La presentadora Julia Varela nos tiene acostumbrados a verla en la pequeña pantalla y a escucharla a través de las ondas de la radio.
En su libro Todo por hacer, sin embargo, la mirada cambia de dirección y se adentra en uno de los territorios más íntimos que puede recorrer la literatura: la pérdida de una madre.
A partir de esa experiencia construye una novela donde la memoria, los silencios y el amor se entrelazan para hablar de un duelo que no se supera, sino que aprende a convivir con la vida.
En esta conversación con Magas reflexiona sobre la muerte, la culpa, la memoria y la capacidad de la ficción para iluminar el dolor.
Mientras leía Todo por hacer tenía la sensación de que esta novela no habla tanto de perder a una madre como de aprender a convivir con su ausencia.
Sí, así es. Yo tenía 40 años y ella 65. De algún modo recoge todo ese proceso que una atraviesa cuando muere una progenitora, que creo que es, sin duda, el duelo más potente de todos.
No creo que se supere nunca. Aprendes a convivir con esa ausencia, a transformarla. Son quienes justifican nuestra existencia: estamos aquí por ellas. Son el refugio, el calor, independientemente de cómo haya sido la relación con ellas.
La periodista con su libro 'Todo por hacer'.
Vivimos en una sociedad que parece exigir que el duelo pase deprisa. ¿Nos cuesta mirar de frente la muerte?
Absolutamente. Creo que vivimos de espaldas a la muerte. La escondemos, la metemos debajo de la alfombra y evitamos mirarla, cuando es una parte inevitable de la vida.
No se trata de vivir con miedo, pensando que en cualquier momento puede ocurrir una desgracia. Pero ignorar la muerte no nos prepara para afrontarla. Cuando llega, descubrimos que apenas tenemos herramientas para atravesar el duelo.
Al escribir, me obsesionaba una idea: que todo puede cambiar en un instante. Pensamos que la muerte llegará de una manera extraordinaria, pero casi nunca es así. Basta un momento cualquiera para que la vida se parta en dos.
Un instante que, sin embargo, lo cambia todo.
Exactamente. Cuando me enfrenté a él fue una bofetada tremenda, porque uno piensa que va a vivir para siempre. Incluso lo noto al educar a mis hijos. Tengo dos hijos pequeños y el de cinco años ya me ha preguntado si me voy a morir. Mi primer impulso fue decirle: "No, mamá no se va a morir". Pero ¿qué estamos diciendo?
No creo que tengamos que vivir con esa espada de Damocles cada vez que salimos a la calle, pero sí asumir la muerte de una manera un poco más natural.
La infancia también necesita conocer la muerte.
Sí, creo que no le hacemos ningún bien a nuestros hijos mintiéndoles. Nunca se debe mentir a un niño; hay que explicar las cosas de acuerdo con su edad.
Mi padre, que es de una aldea muy pequeña de Lugo, me contaba que, cuando era niño, lo llevaban a los velatorios que entonces se hacían en las casas. Desde muy pequeño entendía que la muerte formaba parte de la vida, sin necesidad de grandes explicaciones.
No digo que haya que volver a los velatorios en casa, pero sí deberíamos naturalizar la muerte desde la infancia para que, cuando llegue esa pérdida, no resulte tan inasumible.
¿En qué momento te das cuenta de que ya no estás sobreviviendo al duelo, sino que puedes observarlo con cierta distancia y convertirlo en literatura?
Esa distancia es imprescindible para hablar de un tema tan doloroso como el duelo. Yo no podía escribir en los primeros momentos. Tuvo que pasar más de un año hasta sentir que podía tomar cierta perspectiva y decir: "Bueno, ahora puedo escribir una historia de ficción sobre esto".
Cuando el dolor empieza a asentarse, sientes que puedes construir algo hermoso con él. Esa era una de mis obsesiones: escribir una historia que tuviera luz, que acompañase al lector y lo condujera hacia un lugar luminoso. Creo que ese es, en parte, el objetivo de la novela.
La relación entre madres e hijas suele estar atravesada por el amor, las expectativas, los silencios e incluso las renuncias. ¿Qué fue lo más difícil a la hora de escribir sobre esa relación sin juzgar?
No quise hacerlo. Respeto mucho sus silencios, y de nuestros padres también. Creo que no tienen por qué contárnoslo todo. Después de una muerte ocurre algo muy curioso.
A veces encuentras un cuaderno, unas fotografías o cualquier objeto y descubres una faceta de esa persona que había permanecido oculta para ti. Quizá callan por protegernos. O quizá porque tienen derecho a mantener su privacidad y sus secretos.
Cuando una madre desaparece, ¿también cambia la imagen que una hija tenía de sí misma?
Sí, creo que sí. A raíz de esa pérdida redescubres a la persona que has querido, pero también te vas conociendo más a ti misma.
Yo redescubrí la relación que tenía con ella. Descubrí la amistad, el amor, pero también la admiración por todo lo que luchó y por todo lo que fue capaz de hacer. Y, al mismo tiempo, también me descubrí a mí de una manera mucho más completa.
Julia Varela es presentadora de televisión.
¿Te da miedo que los recuerdos cambien con el paso del tiempo?
Sí, mucho. Era otra de las obsesiones que tenía al escribir este libro. Por eso las fotografías tienen tanta presencia en la novela. Me obsesionaba que el recuerdo físico de mi madre, su imagen, se fuera difuminando.
