Elena Pérez
Publicada

La editorial Espasa publicará el próximo miércoles, 26 de agosto, El falsificador, la nueva novela de Rafael Tarradas Bultó.

El escritor y diseñador industrial, que en la actualidad se dedica al sector de la comunicación, firma una gran novela de intriga histórica sobre el amor que no se resigna, la belleza que sobrevive al odio y el valor de quienes se atreven a desafiar al poder cuando todo parece perdido.

En la Florencia de 1938, la visita de Hitler a Italia genera un clima de alta tensión: mientras la Iglesia, la Cosa Nostra y la monarquía conspiran en secreto contra Mussolini, el dictador italiano —cegado por su propio orgullo— sólo piensa en cómo impresionar a su aliado.

Para lograrlo, decide confiscar una invaluable obra maestra del Renacimiento perteneciente a la poderosa familia Viel y entregársela al Führer como un regalo digno de un emperador.

Detrás de la fachada de hija caprichosa de un magnate de la banca, Flavia Viel oculta a una mujer valiente y decidida.

Para ella, ese cuadro representa mucho más que una joya familiar: es la memoria de sus seres queridos, el último vínculo con un mundo que empieza a resquebrajarse y su negativa a someterse al régimen mientras todos callan.

El escritor, en un retrato reciente. Espasa Cedida

Decidida a recuperar la obra, busca a Juan Rezola, el hombre al que amó y perdió, un talentoso falsificador de arte capaz de convertir la mentira en una forma de justicia, y la única persona que realmente conoce la fuerza interior de Flavia.

Mientras la ciudad italiana se viste de gala para recibir a Hitler, ellos deberán unir fuerzas en un peligroso plan donde, además de arriesgar sus vidas frente al régimen, también tendrán que sanar las heridas del pasado que los separó.

Magas presenta en exclusiva el primer capítulo de esta apasionante novela.

***

Portada de la última novela de Rafael Tarradas Bultó. Cedida

Primera parte

A principios de 1937

1

Un préstamo sospechoso

1937, mediados de marzo, castillo de Faggio, Italia

El castillo de Faggio se elevaba como una mole áspera y sólida en un promontorio de los Abruzos, en el centro de Italia, sobre un panorama de extensas manchas de bosques de haya y pino, campos pulcramente cultivados y riachuelos, gran parte de los cuales pertenecían a la extensa finca que presidía la fortaleza.

Pegada a él, como derramándose de su interior, la pequeña villa de San Raffaello llevaba siglos en armoniosa convivencia con sus señores, acostumbrada a pocos sobresaltos, una existencia monótona pero agradable y escasas visitas.

Por eso aquella noche era especial.

Giacomo Viel, señor del castillo, afrontaba la velada sin ilusión, pese a lo cual todo se había preparado con mimo, como siempre. La fortaleza ocultaba estancias sorprendentes.

Como una ostra rugosa que guarda una fina perla, las vetustas paredes medievales encerraban un interior barroco, repleto de tapices toscanos, muebles de las mejores maderas, suelos con elaborados dibujos de mármol y techos artesonados.

—No sé qué hace esta gente aquí —dijo Giacomo una vez más, mientras se ajustaba la pajarita del frac.

—Eres muy pesado. Muy desconfiado —replicó su mujer, mirándose al espejo mientras se abrochaba un par de sus valiosos pendientes.

Cosima no era nada desconfiada. Giacomo a menudo se decía que por eso había sido fácil conquistarla. No se había dado cuenta de sus intenciones y de que pasaban de ser amigos a marido y mujer hasta que estuvieron casados.

Ella estaba completamente feliz de haber caído en sus redes. Giacomo temía ser él quien estuviera a punto de caer en las de sus invitados.

—Anetta piensa lo mismo que yo.

—Anetta y sus cosas. Anetta Calderone se cree muy bruja, pero no acierta nunca.

—Te equivocas. Desde que la conozco, ha demostrado la eficacia de un pointer persiguiendo a un faisán.

