por Forbes, ha vendido 3,3 millones de entradas en 86 conciertos y ha recaudado 421,6 millones de dólares. Con esa cifra, Las Mujeres Ya No Lloran World Tour se ha situado como la gira latina más taquillera de la historia, por encima de los 409,5 millones de dólares de Luis Miguel en 2023 y 2024.

A sus 49 años, la artista cuenta con más de tres décadas de carrera, 95 millones de discos vendidos, cuatro premios Grammy, 15 Latin Grammy, 27.000 millones de reproducciones en YouTube y 14 récords Guinness. Este verano, además, volvió al Mundial de Fútbol 16 años después de Waka Waka, con Dai Dai, la canción oficial interpretada junto a Burna Boy.

El cuarto concierto de la residencia comenzó antes de que Shakira pisara el escenario. La cantante apareció caminando hacia él, escoltada por miembros de su equipo y rodeada de teléfonos móviles grabando el recorrido. Era su camino hacia la gloria, hacia el ring, rodeada de móviles que la grababan y de pulseras que se iluminaban a su paso.

La cantante Shakira durante el primero de sus conciertos en el Macondo Park del Recinto Iberdrola Music, en Madrid. Juanjo Martín EFE

Después empezaron los primeros hits, entre ellos La fuerte, Girl Like Me y el bloque de Las de la intuición con Estoy aquí. En unos minutos, el público entendió que no iba (sólo) a asistir a una revisión de grandes éxitos. Este es un espectáculo que pasa por casi todas las Shakiras posibles: la loba, la rabiosa, la torturada, la guitarrista, la batería, la bailarina… la cantante total.

La de Pies descalzos, con su pelo oscuro y letras que entonces parecían demasiado densas para una adolescente, vuelve a las pantallas en distintos momentos de la noche. Aparece frente a la Shakira apasionada de Suerte (Whenever, Wherever), y a ellas se les suma la estrella de los videoclips de principios de los 2000. También la mujer sabia que hoy arranca gritos de despecho con Te felicito y TQG.

El concierto usa todas esas imágenes para ordenar la trayectoria de la colombiana sin necesidad de explicarla: en una proyección está la joven de Barranquilla; en la siguiente, la artista que conquistó el mercado anglosajón; y, apenas unos minutos después, la cantante que convirtió una ruptura tormentosa en uno de los mayores fenómenos musicales de los últimos años.

El repertorio acompaña ese viaje. Shakira encadena a una velocidad que parece inhumana. ”¿Esta mujer no tiene agujetas?”, se pregunta una asistente. “¡Las voy a tener yo mañana de verla!”, dice otra, por aportar el tono jocoso a una cita en la que también se observan ojos vidriosos y resuenan de fondo los “¡Te quiero!” en todo tipo de idiomas y acentos.

La gente cantó a todo pulmón Pies descalzos, sueños blancos, Antología y Te dejo Madrid con Ojos así, Suerte, Hips Don’t Lie, Chantaje, Loca, Soltera, Waka Waka y la sesión con Bizarrap, que deja para el final. Shakira no intenta que las canciones suenen actuales ni disimula la distancia entre etapas, pues la gracia está en ver cómo ella metamorfosea.

También se nota en la puesta en escena el peso de sus referencias latinas. Durante Hips Don’t Lie entran elementos de mapalé; en Waka Waka, que vuelve a ser uno de los grandes estallidos de la noche, aparecen pasos de champeta y referencias a los ritmos africanos y caribeños de la canción.

Shakira con uno de los múltiples 'looks' lucidos durante el espectáculo. Ricardo Rubio Europa Press

Las coreografías, el hilo narrativo construido a base de escenas —tal vez excesivas, dado el momento en que nos encontramos— creadas con CGI e IA y los cambios de vestuario convierten el show en un festín de estímulos. Hay una Shaki con looks de brillo y botas altas, otra con referencias al animal salvaje y nocturno que ha convertido en uno de sus símbolos, y una tercera que saca a relucir el talento de sus caderas.