Leí mucho sobre la memoria para escribir esta historia. Tenía miedo de que ocurriera como con las fotografías antiguas: que, con el paso del tiempo, la imagen se acabara distorsionando. Temía que su imagen se distorsionara en mi cabeza.
Pero después descubrí que la memoria no funciona exactamente así. Cada vez que recordamos también reconstruimos ese recuerdo. Quizá al final ya no sabes cuál fue exactamente la realidad, pero no olvidas. Y pensar que esa reconstrucción puede ser la mejor versión posible también me consuela.
Hay otro momento muy duro en la novela: la última llamada.
Sí. La culpabilidad es uno de los grandes temas del duelo. Todos nos sentimos culpables de algo cuando alguien se va. Siempre pensamos que pudimos hacerlo mejor: haber dicho esa palabra, haber dado ese abrazo o haber estado ahí cuando no estuvimos.
También tiene que ver con la sociedad en la que vivimos. No se trata de obsesionarse pensando que cada momento puede ser el último, pero sí de tener más presente que lo importante es estar con las personas a las que queremos.
¿Qué has descubierto de ti misma durante ese proceso?
He descubierto que la quería más de lo que imaginaba. Buceando en las cartas que dejó encontré a una mujer mucho más joven que la imagen que yo conservaba de ella; mucho más cariñosa y quizá más fogosa de lo que imaginaba.
Y también me he redescubierto a mí misma: más tímida y más familiar de lo que creía.
¿Pensabas que la necesitabas menos de lo que en realidad la necesitabas?
Sí. Creía que no la necesitaba tanto. Y he descubierto que todavía la necesitaba muchísimo. También he descubierto cuánto necesitaba escucharla.
Cuando alguien fallece desaparece la manera en que esa persona te mira. Con ella se fue la forma que ella tenía de mirarme, de pensarme. Incluso se fue la posibilidad de decir "mamá". Ya no puedo llamar así a nadie más.
Si pudieras volver atrás, ¿qué crees que quedaba por hacer?
Cuidarla más. Y también cosas mucho más sencillas, más cotidianas. Haber viajado con ella más veces a París, que le encantaba. Que hubiera conocido al pequeño de mis hijos. Siempre quedan cosas pendientes. Y haberle dicho muchas más veces que la quería.
Vienes de un medio tan expuesto como la televisión. ¿Qué ha supuesto encerrarte en la soledad que exige escribir una novela?
Ha sido difícil. En la televisión y en la radio hay mucha exposición y también mucha pose. La televisión es el medio que más pose tiene. Hay muchos filtros, desde lo que dices hasta cómo llega tu imagen al espectador.
Aquí ocurre justo lo contrario. Te encierras contigo misma, con tu imaginación y con la escritura. Ha sido complicado encontrar ese lugar para escucharme y descubrir qué quería contar con esta historia.
Sabías que muchos lectores iban a identificarte en estas páginas. ¿Eso te dio vértigo?
Sí, fui muy consciente. Mi editora, de hecho, me animaba a que no tuviera miedo a exponerme. Yo quería una prosa contenida.
Sabía que estaba hablando de un tema muy íntimo y quería contarlo de una manera sencilla, clara, sin frases hechas ni una adjetivación excesiva. No creo que beneficiara ni al tema ni al lector escribir desde un desbordamiento completamente visceral. Podemos contar cosas muy graves desde la sencillez. Esa era una de mis obsesiones al escribir esta novela.
¿Crees que el lector encontrará en Todo por hacer más respuestas o más preguntas?
Creo que encontrará, sobre todo, consuelo. Es un tema universal que todos vamos a atravesar, aunque algunos lo hayamos hecho antes de tiempo.
Después de la penumbra y del desierto que supone un duelo hay una reincorporación a la vida y una manera distinta de mirarla. Eso es lo que puede aportar la novela, desde un lugar muy honesto y muy contenido.
La periodista y escritora posa para Magas.
La fotografía de la cubierta no es la tuya.
No. Es una recreación de una madre y un niño —o una niña, no lo sabemos— caminando por una playa.
Soy gallega y crecí cerca del mar, así que el mar tiene para mí un simbolismo muy importante y también está presente en la novela.
El libro se titula Todo por hacer. Si te hiciera esa misma pregunta a ti, ¿qué sientes que todavía te queda por hacer?
Muchísimas cosas, como a todo el mundo. Soy muy de hacer listas, aunque luego las vaya demorando.
Creo que una de las cosas que me queda por hacer es aprender a pedir perdón. Me parece algo muy importante. Y también buscar más la calma. La escritura me ayuda, pero vivimos en un mundo muy precipitado.
Y, en un plano mucho más práctico, me encantaría abrir una floristería con un toldo amarillo en Madrid. Ya tengo hasta el nombre.
¿Cómo se llamaría?
No me olvides, como la flor.
Has hablado del perdón. ¿Cuesta más pedirlo o aceptarlo?
Creo que cuestan las dos cosas. Cuesta pedir perdón y también aceptarlo. Es un tema que daría para otra novela.
¿Escribir esta novela también ha sido una forma de pedir perdón?
Sí, de alguna manera lo ha sido. No puedo decir que haya sido una terapia, pero sí me ha ayudado a recolocar muchas cosas. La ficción me ha ayudado a poner un poco de orden en mi cabeza.
