En julio de 2025, La Alhambra abrió sus puertas para acoger en el Generalife a cinco damas —no sabemos si del crimen, pero sí de la novela negra— en el contexto de la I Alfombra de la Cultura y el Liderazgo Femenino.
Entonces, los muros de la monumental construcción, envuelta siempre en un inevitable halo de misterio e historia, acogió un encuentro que emuló lo que en el siglo XIX aconteció en Villa Diodati. El espíritu de entonces traspasó barreras de tiempo y distancia para instalarse en la ciudad nazarí.
Pero, ¿qué fue lo que sucedió en la mansión suiza a orillas del Lago Lemán? Entonces, Lord Byron, Percy Shelley, Mary Shelley y John Polidori compartieron tres días y tres noches del verano de 1816, marcados por un clima tan adverso que convirtió su estancia en un encierro creativo.
Mientras las ventanas dejaban entrever los rayos y se oían los truenos, el fuego crepitaba en la chimenea, Byron lanzó un desafío y no al aire, precisamente. Cada uno de los allí presentes tenía que imaginar una historia de terror para narrarla al resto.
De aquel reto nacieron dos de los grandes mitos de la literatura universal: Frankenstein o El moderno Prometeo, de Mary Shelley, y la inmortal figura del vampiro concebida por Polidori.
A diferencia de en Suiza, aquella noche de verano en Granada fue como las que habitualmente definen a la ciudad: calurosa. No obstante, las altas temperaturas no tuvieron el suficiente poder disuasorio para que la creatividad fluyese de mano de las cinco damas.
Marta Robles junto a la alcaldesa de Granada, Marifrán Carazo, Cristina Higueras, Cruz Sánchez de Lara, Nativel Preciado y Charo Izquierdo, directora de Magas.
Sus nombres: Cruz Sánchez de Lara, Cristina Higueras, Espido Freire y Nativel Preciado, guiadas por la voz y la batuta de Marta Robles, aceptaron la misma encomienda que en el siglo XIX Lord Byron propuso en Villa Diodati, una noble misión aderezada con el mito de la creación colectiva.
Esta premisa desembocó en la serie de cuentos de Los Misterios de La Alhambra. La semana pasada, esta revista ya desveló en exclusiva el que firmó Cruz Sánchez de Lara, vicepresidenta ejecutiva de EL ESPAÑOL y editora de Magas y Lifestyle.
En esta ocasión, es Marta Robles la que toma el testigo de la autora de Las gobernadoras (Espasa, 2026) y lo hace por partida doble, con La noche en la que morimos todas y Las que escriben en la oscuridad. La escritora y periodista publicó el pasado año Amada Carlota (Espasa, 2025), la cuarta novela de la saga detective Tony Roures.
La noche en la que morimos todas y las que escriben en la oscuridad
La noche en la que morimos todas,
por Marta Robles
El Generalife se ofrecía como un corazón palpitante entre la piedra y el perfume de la tarde que se extinguía y trepaba hasta lo más alto de Granada. Las fuentes apagadas, las flores suspendidas en la quietud de un aire detenido y abrasador. La noche se aproximaba, con aterradora lentitud.
La editorial las había reunido en esa terraza desde donde los reyes nazaríes se asomaban a contemplar los incendios del mundo. Cinco escritoras dispuestas a afrontar la oscuridad sin agua, ni comida, ni luz, ni móviles. Sólo con sus libretas y el silencio.
Cada una aceptó por una razón distinta. Ninguna por literatura.
Espido fue la primera en sentarse y ofrecerse como la mujer segura y perfecta que pretendía ser y no era. Llevaba una vida entera fingiendo equilibrio, belleza y orden. Nadie sospechaba que, de adolescente, empujó por unas escaleras a esa compañera de colegio, desordenada y revoltosa, que, con sus defectos evidentes, eclipsaba su impecable puesta en escena. Rodó escaleras abajo. Espido no corrió. Descendió peldaño a peldaño con la frialdad de quien corrige un texto de otro. Simuló sorpresa y derramó las lágrimas precisas. La directora la abrazó. Y ella aprendió que cualquier crimen sólo necesita de una buena narración para volverse un accidente.