Antes de Soltera, Shakira se dirigió al público y pidió a los asistentes sin pareja que levantaran la mano. “Lo más importante es sentirse verdaderamente libre porque el amor por otro es muy bonito, pero yo creo que el más bonito es el propio”, dijo. La pista respondió con vitoreos y manos levantadas, en una noche en la que abundaban las amigas que habían ido juntas, familias, parejas y grupos de personas que llevaban toda la tarde recorriendo Macondo.

El momento más íntimo se produjo antes de Acróstico. En la pantalla apareció una animación de una loba con dos cachorros. Primero eran pequeños y caminaban junto a ella; después crecían. La secuencia servía de introducción a la canción que Shakira dedicó a Milan y Sasha, quienes aparecieron en pantalla para poner voz al tema, tal y como hicieron en la grabación original.

Es una de las pocas pausas reales de un espectáculo que se nutre de la energía y la acumulación de hits. La cantante se queda más expuesta, la coreografía desaparece y el público baja el volumen, aunque termina acompañando el estribillo con las linternas de los móviles encendidas.

La presencia de sus hijos no se limita a esa canción, y es que dentro de Macondo Park hay incluso una zona infantil y familiar denominada Macondito en la que Milan y Sasha han colaborado en el diseño y la selección de experiencias.

Shakira está presentando un espectáculo de estadio, con una estructura que prevé llevar a medio millón de personas a Villaverde, pero ha querido incorporar de forma visible la maternidad a su universo público. Sus hijos aparecen en las pantallas, participan en el repertorio y también tienen su lugar en el recinto que lleva el nombre de un pueblo literario.

La gran sorpresa del viernes llegó con un invitado de excepción, Alejandro Sanz. Los primeros acordes de La tortura bastaron para que el estadio se viniera arriba antes incluso de que el madrileño saliera. Cuando apareció, no hubo necesidad de presentación ni de contextualizar una colaboración que cumple ya 21 años.

La gente reconoció el tema desde el primer segundo y cantó ambas partes. El de Moratalaz y la de Barranquilla no alargaron la escena con discurso alguno, sorprendentemente para un público que quizás habría querido que él se quedara más sobre el escenario. Pero el momento era de ella, así que interpretaron la canción, se abrazaron al acabar y él se retiró mientras el público seguía repitiendo el estribillo en su cabeza.

La tortura sitúa de golpe a mucha gente en 2005, en una adolescencia, una habitación, un verano o una tarde de radio. Para unos es una canción que escucharon cuando salió; para otros, un clásico que han heredado en casa, en fiestas o a través de las plataformas. El concierto la coloca en medio de canciones nuevas y muestra que todavía puede funcionar ante 50.000 personas sin que nadie necesite mirar una pantalla para seguir la letra.

Con Waka Waka ocurre algo similar, aunque en España ese tema nos toca de manera particular. La canción quedó asociada al Mundial de Sudáfrica de 2010, a las banderas en los balcones y a la celebración por el triunfo de la selección. Yo tenía 10 años entonces. Recuerdo disfrutar con furor (y el patriotismo que cabe de esperarse de una niña) aquel verano. Entonces vivía con la sensación de que todo, la vida incluida, era un juego.

Este año, durante el Mundial, volví a pintarme la cara con las ceras que compró mi amiga Laura y durante unas horas me sentí otra vez una cría. Pero anoche no pude evitar, y probablemente no fuera la única, pensar en aquellas personas que me acompañaban hace 16 años y hoy no pueden hacerlo. Mi abuelo era más de Nino Bravo que de Shakira, definitivamente, pero anoche me acordé de él.

Esta es una parte de Shakira que no entra en los balances de entradas vendidas ni en los récords Guinness. Sus canciones nos devuelven al pasado, a personas y a casas que quizá no son como antes. A los niños que cantaban Waka Waka sin pensar demasiado en el futuro. Y, dicho de paso, sin barreras, sin racismo y sin esa polarización que amenaza con cebarse con nosotros cuando nos hacemos mayores.