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Una cita en el Generalife de Granada —joya arquitectónica de finales del siglo XIII bajo el reinado del sultán nazarí Muhammad I— entre cinco escritoras es un magnífico arranque para cualquier buena historia.

La magia del escenario, el talento compartido y el olor a jazmín podrían inspirar un relato romántico o bucólico; pero no, el reto era crear misterio, intriga, miedo...

Aquel 15 de julio de 2025, en el contexto de la I Alfombra de la Cultura y el Liderazgo Femenino, estas damas de la novela negra firmaron un pacto literario, como aquel que lideró Lord Byron en Villa Diodati allá por 1816.

Más de dos siglos después, el espíritu de aquella reunión volvió con una misma misión: crear cuentos inéditos inspirados en Granada.

Cruz Sánchez de Lara, Nativel Preciado, Espido Freire, Cristina Higueras y Marta Robles cumplieron con su cometido y el pasado 19 de junio se volvieron a reunir en la ciudad nazarí, concretamente en el maravilloso Cuarto Real de Santo Domingo, para leer sus creaciones durante Los Misterios de La Alhambra II.

Un evento ya histórico donde la cultura y el liderazgo se daban la mano.

Charo Izquierdo, Cruz Sánchez de Lara, Cristina Higueras, Marifrán Carazo, Marta Robles y Nativel Preciado, en Granada el pasado mes de junio. Sergio Rojas

Los relatos están para ser leídos, disfrutados, soñados... Y más si han salido de la pluma certera de estas cinco escritoras. Como no podía ser de otro modo, Magas quiere compartirlos con todos sus lectores para que puedan viajar a través de las palabras.

Hace unos días empezábamos con Lo más granado de La Alhambra, la obra inédita de la autora de éxitos literarios como Las gobernadoras, Maldito Hamor, Cazar leones en Escocia o En la corte de la zarina.

En él, Sánchez de Lara jugaba con la muerte, la sangre y el misterio para crear una historia que atrapa desde el primer renglón. Le siguió La noche en la que morimos todas y Las que escriben en la oscuridad, ambos firmados por Marta Robles.

Ella decidió lanzarse con dos títulos en vez de uno... La periodista y escritora, que publicó el pasado año Amada Carlota (Espasa, 2025), la cuarta novela de la saga detective Tony Roures, sigue la estela intrigante de las anteriores y leer sus cuentos implica contener el aliento.

Ahora le toca el turno a Nativel Preciado, una de las novelistas más leídas y prestigiosas de nuestro país, con galardones como el Premio Fernando Lara de Novela por Canta solo para mí; el Premio Azorín por El santuario de los elefantes; o el Premio Primavera por Camino de hierro; además de ser finalista del Planeta en 1999 con la obra El egoísta.

El cuento inédito de la periodista y escritora madrileña recuerda precisamente la reunión de Lord Byron de la que hablábamos al principio, con sus compañeras como artistas invitadas en una historia que suena a maleficio.

Maldición en la Alhambra

Maldición en La Alhambra

Maldita la hora en la que Marta tuvo la idea de encerrarnos aquí. A las otras tres, que son igual de fantasiosas, les pareció una idea magnífica. Lo peor es dejarme arrastrar por estas cuatro vehementes. Me arrepiento de haber aceptado un reto tan estrafalario. Cinco escritoras perdidas de noche en La Alhambra para rodar un documental de terror. Es tarde para huir; los guardas han cerrado todas las puertas.

—Me siento ridícula emulando las hazañas de Lord Byron o de Mary Shelley en Villa Diodati—, les confieso a las cuatro.

—Ya te gustaría a ti escribir algo parecido a El Vampiro o a Frankenstein—, me replica Espido con un tonillo erudito.

—Detesto a ese ser desdichado, deforme y destructivo de Byron y odio las novelas góticas.

—Pues si los cuentos de terror te parecen tan abominables —interviene Marta—, no sé qué haces aquí.

