Por las avenidas de Ceuta siguen vagando riadas de jóvenes famélicos, agotados y desorientados. La ciudad espera con sus comercios vacíos, policías en los accesos a los supermercados y las playas convertidas en asentamientos en un vilo tenso de incertidumbre y desconcierto.
La masa humana que ha cruzado la frontera es abrumadoramente masculina. Pero la red que evita que todo salte por los aires tiene rostro femenino.
Mientras la testosterona llena las calles, una red de señoras de origen rifeño (del Rif, norte de Marruecos) lideradas por Sabah Hamed transforma sus casas en trincheras donde curan, cocinan, traducen, consiguen compresas y escuchan a las mujeres y niñas que no saben dónde ir.
Esta crisis fronteriza y geopolítica no se puede comprender viendo la televisión. Nuestro desconocimiento sobre la situación, la génesis de lo ocurrido y el tejido social de las culturas coexistentes en Ceuta comienza a aclararse un poco cuando alguien como Sabah te abre la puerta de su casa:
"Ayer dimos de comer a más de 1.000 personas, hoy probablemente sean más...", dice.
Ni sumisas ni extranjeras
Lo primero y más importante que descubres es que "somos españolas, estamos empoderadas, seguras, pero hay mucha ignorancia", dice Suhad Mohamed, de 44 años, casada, velada, divertida, enérgica y generosa que te mira a los ojos, gesticula y sonríe.
Suhad Mohamed atiende a Magas.
"Yo me baño con burkini ¿sabes? Y a mi lado mis amigas en topless, y me encanta, ¿eh? No te confundas, en mi casa mando yo", asegura a Magas.
Para entender lo que ocurre hay que despojarse de los prejuicios simplistas. La ciudad es un ecosistema complejo donde la comunidad de origen musulmán (aquí conviven españoles de origen cristiano y musulmán, también judíos, hindúes, subsaharianos …) representa un pilar decisivo y las mujeres ejercen una autoridad tangible que se activa con precisión quirúrgica en momentos como este.
Sabah Hamed, como tantas mujeres ceutíes, encarna una pertenencia múltiple: ciudadana española, musulmana y agente social con arraigo propio. "Me gustaría que entendieran que Ceuta tiene cuatro culturas, que diferencien la religión de la nacionalidad. Somos muchos musulmanes españoles de padres y abuelos que hicieron la guerra en defensa de España".
"Al final todas las personas somos iguales, nacemos sin nada y moriremos sin nada, nos distingue el corazón", explica Suhad mientras me enseña una foto de su hija sin hiyab (que bien podría ser la mía) en el móvil.
La casa refugio de Sabah
Empresaria de bazares, española bereber, ya era conocida por su compromiso social. Desde hace más de una semana, su vivienda abre las puertas a las nueve de la mañana y no vuelve a cerrarlas.
Junto a un enjambre de voluntarias han creado un centro improvisado de auxilio donde se reparten raciones de dignidad y consuelo a todo aquel que llega por allí.
Literas convertidas en almacenes, una terraza donde los hombres se duchan con cubos y barreños, y una planta baja reservada a las mujeres (que han corrido un riesgo muchísimo mayor) y a su intimidad.
Se habla de más de 40 agresiones sexuales en la ciudad. "La mayoría de las que vienen a Ceuta son viudas o separadas buscando nuevas oportunidades; aparte, creo que vienen por la sanidad gratuita, porque en Marruecos es privada", declara Suhad.
Y añade: "Tenemos un problema porque escasean los médicos incluso para nosotros los ceutíes; los que hay son maravillosos, pero aquí no quiere venir nadie".
Sabah y su red de mujeres no paran: conducen sus vehículos, organizan a los migrantes, gestionan sus hogares con autoridad, se ríen de la política (no se la creen ni les interesa) y del porvenir.
"Estamos haciendo una labor humanitaria y en esta casa no se habla de partidos", insiste, "eso sí, nos sentimos maltratadas y olvidadas por las instituciones, esto que hacemos es competencia del Gobierno, que es quien debería traer una solución".
Conviene evitar, sin embargo, concebir su actividad como una épica ingenua. Tanto Sabah como Suhad, Amina y las demás, al igual que el resto de los ceutíes con los que hemos hablado, se sienten abandonados: "Esto debería ser un trabajo gubernamental, igual que los recursos utilizados…".
Este ejército femenino sin uniforme ni jerarquía, sostenido por cesiones de vecinos, comerciantes y generosidad, está compuesto por vecinas que se conocen y conocen la ciudad, hablan sus lenguas y han construido durante años redes de confianza.
