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Actriz, guionista y directora, Ana Asensio ha construido una trayectoria marcada por la búsqueda de caminos propios. Y lo ha hecho dentro y fuera de nuestras fronteras...

Ha trabajado durante más de dos décadas en Nueva York, donde ha desarrollado una exitosa carrera en el cine independiente. Su ópera prima fue Most Beautiful Island 2017, como directora, guionista, productora y protagonista.

Se trataba de un thriller psicológico sobre la precariedad de las inmigrantes indocumentadas en la Gran Manzana y ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival South by Southwest (SXSW), convirtiéndose en la primera española en obtener este galardón.

También impulsó, produjo y protagonizó monólogos y obras teatrales de autores españoles traducidas al inglés en el circuito Off-Broadway.

Su regreso a Madrid estuvo marcado en 2025 por La niña de la cabra, su segundo largometraje. Su experiencia entre España y Estados Unidos le ha permitido mirar el cine desde dos orillas y, sobre todo, cuestionar las fronteras que a menudo se imponen a una carrera artística.

Ahora afronta nuevos proyectos que vuelven a ponerla detrás de la cámara, entre ellos la adaptación de Leña menuda y una película escocesa de terror psicológico que rodará en nuestro país.

En conversación con Magas, habla de la necesidad de creer en las historias antes de embarcarse durante años en ellas y de las diferencias entre las industrias cinematográficas europea y americana.

También reivindica una forma de entender los rodajes en la que cada persona implicada conozca y sienta como propia la película.

La actriz, guionista y directora vive a caballo entre Estados Unidos y España. Cedida

¿Qué te hizo pensar que Leña menuda podía convertirse en una película?

El proyecto me llegó de una guionista que había pasado por las residencias de la Academia de Cine. Cuando llegó el momento de buscar directora, se puso en contacto conmigo. La novela me pareció muy intensa e interesante, y además aborda un tema poco habitual. No recuerdo haber visto algo así en el cine.

La película parte del libro, aunque estamos ficcionando y modificando bastantes elementos. Al final, hay que conseguir que una historia entre en unos noventa minutos y, para eso, algunas cosas que necesitábamos no estaban, hemos tenido que inventarlas.

Has desarrollado buena parte de tu vida entre Estados Unidos y España. ¿Cómo influye esa doble mirada en tu forma de escribir y de hacer cine?

Cuando empiezas de cero en un lugar desconocido —yo ni siquiera hablaba bien inglés—, descubres una parte de ti que antes no existía. Empiezas a definirte de otra manera, influida por todo lo que te rodea.

A mí esa experiencia me ha abierto la mente y me ha enseñado a mirar a los demás con mayor flexibilidad y perspectiva.

Creo que mi manera de acercarme al cine y a las historias también tiene que ver con eso: con la idea de que una persona puede tener muchas posibilidades y desarrollar facetas que todavía no conoce porque no se han dado las circunstancias para que aparezcan.

Si no sales del núcleo en el que te has creado, o en el que tu entorno te ha definido, no llegas a descubrir de qué más eres capaz.

También hay una enorme valentía en emigrar y continuar haciendo lo que sabes hacer en un universo prácticamente nuevo. ¿Qué diferencia notas entre la industria estadounidense y la española?

En Estados Unidos, las producciones necesitan de alguna manera una figura —un actor o una actriz— que financie o dé seguridad económica al proyecto, o que ofrezca la sensación de que va a ser rentable. La manera de plantear las películas tiene muy presente esa dimensión económica.

En Europa, en cambio, el cine forma parte de la cultura de cada país y está respaldado por los gobiernos, aunque no siempre sea así. Existe otra forma de entenderlo que no pasa estrictamente por la rentabilidad.

Retrato de Ana Asensio. Cedida

Si tuvieras que elegir, ¿con cuál de las dos maneras de hacer cine te quedarías?

No podría elegir. Las dos fórmulas tienen cosas muy positivas. Lo ideal, para mí, sería combinarlas y encontrar una tercera vía que permitiera conservar la libertad creativa y la posibilidad de tener una voz propia —algo que en Europa se respeta—, y al mismo tiempo contar con ese incentivo y esa urgencia de que la película llegue al público y tenga una exposición que permita rentabilizarla.

Para que así los inversores también sientan que están ante un negocio.

Después del buen recibimiento de La niña de la cabra, ¿afrontas los nuevos proyectos con más libertad o con más presión?

Como pasé de un género a otro entre mi primera y mi segunda película, creo que ahí estuvo quizá la parte más atrevida: romper las expectativas que pudieran existir. Ahora siento que no hay demasiadas sobre cuál será mi siguiente proyecto. Es bastante indefinido.

De hecho, aunque estoy trabajando en la adaptación de la novela, probablemente haya otra que se desarrolle antes. Es una película escocesa que se rodará en España. Yo no he escrito el guion, me llegó desde fuera y ya me he involucrado en ello. En principio, entrará en producción el año que viene.

¿Cómo acabas dirigiendo una producción escocesa?

La productora buscaba una directora española que encajara en el proyecto, una película de terror psicológico. A través de la agencia que me representa en Madrid, llegaron hasta mí.