—Eso digo yo —reconozco, cabreada— y para colmo, tengo una fobia insuperable a los vampiros. Hace años, cuando estaba dormida, un murciélago se enredó entre mis sábanas y me mordió en la espalda. Mis hijos, que eran muy niños, se despertaron al escuchar mis aterradores gritos. Más allá del miedo, temía que me contagiase la rabia. Solo recordarlo me da pánico.

—Tranquilas, queridas, nos queda una larga noche y mucha tarea por delante —interviene Cruz, siempre tratando de evitar conflictos.

Cristina, con la que tengo menos confianza, la más prudente y silenciosa, hace fotos de manera obsesiva. Nos sugiere posturas sofisticadas, no en vano es actriz. Espido posa como una influencer.

Apenas hay luz. Hace un par de semanas del plenilunio y ahora el cielo está oscuro. Tengo un mal presentimiento por culpa de la gitana del Albaicín que, al impedir que me leyese la mano, me echó una maldición.

Soy supersticiosa, no puedo evitarlo. Nos guiamos hacia el patio de los leones con las linternas del móvil encendidas. Cruz sugiere algo prohibido, que nos subamos en cada uno de los leones de mármol blanco para hacernos un vídeo exclusivo. Yo pongo pegas.

—Venga, Nativel, no seas tonta. Quedará chulísimo.

Me mojo mi preciosa falda de gasa con el chorro del surtidor, protesto un poco y les recuerdo que esta fuente tan hermosa tiene muy mal rollo. Aquí se castigaba a los traidores.

—Cuenta la leyenda que el sultán Boabdil mandó decapitar a una familia noble, creyendo que le habían traicionado—, se anticipa Espido, que acostumbra a interrumpirme.

—Lamento llevarte la contraria, Espido, la matanza no se produjo aquí, sino en la sala de los Abencerrajes. Dicen que la mancha rojiza del suelo es la huella que dejó la sangre de los asesinados.

—Permíteme decirte, querida —me recrimina Marta—, estás muy antipática.

—Lo siento, pero estoy agotada, helada, tengo hambre y, por qué no decirlo, muy mal rollo. Ha sido una pésima ocurrencia. Me gustaría largarme.

—Confía en mí —me pide Cruz con voz persuasiva—. Ya verás que saldrá un documental sublime.

Con la falda empapada, muerta de sueño y de mala gana, sigo a las cuatro atravesando un pasadizo oscuro y siniestro, que desemboca en una torre, en cuyo acceso cuelga la señal de prohibido el paso. Marta y Cruz, muy decididas, quitan la cadena.

—Es peligroso subir una escalera sin barandilla—, les advierto.

No obstante, subo temerosa hasta el último peldaño. Para evitar el vértigo, miro hacia las vigas de un techo ennegrecido. De pronto, veo una masa movediza.

¡Murciélagos! Doy un grito espeluznante, los bichos se desprenden del techo y uno muerde a Cristina en la cara. Pega un alarido y trata de agarrarse a mí. Aterrada, me desprendo bruscamente de su mano, con tan mala suerte que cae rodando por las escaleras.

Espido, Marta y Cruz se quedan paralizadas. Bajo enloquecida para ayudar a Cristina y veo que el murciélago está enredado en su pelo y de la nuca sale sangre a borbotones. Lloro desesperada y me tapo la cara. Marta es la única que se atreve a tomarle el pulso.

—Está muerta—, asegura.

Le cierra los ojos y nos convence de que debemos huir de la escena del crimen. El resto de la noche lo pasamos entre acusaciones, lamentos y lágrimas, acurrucadas en un rincón de la sala de Dos Hermanas, hasta que las luces del amanecer se cuelan por las ventanas laterales. Entonces dice Marta con frialdad:

—No somos culpables. Al salir de aquí, diremos que perdimos de vista a Cristina al principio de la noche. Cuando la encuentren, comprobarán que ha sido un desgraciado accidente.

—¡Maldita noche! ¡Me lo advirtió la gitana! Pero nunca pude imaginar que fuerais tan cobardes—, les reprocho a gritos.

Y en ese instante, me despierto en la cama del hotel Washington Irving empapada de sudor y el cuello dolorido. ¡Qué horrible pesadilla!