—Anetta es una criada muy querida, fantástica, pero es una chismosa. Flavia y tú deberíais hacer más caso a la razón y menos al corazón..., y ella igual.

—Es más que una criada. Lleva años aquí, es más lista que la mayoría de los que tenemos cerca y más culta que algunos de nuestros amigos. Su padre era profesor.

—Ya lo sé.

—Pues recuérdalo. No desprecies su opinión solo porque haya preferido quedarse en casa con nosotros en lugar de buscarse la vida fuera. Su intuición acierta demasiado a menudo como para no tenerla en cuenta. Y la vocación por lo humilde a menudo es síntoma de inteligencia, no de lo contrario.

Habían tenido conversaciones similares muchas veces. Siempre acababan igual, es decir, sin acabar. Seguros de que no se convencerían el uno al otro, terminaron de arreglarse y bajaron las escaleras hasta la entrada para recibir a sus invitados.

Por el camino se les unió su hija, Flavia, bella y avispada, despierta como una liebre y tan incómoda como su padre aquella noche.

Aunque se había casado hacía muy poco, su marido apenas pisaba aquel lugar y se había acostumbrado a encontrarse con él en Milán, donde tenía sus negocios, en semanas alternas. Todo muy civilizado. Se alegraba de estar en Faggio, pero odiaba tener que recibir a aquella visita.

Italia había cambiado y eso sí que no admitía ninguna duda. Flavia tenía pocos recuerdos de la época que precedió al fascismo, que llevaba trece años en sus vidas, pero su padre miraba los años anteriores a 1925 con creciente nostalgia.

Desde entonces, la dictadura ocupaba todos los rincones de la vida social y cultural, y se perseguía a la oposición fieramente. Los simpatizantes de Mussolini, con sus camisas negras, se habían vuelto omnipresentes.

Hacía algunos meses el Duce había retirado al país de la Sociedad de Naciones y había sellado una alianza con Hitler.

Giacomo había cerrado las puertas de su castillo a los festejos, temeroso de no poder evitar a invitados no deseados, temeroso de significarse, de hacer aún más evidentes los datos que lo señalaban como antifascista. Pero el día había llegado y la cena que iban a celebrar había sido inevitable.

Habían pasado unas semanas desde que el alcalde informara de la inminente visita a San Raffaello del subsecretario de Cultura Popular, Tommaso Russo, que estaba recorriendo los Abruzos para catalogar los monumentos de mayor importancia.

Un político de grado medio, pero que venía con una misión planeada desde arriba. Un don nadie a ojos de Giacomo Viel, pero al que no se le podían cerrar las puertas.

Se las abrieron pasadas las ocho.

Como preveían, su invitado llegó acompañado de cuatro personas más: el alcalde de San Raffaello, un camisa negra, un militar y una mujer a la que presentó como su secretaria. «La secretaria del subsecretario», pensó Giacomo, que detestaba la ineficaz y creciente burocracia italiana.

Con todo, la cordialidad reinó desde el primer momento y, auspiciado por el alcalde, que era un hombre encantador, y por Cosima, que era la señora más agradable que un castillo pudiera tener, la cena transcurrió sin problemas.

Cuando acabaron y Giacomo se preguntaba, ya muy en serio, qué demonios había ido a hacer esa gente a su casa, el invitado se lo aclaró.

—El ministro de Cultura Popular, don Dino Alfieri, de acuerdo con el de Educación, don Giuseppe Bottai, tiene una honda preocupación por la conservación de nuestros monumentos y de nuestra cultura.

Cree, y a tenor de lo que hemos visto en los días anteriores de nuestro viaje, no le falta razón, que no se le ha prestado suficiente atención ni cuidados, y que muchos de nuestros tesoros están en peligro. Es por esto por lo que estamos elaborando un catálogo con todo lo relevante, todo lo que debe ser protegido para las generaciones venideras.

—Es lo que lleva haciendo mi familia desde hace muchos años —intervino Giacomo.

