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Manuela Echániz llegó a la pintura china desde un camino poco convencional. Durante muchos años trabajó en la banca, una profesión que le proporcionaba la estabilidad económica que necesitaba, mientras estudiaba Bellas Artes por las tardes.

Su especialidad fue el grabado calcográfico, una disciplina que continúa practicando, pero su curiosidad por el arte oriental la llevó después a realizar un doctorado especializado.

Hace una década decidió cerrar definitivamente esa etapa de su vida. A partir de entonces, ya pudo dedicar su tiempo a su obra, a la investigación y a aquello que realmente quería hacer.

El resultado de esa nueva etapa es, entre otros proyectos, Grandes damas de la pintura china: La historia pintada en el silencio, un libro que le ha supuesto cuatro años de investigación y trabajo.

Y este es estudiar a las artistas, seleccionar las obras, localizar imágenes de calidad, conseguir los derechos y construir un relato que permitiera acercar al lector a un mundo todavía poco conocido en Occidente.

En conversación con Magas, la autora habla de las distintas dinastías que recorre su obra y recupera las historias de mujeres que fueron pintoras, cortesanas, concubinas o miembros de la nobleza. Personajes que, pese a las limitaciones de su época, encontraron diferentes maneras de desarrollar su talento.

¿Cómo llegó una persona que trabajaba en banca a interesarse por la pintura china?

Tienes que buscarte una profesión que te permita vivir. Yo había estudiado secretariado internacional bilingüe y entré en ese puesto. Me quedé porque era una estabilidad económica que tenía.

Hace diez años decidí irme. Sentía que ya había cerrado esa etapa y que podía dedicarme a mí. Es como si hubiese pagado ya mi deuda y, a partir de entonces, los siguientes años los pudiera dedicar a mí misma.

La autora posa para Magas con su libro. Esteban Palazuelos

¿Qué encontró en el arte chino que no halló en el occidental?

Siempre me había fascinado. En Bellas Artes estudiamos todos los grandes pintores europeos, pero del oriental prácticamente no se habla. No se estudian sus técnicas, su arquitectura, su pintura... Y me parecía un campo muy poco trabajado aquí.

Yo quería conocerlo para completar mi formación. Creo que Occidente sin Oriente no se completa: tenemos como media luna, pero no tenemos la luna entera. Ellos han aprendido nuestras técnicas y tienen las dos tradiciones, mientras que nosotros hemos estudiado mucho menos la manera oriental de pintar.

He viajado dos veces a China en periodos largos. En una de las visitas estuve veinte días en Kaifeng estudiando pintura de gran formato vertical con un profesor de la Imperial Painting Academy. Para mí era importante no limitarme a leer sobre estas técnicas, sino practicarlas.

¿Qué le inspiró para hacer este libro?

El descubrir que había muchas más artistas de las que habían llegado hasta nosotros. Han sido silenciadas por los condicionamientos sociales y también porque durante siglos los historiadores del arte fueron fundamentalmente hombres.

Cuando no se sabía con certeza quién había realizado una obra, muchas veces la autoría se atribuía a ellos. Había pocos datos sobre las mujeres y se había escrito muy poco. En determinados momentos, algunos personajes femeninos que llegaron al poder mandaron que se recuperara su memoria y que fueran incluidas en los diccionarios y documentos de arte.

Una imagen del libro. Cedida

¿Cómo evolucionó el papel de las pintoras a lo largo de las distintas dinastías?

Al principio eran muy pocas, pero las que se conservan son importantísimas. Después aparecen pequeñas figuras que van sobresaliendo hasta que llega una auténtica floración, especialmente en la dinastía Ming.

Y hay algo muy curioso: muchas veces fueron los propios hombres de su entorno quienes ayudaron a que ellas pudieran desarrollar su talento. Padres, hermanos, maridos o hijos que reconocían que tenían una gran capacidad y les permitían estudiar caligrafía, pintura o historia.

No era exactamente un movimiento de liberación femenina. Querían tener un lugar, pero muchas necesitaban además esa conexión familiar para conseguirlo. Podían ser grandes artistas y, sin embargo, quedarse completamente olvidadas si no contaban con alguien que las apoyara.

Entre todas esas historias, ¿hay alguna que le haya impresionado especialmente?

Hay muchas, pero una de las más fascinantes es la de una cortesana que tuvo una infancia absolutamente extraordinaria. Su nombre era Xue Susu, una niña que había quedado huérfana o cuya familia no podía mantenerla y fue vendida a un circo.

