Oriana Fallaci (29 de junio de 1929-15 de septiembre de 2006) sujetaba su cigarrillo con una mano y la grabadora de casete con la otra.
Entre el humo y el zumbido de la cinta de 90 minutos, esperaba la respuesta. Registraba las pausas, los silencios. Luego vendrían las horas de escucha, las cintas numeradas y las preguntas que ya no podían esquivar ni los presidentes ni los dictadores.
Este mes se cumplen 20 años de su muerte, dos décadas desde que aquella mujer menuda, elegantísima, ferozmente independiente y libre, murió en Florencia, la ciudad donde había nacido. 20 años también desde que desapareció una de las voces más desafiantes del periodismo del siglo XX.
Alguien que decidió que escribir era la única forma de vivir que le interesaba: "Yo siempre diré la verdad. Aunque eso signifique estar sola toda la vida", dejó dicho. Fue, literalmente, el precio que Oriana Fallaci pagó y ahora su biografía tiene algo de novela y de tragedia.
Rebeldía innata
Oriana nació en la Italia fascista en medio de una familia obrera. Su padre, Edoardo Fallaci, era artesano y militante socialista; su madre, Tosca, compartía el antifascismo familiar. En casa había poco dinero, pero sí cierta obsesión con la cultura: sus padres compraban libros clásicos y, cuando no podían, los pagaban a plazos.
Cuando cayó Mussolini en 1943 y los alemanes ocuparon buena parte de Italia, Edoardo entró en la Resistencia de Giustizia e Libertà. Llevó consigo a Oriana, que con 13-14 años se convirtió en staffetta y colaboró transportando armas y mensajes entre fusiles y tanques a través del río Arno.
Su nombre de batalla era Emilia. Al año siguiente su padre fue detenido y torturado para intentar arrancarle los nombres de sus compañeros. No lo lograron.
La rebeldía no fue para ella una pose adulta; empezó antes de convertirse en periodista. Después llegó la escritura y una ambición que parecía desproporcionada para una mujer de su época. Era consciente de que el periodismo le proporcionaba algo que probablemente ningún otro oficio podía darle: acceso al mundo.
Autorretrato de Oriana Fallaci.
Del cine rosa
Todo empezó mucho antes de que ese mundo aprendiera a reconocer su nombre. Fallaci se estrenó siendo apenas una adolescente, en la publicación florentina Il Mattino dell’Italia Centrale, donde escribió sobre sucesos, tribunales y costumbres.
Después, en el Milán de los años 50, en el semanario Epoca, dirigido por su tío Bruno Fallaci. Allí escribió sobre cine, moda y sociedad. Asuntos 'femeninos' que se consideraban el único territorio posible para una mujer con máquina de escribir. O al menos eso pensaban sus superiores. Pero la periodista tenía otros planes.
Fallaci no tardó en demostrar que aquel cajón le quedaba pequeño y, con su carácter tozudo y beligerante, se fue hasta Nueva York con una misión: entrevistar a Marilyn Monroe, la mujer más fotografiada, perseguida y aclamada del momento. Fue un fracaso y, sin embargo, ahí empezó todo.
Después de Marilyn, Oriana Fallaci se convirtió en la mujer de la que más hablaron al otro lado del charco.
A la italiana
No deja de resultar irónico que el camino de Fallaci hacia el estrellato estuviera pavimentado por un tropiezo. Sus crónicas desde Los Ángeles, escritas con un descaro que no dejaba indiferente a nadie, la convirtieron pronto en la estrella de aquel Hollywood dorado.
Entrevistó a Orson Welles hasta hacerse su amiga, retrató sin anestesia el glamour y la vulgaridad que convivían puerta con puerta y se metió en el bolsillo a una constelación de estrellas que iba desde Sinatra hasta Sophia Loren.
Como escribió el periodista Enric González en su obituario, su vida fue exagerada desde el principio. Y lo fue por decisión propia.
Precisamente, la serie biográfica Oriana Fallaci (de 2024 y disponible en Movistar+) protagonizada por Miriam Leone, permite regresar a aquella joven que todavía no era leyenda. Recorre episodios de su desembarco en Estados Unidos con personajes como Frank Sinatra o Arthur Miller.
La periodista junto al presidente italiano Giovanni Leone.
Amores atormentados
En aquel viaje conoció al periodista Alfredo Pieroni, con quien tuvo una relación tormentosa, desigual y devoradora.
Mientras él parecía vivir un idilio más entre otros, Fallaci construyó alrededor de esa historia una entrega casi total, aceptando traiciones y humillaciones con una resignación que chocaba de frente con la mujer que se negaba a bajar la cabeza ante nadie más.
La mujer que podía sentarse frente a un dictador y hacerle sudar parecía perder toda aquella armadura cuando se trataba de amar.