Cristina se apoyó contra la baranda, mirando al Albaicín, con los ojos de quien ya ha vivido una muerte ajena. Una muerte íntima. La de una mujer. Un amor secreto, intenso, peligroso... La quiso más que nadie. Por eso no la perdonó. La discusión fue breve. El golpe mínimo. El silencio eterno. Ella no buscó el cuerpo. Nadie lo encontró jamás. Cristina lo dejó marchar río abajo. Transformó la historia en un cuento. Fue muy aclamada. Le dieron un premio.
Cruz permanecía de pie, las manos cruzadas sobre el pecho. Siempre había sido la más comprometida. Voz firme, versos duros, denuncias sin descanso... pero su mayor acto de justicia lo cometió una madrugada. En el baño compartido. Él la miró, como siempre, con los ojos borrachos de desprecio. Cruz se adelantó al primer golpe. Lo propinó ella, con una figura de cerámica. Una vez, dos, tres... Él no se defendió. No pudo. Entonces ella llamó a emergencias. Dijo lo necesario. El país la abrazó. Pero ella sabía que la poesía no basta para limpiar la sangre.
Marta caminaba con los brazos caídos, como si la gravedad la tocara más fuerte que a ninguna. Había aprendido a sobrevivir en voz baja. A los nueve años sostenía la mano de su hermano pequeño, mientras ascendía al tobogán más alto del parque. Reían. Un traspiés, quizás. O tal vez ella soltó su mano... Se asustó. No gritó. No avisó. Horas más tarde, el niño murió dormido. Nadie hizo preguntas. Desde entonces escribe sobre niños que desaparecen en sueños. Su familia entiende su dolor. Nadie más sabe lo que pasó.
Nativel, la más inquieta, se apartó del grupo y pegó la espalda al muro. Cada sonido agudo en el aire le crispaba los hombros. Cuando el primer murciélago la rozó, al anochecer, dio un respingo. Presumía de amar a los animales. Había publicado libros enteros de fábulas ecológicas, pero ocultaba la historia de aquel murciélago de alas rotas. Tenía 12 años. Lo encontró en el suelo. Lo encerró en una caja de cartón y esperó. Estudió el dolor hasta su último chillido sobrehumano. Cada vez que cae la noche, ella espera que algo venga a devolverle el eco de aquel grito que no puede olvidar.
Cuando el último rayo de luz desapareció, ellas ya no eran escritoras. Sólo cinco mujeres que sudaban sus culpas y soñaban con expiarlas en sus libretas en blanco.
Los murciélagos las rodearon. Cada vez eran más. No atacaban, pero giraban sobre sus cabezas, como si repitieran una danza antigua.
—Nos vigilan —susurró Nativel.
—Nos leen —afirmó Cristina.
De pronto, Marta cayó. Sin ruido. Sin aviso. Un golpe contra la piedra.
Corrieron hacia ella, inútilmente. Su cuerpo no respondía.
—No hay marcas —observó Cruz.
—Ni alas invisibles —añadió Espido.
Cristina arrancó una página en blanco y escribió en letras mayúsculas: expiación. Luego la dejó sobre el pecho de Marta.
Durante ese momento, los murciélagos se detuvieron en el aire. Como si asintieran. Como si aceptaran el sacrificio. Como si recordaran...
—Hoy moriremos todas —dijo Espido—. ¿Quién será la siguiente?