¿Qué te sedujo del guion?

El mundo en el que transcurre y, sobre todo, el escenario tan restringido. Todo sucede en una isla muy pequeña. No son las Canarias —aunque rodaremos allí—, sino otra que, en la época en que transcurre la historia, estaba completamente virgen y deshabitada.

La película se desarrolla en el verano de 1969 y todo el reparto está compuesto por mujeres. No hay ningún personaje masculino.

Me parecía muy interesante, porque no es algo forzado: responde a la propia historia. Llegan desde distintos lugares del mundo, atraídas por el ideal de formar parte de la contracultura y de hacer algo relevante en un año tan convulso.

El relato explora hasta dónde puede llevarlas ese deseo de pertenecer a algo y qué están dispuestas a hacer por él. Es un terror psicológico y muy opresivo porque, dentro de esa isla, no tienen escapatoria.

¿Sientes que es una película cercana a tu universo o te apetecía precisamente alejarte de él?

En cierto modo, me recuerda bastante a mi primer filme, Mouse, Bird of Fire. Por eso, la productora, cuando la vio, pensó que yo podía ser la persona adecuada por ese trabajo: también era terror psicológico y tenía una protagonista femenina que se encontraba atrapada en unas circunstancias que no había elegido y debía aprender a desenvolverse para salir victoriosa.

En ese sentido, no siento que esté tan lejos de lo que hice entonces. Me encuentro cómoda creando atmósferas claustrofóbicas, trabajando la tensión, la angustia y el miedo.

Lo que me interesa especialmente ahora es el contexto histórico. En 1969 era mucho más fácil estar aislado; hoy sería casi imposible. La forma en que circulaba la información y la imposibilidad de comunicarse inmediatamente con el exterior me parece muy poderosa para contar una historia.

¿Podemos conocer el título?

Tiene uno provisional que quizá termine siendo el definitivo: Chosen.

¿Qué película crees que está infravalorada?

Lizzie, sobre la historia de Lizzie Borden.

La directora tiene previsto rodar una producción escocesa en España próximante. Cedida

¿Con qué director o directora sueñas trabajar?

Con Iciar Bollaín.

¿Hay algún plano de la historia del cine que no puedas olvidar?

Uno general de La eternidad y un día, de Theo Angelopoulos, en el que aparece un niño caminando solo por una zona completamente vacía.

¿Tienes algún hábito extraño cuando escribes o preparas un rodaje?

No sé si es extraño, pero soy bastante idealista y romantizo la idea de hacer películas. Insisto en que todo el mundo, incluso alguien del equipo que venga un solo día a llevar café, haya recibido el guion y lo haya leído.

Me gusta crear en el rodaje la sensación de que cada persona entiende que su presencia es importante para la película.

¿Dónde se te ocurren las mejores ideas?

Me gusta levantarme muy temprano, antes de que amanezca. En esas horas, sin que haya empezado el jaleo en casa, siento que estoy muy abierta a la imaginación y no tengo interrupciones.

Sé que el teléfono no va a sonar y que no va a pasar nada que me saque de ahí. Ese es el momento en el que siento que me llegan mis mejores ideas.

¿Cuándo sabes que una historia merece varios años de tu vida?

Si no tengo muy claro que una historia merece la pena, no me meto. Quizá por eso he llevado hasta ahora el ritmo que he llevado. Estoy empezando a apretar el acelerador y a trabajar en más de un proyecto al mismo tiempo, pero pienso mucho las cosas y valoro absolutamente todo.

Lo primero es preguntarme si merece la pena contar esa historia. Al final, el cine se hace para que alguien lo vea y yo pienso mucho en eso. Contar historias conlleva una responsabilidad.

Además, después vienen tres o cuatro años de tu vida entre el desarrollo, la preparación, el rodaje, la posproducción y la promoción. Es muchísimo tiempo y tienes que seguir creyendo en lo que estás haciendo. Por eso considero tan importante pensarlo mucho antes de empezar.

Ana Asensio está afincada en Estados Unidos. Cedida

Si pudieras hablar con la Ana del pasado, ¿qué le dirías que entonces no sabías?

Que no esperase a que las oportunidades vinieran de fuera. Tienes que crearlas tú y, sobre todo, creer en ti misma. Me habría encantado poder decírmelo cuando tenía veinte años. Mi trayectoria habría sido diferente.

¿Qué habría cambiado?

Habría empezado antes a dirigir y a escribir. Esperé demasiado para tomar esta vía artística porque no confiaba lo suficiente en que pudiera hacerlo. Tirarme a la piscina me costó.

¿En la dirección cinematográfica has sentido que tenías que demostrar más que tus compañeros hombres?

Sí. No sé hasta qué punto puede ser algo mío, porque creo que las mujeres nos ponemos más presión. Es algo que existe y que resulta bastante evidente: nos exigimos mucho para hacer las cosas bien e intentamos no cometer errores porque, de alguna manera, sentimos que hay más exigencia sobre nosotras.

Siento esa presión de que no puedo permitirme equivocarme. Aunque sé que voy a cometer errores, esa sensación está ahí.