Allí aprendió a montar a caballo, disparar con arco y hacer malabarismos. Era capaz, por ejemplo, de lanzar dos bolas con una honda y conseguir que la segunda golpeara a la primera en el aire. También podía colocar un blanco en el suelo y acertar cien disparos de flecha sin fallar.

Cuando creció, gracias también a su talento artístico, abandonó el circo y se convirtió en una de las cortesanas más famosas de su época. Mientras las mujeres debían vestir de forma recatada y permanecer recluidas, ella se soltaba el pelo, se ponía pantalones, montaba a caballo y hacía demostraciones que dejaban completamente fascinados a los hombres.

Todo aquello que había aprendido por necesidad durante su infancia terminó formando parte de su identidad y de su atractivo. Además, era una gran artista. Tuvo una vida sentimental muy intensa y acabó abandonando a sus amantes y viviendo sola.

Es una historia muy novelesca, pero también muestra hasta qué punto algunas de estas figuras tuvieron vidas extraordinarias.

Pintura de Chen Shu. Cedida

Hay otra que parece especialmente importante en el libro: la de Chen Shu.

Sí, es preciosa. Yo la llamo "la favorita del emperador". Su historia empieza en un momento difícil para su familia. Su marido no ganaba lo suficiente y su hijo decidió prepararse para los exámenes estatales. Los aprobó y consiguió un puesto muy importante junto al emperador.

Y el hijo hablaba constantemente de su madre: "Pinta de maravilla". Hasta que el mandatario le dijo que quería conocerla y ver sus obras.

Hubo un flechazo absoluto entre él y la pintura de Chen Shu. Quedó fascinado con ella, le encargó obras y compró muchas. De hecho, es la mujer que tiene mayor número de obras en la colección imperial privada de los emperadores en la Ciudad Prohibida.

Lo interesante es que representa ya a la artista completa. En épocas anteriores, ellas estaban muy limitadas en los temas que podían pintar. Se les asociaba fundamentalmente con flores y pájaros.

Ella, en cambio, podía hacerlo en color y en blanco y negro, crear paisajes y figuras. Es el ejemplo de una mujer que consigue una libertad artística mucho mayor.

¿Qué fue lo más complicado de hacer el libro?

La investigación duró por lo menos cuatro años. Y no era sólo investigar y escribir. Muchas veces tenía que modificar los textos porque no encontraba las imágenes que necesitaba. Había que seleccionar las obras, localizar imágenes de alta calidad y conseguir los derechos para poder reproducirlas.

Además, hay muchísimas. El libro únicamente recoge una selección. Queríamos que cada una funcionara como una flor que representara a muchas otras: una de la nobleza, otra de las cortesanas, otra de las concubinas... Y que las obras fueran diferentes para que también tuviera variedad visual.

¿Qué le gustaría que entendiera alguien que nunca se ha acercado a la pintura china?

Que no se trata simplemente de pintar lo que ves. En Occidente hemos buscado tradicionalmente representar la realidad; en China se trata de interpretarla. El artista observa la naturaleza, la interioriza y después la pinta desde la memoria.

Un ejemplo es el bambú. En Occidente intentaríamos representar su aspecto real: tallos verdes, hojas verdes. En China puede pintarse en blanco y negro porque lo importante no es copiar su aspecto, sino expresar lo que significa: su fuerza, su flexibilidad, su capacidad para resistir sin romperse.

Tienes que comprender su esencia. Lo que se busca es el chi, esa energía vital que hace que una pintura esté viva y no sea simplemente una representación.

Manuela Echániz, durante la entrevista. Esteban Palazuelos

¿Y qué puede aportar al lector conocer estas historias?

Espero que descubra un mundo que resulta fascinante y que conozca a unas artistas que merecen ser reconocidas. No quería hacer un libro excesivamente académico. Quería que las historias llevaran al lector de la mano y que las obras pudieran entenderse también a través de la vida de sus autoras.

Son relatos de mujeres que estuvieron limitadas por su época, pero que encontraron caminos para expresarse. Algunas tuvieron el apoyo de sus familias; otras aprovecharon circunstancias excepcionales; otras tuvieron vidas durísimas. Pero todas dejaron una huella. Y recuperar ese rastro es, en buena medida, el sentido de este libro.