Las que escriben en la oscuridad,
por Marta Robles
Cinco escritoras se reúnen para pasar una noche, extremadamente calurosa, en lo más alto del Palacio del Generalife. Una editorial les ha propuesto una experiencia única: compartir unas horas sin luz, móviles, agua, ni comida, en el escenario más misterioso y repleto de leyendas. Sólo cabrá entre ellas, escritura, memoria y piedra. Espido acude a la cita, de blanco inmaculado y, como siempre, perfecta.
Cruz mira a las sombras que acechan, por si encierran recuerdos de su pasado de maltrato. Marta piensa en el final; en si ese será el día que se deje llevar por el instinto de acabar con su vida que la acompaña desde niña. Cristina sonríe, maliciosa. Si la historia exige sangre, ella la derramará. Y no será la suya. Nativel revisa el cielo, plagado de alas oscuras. Las mismas que siempre la persiguen, aunque jamás lo haya confesado.
Durante las primeras horas, reina la complicidad y las conversaciones se cruzan como flechas en el aire.
—No hay nada de qué preocuparse —asegura Espido con su contundencia característica.
—Pero, ¿y si alguien se hubiera colado y estuviéramos en peligro? —pregunta Cruz tratando de identificar esas sombras que se dibujan en la oscuridad y la mortifican.
—Sólo habría un modo de escapar: dejarse caer sobre las luces de la ciudad... —dice Marta.
— ¿Y matarse? —pregunta Cristina—. Mejor empujar al intruso, en cuando se acerque a la barandilla.
—¡Callad! —ordena Nativel— ¿No escucháis los aleteos en el aire?
A media noche, la luz de emergencia se apaga. El aire se detiene. Ya no hay escapatoria. Imposible pensar siquiera en descender por esa escalera de piedra, empinada y angosta.
Unas horas más tarde, Cruz llora recuerdos del pasado en un rincón, Marta murmura palabras inteligibles y Cristina saca la afilada pluma que guardaba en su pecho, y la empuña como si fuera un arma. El maquillaje de Espido se derrite. Y Nativel escucha el cielo, aterrada.
—¿No lo sentís? Está aquí... —susurra Nativel.
Las demás ignoran su advertencia mientras el silencio crece y se vuelve tangible, apenas unos segundos antes de que la tierra vibre y se abra una grieta en el centro del patio milenario. De ella, emerge una criatura. Es un murciélago gigantesco, con ojos humanos, que, prodigiosamente se ven en la oscuridad. No vuela. Sólo flota. Su aliento quema, como los de los dragones. Habla sin palabras. Y todas le escuchan. "Una debe quedarse...", dice.
Espido retrocede, Marta da un paso adelante, Cristina lo amenaza con la pluma y Cruz cierra los ojos, resignada. Entonces Nativel, temblando, avanza.
—He de ser yo. Yo invoqué al murciélago. Sin querer. Sin saber que estaba dentro de mí. Que formaba parte de mi universo de temores. Yo me quedaré —afirma antes de arrojarse a la grieta.
Marta intenta detenerla gritando "noooo". Y también cae. Ambas desaparecen en ese agujero negro y la criatura se deshace en humo. El suelo se cierra. La puerta del Generalife se abre sola, entonces, y el aire retorna.
Cruz, Espido y Cristina bajan la escalera, cogidas de la mano. Las tres llegan a su destino. Empieza a clarear. La noche se desvanece entre los rayos de un sol salvador.
Meses más tarde, en una librería de Granada se presenta un libro sin autor. Su título es Las que escriben en la oscuridad. Cuentan que ni Cruz ni Espido ni Cristina son autoras de ni una sola línea de su contenido..., pero también que recoge con asombrosa minuciosidad, los misterios de esa noche de La Alhambra, que compartieron con las dos escritoras que ya no están. ¿Quién pudo escribirlo? ¿Quién fue testigo de cuanto pasó en aquellas horas eternas? Todo el mundo habla del libro..., pero nadie se atreve a leerlo. Dicen que oculta terribles secretos de las noches en el Generalife. Que está lleno de confesiones y murciélagos gigantes. Y de miedo...
