María José Fuenteálamo es escritora —fue durante muchos años periodista de la sección de Reportajes y Porfolio de EL ESPAÑOL— y creció en la carnicería de su familia, en un pequeño pueblo donde aprendió a observar el mundo detrás del mostrador.
En La hija del carnicero combina memoria familiar, oficio tradicional y reflexión contemporánea sobre la carne y nuestra relación con los animales.
La obra explora la identidad, el sacrificio, el respeto al animal y la transformación del mundo rural hacia la producción industrial, mostrando un oficio lleno de simbolismo y humanidad.
María José posa con 'La hija del carnicero'.
El libro comienza con el nacimiento de tu padre en 1942, en plena Nochebuena. ¿Por qué decides iniciar la historia desde ahí?
Porque tiene muchísimo simbolismo. Siempre me ha parecido muy literario que mi padre naciera ese día, pero cuando empecé a reflexionar sobre su vida y su oficio, la idea de ser carnicero cobró aún más fuerza.
Aparecía también esa comparación: Jesucristo vino a morir por los hombres y, de alguna manera, mi padre vino a matar por ellos.
¿Te interesa situar la carne no sólo en un marco económico o social sino también cultural y simbólico?
Sí, porque lo es. El debate sobre eso está profundamente enraizado en la sociedad.
No es algo puntual que se pueda abordar y dejar de lado; creo que siempre estará con nosotros porque, en el fondo, somos carne.
Hablas de la ley sálica como símbolo de un destino marcado. ¿Qué querías expresar al aplicarla al oficio familiar?
Ahí estoy hablando también de mí. Mi padre fue carnicero, como lo fueron mi abuelo y mi bisabuelo, y yo tomé la decisión consciente de no serlo. Digo consciente, pero la vida también te va llevando. Aun así, desde pequeña tenía claro que no quería ser carnicera y quizá por eso había cierto sentimiento de culpa.
Pensaba que, si hubiera existido una especie de ley que me obligara, tal vez por ser mujer habría tenido un pequeño margen de libertad, una rendija por la que escapar de esa tradición generacional. Siempre he sentido que, si hubiera sido hombre, ese peso habría sido mucho mayor.
En el libro aparece la idea de que el destino del carnicero no es morir por los demás, sino matar por ellos. ¿Cómo trabajas esa dimensión del sacrificio?
Vuelvo a mirar a mi padre desde esa idea: ha estado matando por los demás, porque alguien tiene que hacerlo. Es algo que no nos gusta mirar, pero alguien lo lleva a cabo y por eso lo recuerdo así.
Dentro de ese mundo había mucho orgullo por lo que se hacía, sin necesidad de defenderse: sabían lo que aportaban a la sociedad. Hoy, muchas personas que no consumen carne enfocan la mirada en quien ejecuta el acto, pero desconocen lo que hay dentro, que es lo que intento mostrar.
Cuando mis padres cerraron el negocio, sentí felicidad, porque no iba a trabajar allí, pero también tristeza: se cerraba una puerta a un mundo que unía animales y personas. Parte de nuestra naturaleza se refleja en la ganadería y en la carnicería, y ahí donde a veces se ve al carnicero negativamente está la verdadera unión.
En casa nunca se tiraba comida. La comunión con el animal, el agradecimiento y la conciencia del sacrificio estaban muy presentes. Por eso, aunque respeto a quienes no comen carne, creo que a veces se reduce injustamente este oficio por desconocimiento.
Cuando escuchaba que si la gente viera lo que pasa en los mataderos, no comería carne, pensaba: yo he vivido dentro de uno y lo que he visto es más cariño que otra cosa. Esa relación profunda entre el animal y el ser humano es, para mí, el verdadero sentido del sacrificio.
¿Cómo has equilibrado el bienestar animal con la memoria de un oficio tradicional?
Para mí no ha sido tanto un equilibrio como un reconocimiento. Hoy todo tiene nombre y está regulado, pero yo eso ya lo había visto en casa.
Recuerdo a mi padre profundamente preocupado por el bienestar del animal. Desde muy pequeña le oía decir: "Con esto sufre menos". Tanto él como otros carniceros y ganaderos estaban siempre atentos a cualquier avance en este sentido.
Y hay algo que me parece muy revelador: no es sólo una cuestión ética. Cuando el animal sufre menos, la carne es mejor.
Ahí aparece esa conexión: cuanto mejor lo tratamos en su vida y en su momento final, mejor es el resultado.
¿Por qué no quisiste ser carnicera?
Por varias razones. No me gustaban ciertos aspectos del oficio: la sangre, el olor... y tampoco las condiciones de vida. Los he visto trabajar sin parar, de lunes a sábado, y muchos domingos también.
El negocio estaba en casa, así que no había una verdadera separación entre vida personal y trabajo. Para mí, el ideal siempre fue justo ese: poder separar ambos espacios. Ese modelo de vida no encajaba con lo que yo quería.
¿Sabemos hoy de dónde viene el filete que llega a nuestra mesa?
Si le dedicamos tiempo, esfuerzo y dinero, sí. En caso contrario, es mucho más fácil —y yo misma lo hago a veces— ir al supermercado, coger una bandeja de plástico del lineal, casi como si fuera un blíster de medicamentos.
En la mayoría de los casos, no sabemos de dónde viene la carne que comemos. Y eso contrasta con lo que ocurría antes: mi padre y mi madre se lo explicaban todo a sus clientes. Él había mirado a los ojos al animal y luego miraba a los de quien compraba y podía decirle qué había comido, cuándo se había sacrificado.