—Sin duda —replicó el subsecretario—; ojalá todos fueran tan cuidadosos como los Viel, aunque, por desgracia, no muchos cuentan con sus recursos.

Ni Giacomo ni Cosima dijeron nada. Hubiera resultado ridículo pretender que su fortuna no había ayudado a que sus bienes estuvieran en un estado impecable.

—Italia es la cuna de la civilización y en cada esquina hallamos tesoros. Algunos en peligro, otros en perfecto estado, como todo lo que tenemos alrededor.

—Si le apetece, podemos mostrarle algunas cosas bonitas —propuso Cosima.

Giacomo lanzó una mirada a su mujer. Como de costumbre, hablaba demasiado. La interrumpió, tratando de que nadie notara su inquietud.

—Poca cosa, en realidad. Lámparas, artesonados, suelos muy elaborados... Esto no es un palacio florentino.

—Es un palacio de los Abruzos —opinó el alcalde.

—Es un castillo, una construcción defensiva —matizó Giacomo.

—Bueno —sonrió irónico el subsecretario, moviendo la palma de la mano en el aire—, digamos que no es lo que uno espera de una construcción militar. Su hogar es verdaderamente suntuoso. —Giacomo había sabido desde el principio que era un error que esa gente estuviera en su casa—. Me encantará ver las estancias —continuó el intruso.

Acabaron de cenar y, sin posibilidad de evitar el recorrido, el anfitrión lo planeó de manera que esquivara lo que no le era cómodo enseñar. Por alguna razón, presentía que no era buena idea mostrarlo todo.

Lamentó no haber escondido lo más importante. No haberla escondido a ella. Empezaron por el salón de baile, que hasta hacía unos años se usaba una vez al año, en Navidad.

Las ventanas se abrían a una vista que se extendía muchos kilómetros, y, donde no había ventanas, las paredes sostenían grandes espejos enmarcados por baquetones y yeserías. Desde allí pasaron a la biblioteca, con dos escaleras de caracol y estanterías repletas de libros ricamente encuadernados.

La siguiente estancia era el gran salón, que, aunque efectivamente parecía muy grande, también resultaba acogedor, con sillones de terciopelo y grabados de Piranesi en las paredes enteladas en rojo.

En cada una de las estancias, los invitados se mostraron impresionados y, sin embargo, Giacomo pensó que no se les veía del todo satisfechos.

Estaban a punto de abandonar la sala de música cuando su mujer, encantada de apostillar las explicaciones que él daba, se adelantó para abrir las puertas del despacho donde él atendía sus asuntos.

Giacomo intentó despistarla.

—Oh, esa habitación no tiene demasiada importancia.

Es tan solo...

Flavia miró a su padre entendiendo lo que pretendía. También comprobó que no le había dado tiempo a rectificar el trayecto.

—Pero... qué discreto eres, querido —lo interrumpió Cosima—, si ahí tienes a tu amante. Déjenme que se la muestre. No puedo ocultar que hace años que me provoca celos. La mira más a ella que a mí.

Pero a mi difunta suegra le pasaba lo mismo. Los hombres de esta familia la adoran. Encendió las luces y el grupo se asomó al despacho, una estancia sobria, con un escritorio grande de ébano, muchos libros, una gran chimenea de mármol rosa y, sobre ella, el bien más preciado de la familia.

Les presento a Colomba Corsini —anunció Cosima—, de Botticelli. La amante de mi marido, que trabaja desde hace años lanzándole furtivas miradas.

Cada una de las palabras de su mujer pesaron en el corazón de Giacomo. Quizás no fuera para tanto, pero quizás lo fuera todo. Pese a ello, no pudo evitar dar explicaciones.

—No es el Botticelli más relevante, solo un bonito recuerdo familiar, regalo del rey de Nápoles a mis antepasados.

—Ya les dije que era magnífico —intervino el alcalde, que no era la primera vez que contemplaba la obra, vanagloriándose ante los invitados. Estaba claro que era él quien los había llevado allí.