Son mujeres que se cubren el cabello, donde la mirada europea proyecta automáticamente una imagen de sumisión que no siempre se corresponde con la realidad.
En mitad de la crisis migratoria, esta red de españolas musulmanas cocina, traduce, refugia, organiza y también se protege.
El contacto con ellas te muestra que una prenda no basta para diagnosticar una biografía ni una categoría moral: algunas lo visten por convicción, otras por costumbre, identidad, presión familiar o imposición.
La tela es visible; el grado de libertad, no: "Yo antes iba con tanga", cuenta Suhad. "Esto es del Shein, me lo pongo porque quiero; mi segundo marido es bueno y muy liberal".
Suhad sabe lo que pienso, lo lee en mis ojos occidentales e insiste: "Las mujeres somos el poder, las dueñas del hogar, la que damos estabilidad, luchadoras, emprendedoras, madres trabajadoras, guerreras donde un padre nunca hará ese cargo. Esto pasa en todas las razas sin distinción, pocos harían el papel que desempeñamos". Amén, pienso.
Espray de pimienta
"No se trata sólo de compasión religiosa", dice Amina. Aunque el principio islámico del ikram al-dayf (la hospitalidad sagrada) mueva sus manos, se trata también de autodefensa y preservación del orden social.
"Si no hacemos esto la gente va a delinquir, va a buscar la comida de mala manera", añade Suhad. "Hemos sentido miedo al ver tantas personas entrando y muriendo, de esas miles las hay buenas y otras malas, habrá delincuentes y a saber qué más".
Las instituciones ceutíes estiman unos 11.000 individuos aún presentes pero los taxistas calculan 40.000, igual que Sabah, sumando subsaharianos, argelinos y marroquíes.
Lo que nadie duda es que no son los protocolos de ninguna administración lo que sostiene a Ceuta. Son sus mujeres, que no hacen otra cosa: "Mi negocio está cerrado, no puedo abrirlo… no vendería nada", cuenta Sabah.
En efecto, las comerciantes con las que hablamos denuncian pérdidas. Es difícil vender un par de pendientes o una aspiradora en medio de un colapso migratorio. No quieren que les grabemos, tienen miedo; bajo el mostrador llevan espray de pimienta que nos enseñan.
Mientras charlamos con ellas en el interior de sus tiendas entran varios hombres a amedrentarlas: "Vienen a que les cargues el móvil, te piden comida, dinero, un cigarro... aquí todo el mundo fuma [ríe]. Pero no podemos estar solas, han intentado robar varias veces", declara una dependienta que, como las demás, teme ser identificada.
En la ciudad reina la anarquía y el desconcierto. Esa es la otra cara de la moneda que las mujeres de Ceuta gestionan a diario: no sólo alimentar y vestir, sino protegerse del caos, del hambre y también (cuando hace falta) de otros hombres.
Es un matiz importante que conviene no simplificar: el problema no es una cultura entera, sino lo que ocurre en cualquier lugar del mundo cuando miles de personas se ven forzadas a sobrevivir sin nada.
El vacío de autoridad, no el origen de nadie, es lo que abre la puerta al abuso. Y son, una vez más, mujeres (las vecinas, empresarias, dependientas) quienes han decidido llenar justo ese vacío antes de que pase algo peor.
El cuidado gobierna
Nadie les ha pedido que lo hagan. Nadie les paga por ello. Y sin embargo, cada plato servido es una forma de gobierno paralelo, silencioso y sin bandera, que levanta esta ciudad mientras las instituciones deciden quién tiene la culpa o la responsabilidad.
Cuando los libros de historia repasen estos días sofocantes del verano de 2026, las fotos oficiales mostrarán helicópteros y vallas. Pero la verdadera crónica de la resistencia ceutí se escribe donde ellas demostraron su fuerza sin teoría política.
Suhad está exhausta, como las demás, como la propia ciudad, en un momento social que nadie enseña en los manuales de gestión de crisis, donde un puñado de mujeres han decidido que la vida no puede esperar a que llegue el papeleo.
El cuidado tiene poco de gesto sentimental cuando se practica en una emergencia. Es logística: calcular cuántas barras de pan, evitar que se eche a perder el guiso, preservar la intimidad de las personas, lavar un baño una y otra vez, conseguir ropa interior, localizar leche infantil, aliviar rozaduras y explicar y confortar sin parar.
Ahí está el verdadero ángulo de esta historia. Los grandes movimientos del poder continúan representándose en masculino: fronteras, gobiernos, diplomacia, policía, fuerzas armadas. Pero cuando el dispositivo se queda corto, la reparación invisible vuelve a conjugarse en femenino.