Ese conocimiento, que antes era cotidiano, hoy se ha convertido en un lujo: sólo lo encuentras en ciertas carnicerías muy especializadas o en restaurantes de precio elevado.
¿Es un lujo porque la carne más barata procede de animales con una alimentación diferente?
Claro. Hablamos de fast food, pero también existe una fast production. Son modelos de producción en los que hay un solo tipo de especie: solamente pollo o cordero. Antes, en la ganadería extensiva, todo estaba más mezclado.
El ser humano ha dejado de convivir con el animal, tanto en el campo como en el momento de consumirlo. En el supermercado, por ejemplo, la carne viene en bandejas con un dibujo muy esquemático del animal, casi como si hiciera falta recordarnos de qué se trata.
Ese pequeño gesto refleja algo más profundo: nos hemos desconectado de los animales y, en parte, también de nuestra propia naturaleza.
La escritora cree que el oficio de su padre está muy estigmatizado.
Has hablado de "la mirada del animal". ¿Cómo es la del que va a ser sacrificado?
Recuerdo mucho los ojos juguetones de los cerditos... Esa mirada la tengo grabada con todo el cariño. He visitado muchas granjas y he estado muy cerca de ellos. Siempre me impresionaba cómo querían jugar.
Ahora pienso también en las macrogranjas, en esos animales que van en fila, y me pregunto: ¿sabrán a dónde van? Es distinto, claro, y no hay marcha atrás.
La industrialización es irreversible: somos muchos y comemos rápido. No sé si nos alimentamos mejor o peor, pero sí ha habido una desanimalización de la sociedad, y eso me da mucha pena.
Tanto los animales que solo quieren jugar como los de las macrogranjas van a morir. ¿Hay alguna diferencia?
Sí: la manera en que han vivido. No es lo mismo que estén mezclados en el suelo que verlos en naves industriales. Los chinos, por ejemplo, ya tienen rascacielos para cerdos. Insisto: no veo marcha atrás.
La industrialización de la carne lo ha transformado todo. Antes hablábamos de granjas; hoy hablamos de fábricas. Basta una persona para supervisar cientos de animales. Antes había más convivencia, más cuidado. Esa conexión también existía en la carnicería: el mostrador, la clienta, la vecina… todo eso se ha perdido, salvo en algunos negocios de barrio.
Y eso influyó en tu formación como periodista y escritora.
Sí, aprendí a escuchar allí. La tienda era un espacio literario: las clientas de mi madre eran amigas, se contaban secretos, y yo, siendo pequeña, escuchaba más de lo que debía. Eso me enseñó a observar y a escuchar, algo fundamental para cualquier escritor.
Hoy lo comparo con el supermercado: coges tu compra, hablas por teléfono y no miras a nadie a la cara. La interacción humana se ha perdido.
¿Era también un reconocimiento generacional escribir este libro?
Sí, totalmente. Ellos no se han defendido, me parece a mí.
¿De quién no se defendieron?
De todos esos mensajes que los han criminalizado de alguna manera. Ellos eran los que ejecutaban el sacrificio, y "carnicero" sigue teniendo connotaciones negativas. Sin querer convencer a nadie, yo quería contarlo: explicar cómo era estar allí dentro.
Nunca sintieron necesidad de defenderse porque sabían lo que hacían y estaban orgullosos de su trabajo: agricultura, ganadería, carnicería. Pero con la vida rápida entre lo rural y lo urbano, faltaban voces desde dentro.
No basta con visitar unas cuantas granjas y decir: "Es más ecológico trabajar en extensivo". Tenía grabada esa voz mía infantil y pensé que merecía ser contada.
María José, en un posado para Magas.
Sobre todo porque lo has visto y vivido, y te parece normal. Hoy un niño que visite una carnicería o vea el sacrificio de un animal se quedaría espantado. Son cosas que tampoco se explican.
Exacto. Suelen decirnos que no se habla de la muerte, pero todos vamos a morir. Ese exceso de protección, evitando que los niños vean sangre o sepan de dónde viene la comida, nos aleja de nuestra naturaleza. La ocultación genera desanimalización y quizá deshumanización.
Te lo planteabas porque no te gustaba ver esto.
Sí. De pequeña deseaba que todos fueran vegetarianos.
Esa comunión que me explicabas entre carnicero y animal, ese pacto silencioso —yo que te voy a matar y tú que sabes que vas a morir— contigo siempre ha habido una lucha, ¿no?
Sí, pero nunca he dudado del respeto que existía ahí. Entiendo que no guste la sangre, ni en el matadero ni en los hospitales, pero eso no significa que lo que ocurre sea malo.
Estéticamente, sería más bonito que los animales no tuvieran que morir, pero al criminalizar o señalar sin entender, se pierden elementos esenciales. Lo de las macrogranjas me desagrada: ver gallinas encerradas sólo para poner huevos es una tortura, aunque procesos como este siguen siendo necesarios.
Nunca he visto más cariño hacia los animales que el de carniceros, veterinarios o ganaderos. Son conscientes de la grandeza del animal y lo cuidan hasta el final.
Existe un verdadero respeto: "Eres mi sustento, eres mi alimento, eres mi vida". Hemos avanzado mucho en sacrificar al animal de manera que sufra menos y en respetar la carne después. Esa es la comunión que quería mostrar.