—No sabemos bien quién era Colomba Corsini —continuó Giacomo—. Hay constancia de unos Ducci Corsini en la corte del rey, pero nunca se la ha identificado claramente.

—En cualquier caso, fue merecedora de un retrato de un gran maestro —apuntó el subsecretario Russo.

—Uno que colgaba en el palacio de un rey —intervino su secretaria, acercándose al cuadro para contemplarlo mejor.

—Uno que se quitó de encima —replicó Giacomo, tratando de restarle importancia al cuadro, un retrato de medio cuerpo de una mujer pelirroja, con la piel muy blanca, de perfil, ataviada con un vestido dorado. Una obra maestra.

—Es magnífico —se oyó decir al militar.

—Parece la mismísima Venus, pero de perfil —apuntó el alcalde.

Los visitantes se habían acercado al cuadro mientras los Viel y el regidor permanecían en segunda fila. Cosima le susurró a su marido.

—Sabía que les gustaría. —«Solo espero que no les guste demasiado», pensó él.

El resto de la visita al castillo pareció un mero trámite, y, cuando alrededor de las doce la venerable mole volvió a quedar solo para la familia y se fueron a dormir, Giacomo sintió que una sombra se cernía sobre él.

Bastó una semana para que llegara una carta con el membrete del Ministerio de Cultura Popular, firmada por el mismo ministro, Dino Alfieri. Giacomo tuvo que leerla varias veces para comprender lo que se le pedía. Lo que se le ordenaba.

Estimado señor Viel:

En primer lugar, me gustaría agradecerle su amabilidad en la reciente recepción que ofreció a la delegación encabezada por el subsecretario de Cultura Popular, el señor don Tommaso Russo. Mi subordinado volvió fascinado por el trato, el castillo de Faggio y la calidad de lo que contiene.

Es por eso por lo que me complace anunciarle que el retrato de Colomba Corsini, de Botticelli, ha tenido el gran honor de ser seleccionado para mostrarlo en una exposición privada al Führer Adolf Hitler en su próxima visita a Italia el año que viene.

Por lógicas razones de seguridad, no puedo darle demasiados detalles sobre la localización de esta exposición. Agentes del ministerio irán antes de final de mes a recoger el retrato, que guardaremos con el mismo celo que su familia.

Seguro de que se alegrará de tamaño honor, lo saluda

Dino Alfieri

Quedaban dos semanas para que finalizara el mes cuando, en un viaje a Milán, Giacomo se encontró con Davide Veneziani en la Società del Giardino, el club en el que comía siempre que estaba en la ciudad. Su amigo poseía una magnífica colección de arte y era uno de los empresarios más importantes de Italia. Sus familias tenían algunas cosas en común, pero, hacía unas semanas habían añadido una más: a Davide también le habían pedido una obra de su colección para la exposición privada que se preparaba para el Führer: un óleo de Guido Reni. Cuando este le contó que los Foà de Roma, los Fieschi de Génova y los Ottolenghi del Piamonte habían recibido cartas similares reclamando sus Caracci, Guercino y Bellini, respectivamente, su expresión se ensombreció.

—¿Vas a entregar tu cuadro? ¿Van a hacerlo los demás? —preguntó, casi seguro de la respuesta.

—Sin duda, Giacomo. Todos lo harán y yo también. Tú, igual. No puedo enfrentarme a Mussolini, ningún italiano puede, y menos aún cuando lo que está detrás es una exposición para el hombre más poderoso de Europa. Del mundo, quizás.

Giacomo alzó la mirada al techo ricamente decorado y meditó en alto.

—Todos los cuadros tienen en común que son pintura académica italiana. Parece claro que es la que les gusta a ambos.

—A Mussolini le da igual la pintura. Le da igual el arte. Es Hitler el apasionado. Pero... hay algo más que tienen en común esas obras.

Giacomo cayó en la cuenta en ese instante.

—Todas pertenecen a judíos. Todos los que hemos recibido la carta somos coleccionistas judíos.

Davide lo miró a los ojos.

—Y precisamente por eso, es muy probable que no las volvamos a ver.