Su obsesión con Pieroni recuerda inevitablemente a aquel relato de Dorothy Parker, La llamada, sobre la chica que espera junto al teléfono. Solo que ella no esperaba llamadas, se plantaba en Londres sin avisar, dispuesta a atravesar la vergüenza y aceptar un amor convertido en una pequeña tortura doméstica.
Corresponsal de guerra
Reducir a Oriana Fallaci a sus amores asimétricos, desdichados, sería traicionarla. Fue la primera corresponsal de guerra italiana y cubrió, entre otros tantos lugares, un Vietnam con una crudeza que no distinguía entre el frente y una pregunta esencial: qué es, en realidad, la vida.
Y llevó esa misma tenacidad a sus encuentros con los grandes líderes políticos de su tiempo. Henry Kissinger, que no temía a casi nadie, llegó a admitir en 1972 que hablar con ella había sido uno de los errores de su carrera: "Por qué acepté aquella entrevista, nunca lo sabré".
El que fuera presidente de EEUU, uno de los hombres más calculadores de la política internacional, había aceptado sentarse frente a una periodista que no estaba dispuesta a dejarse impresionar por su poder.
Pero el gesto que mejor la puede resumir es la entrevista que hizo en 1979, poco después de la Revolución iraní, que llevó a Ruhollah Jomeini al poder.
Fallaci viajó a Qom para ello y, como condición para entrar en la sala, este le obligó a ponerse un chador, la prenda que cubre el cuerpo y la cabeza. La periodista se lo quitó en medio de la conversación.
Al hacerlo, Fallaci no se limitó a preguntar por lo obvio, fue directamente a lo que había detrás: el cambio de condición de las mujeres tras la revolución islámica. Le preguntó por la segregación en universidades, trabajos, playas y piscinas, y llegó a una cuestión deliberadamente mordaz: "¿Cómo se nada con un chador?".
La italiana en una imagen de los años 50.
Herencia para escritoras
Ese carácter, ese olfato unido a una combatividad que nadie lograba domesticar, es lo que convierte a Oriana Fallaci en algo más que un nombre de archivo.
Para las generaciones de periodistas que llegan después, especialmente para ellas, representa la prueba de que se podía ocupar el centro de la conversación pública cuando era oportuno.
No siempre acertó: sus últimos textos, marcados por el rencor y el miedo tras el 11-S, dividieron a quienes la habían admirado durante décadas, convirtiéndose en una figura polémica por sus escritos contra el islamismo y su visión del futuro de Europa. La rabia y el orgullo y los textos posteriores provocaron tanta admiración como rechazo.
Sería un error borrar esa etapa para fabricar una Fallaci perfectamente compatible con nuestro presente, porque incluso ese fallo de cálculo formaba parte de la misma pieza, la de una mujer que prefería equivocarse en voz alta que acertar en silencio. Quizás ese sea su verdadero legado, no haber sido ejemplar, sino irrepetible.
Su influencia también se nota en cada corresponsal que se niega a limar las esquinas de una entrevista incómoda, en cada escritora que convierte la primera persona en herramienta política y no en capricho. "Siempre he considerado la desobediencia hacia el opresor como la única forma de aprovechar el milagro de haber nacido", escribió.
20 años después
En Italia, el aniversario se celebra por todo lo alto en librerías, pantallas y archivos. El Ministerio de Cultura italiano ha anunciado encuentros, debates y una gran exposición con fotografías, escritos, vídeos y fragmentos de sus entrevistas más recordadas.
Hace apenas unos días ha salido a la luz un libro con la correspondencia inédita que mantuvo, en su último año y medio de vida, con monseñor Rino Fisichella, cartas que muestran a una Fallaci frágil, agotada por la enfermedad, muy distinta de la fiera pública que todos recordamos, pero igual de tenaz a la hora de aferrarse a las palabras como último territorio propio.
20 años después de su muerte, Oriana Fallaci sigue sin dejarse domar del todo. Ni por el mito ni por la polémica que ensombreció sus últimos años ni por las series que intentan reconstruirla en ocho capítulos.
Queda, sobre todo, la lección incómoda que dejó a quienes vinieron después: que el periodismo, cuando de verdad importa, no se hace desde la distancia prudente, sino desde el cuerpo entero puesto en la pregunta.
"A mi madre, Tosca Fallaci, y a todos aquellos a los que no les gusta el poder" fue la dedicatoria con la que la periodista abrió su Entrevista con la Historia, una introducción al libro en el que habló del oficio, "¿Qué otra profesión permite escribir la historia en el mismo momento en que sucede y ser, además, un testigo directo?".
Oriana Fallaci solía decir que quería estar donde suceden las cosas. Y lo consiguió.
