Hace ya más de un año desde que la Alhambra acogiese en el Generalife a cinco damas —no sabemos si del crimen, pero sí de la novela negra— en el contexto de la I Alfombra de la Cultura y el Liderazgo Femenino.
Todo comenzó una noche, la del 15 de julio de 2025. Entonces, se dio la reunión entre esos muros para emular, salvando el tiempo y las distancias, el espíritu de Villa Diodati.
Allí, en la mansión suiza, a orillas del lago Lemán, Lord Byron, Percy Shelley, Mary Shelley y John Polidori compartieron tres días y tres noches del verano de 1816, marcados por un clima tan adverso que convirtió su estancia en un encierro creativo.
Entre rayos, truenos y el calor de la chimenea, Byron lanzó un desafío: que cada uno imaginara una historia de terror para narrarla al resto.
De aquel encuentro nacieron dos de los grandes mitos de la literatura universal: Frankenstein o El moderno Prometeo, de Mary Shelley, y la inmortal figura del vampiro concebida por Polidori.
En Granada no hubo tormentas que obligaran a refugiarse entre cuatro paredes. Fue el calor del verano el que, lejos de disuadirlas, se convirtió en un inesperado aliado de la creación.
Lo más granado de la Alhambra
Cruz Sánchez de Lara, Cristina Higueras, Espido Freire y Nativel Preciado, guiadas por la voz y la batuta de Marta Robles, aceptaron un reto de naturaleza semejante.
¿La noble misión encomendada? Hacer gala de sus mejores dotes en la escritura para que de sus manos afloraran diferentes relatos inéditos de misterio inspirados en la experiencia vivida en la ciudad de Granada, con, por supuesto, el enclave monumental como telón de fondo en una especie de sinestesia temporal. El aderezo: el mito de la creación colectiva.
Ahora, más de un año después de aquella noche, el primero que ve la luz en Magas es, precisamente, el de quien firma otros títulos como Cazar leones en Escocia (Espasa, 2022), Maldito hamor (Espasa, 2023) o En la corte de la zarina (Espasa, 2024), es decir, el de la vicepresidenta ejecutiva de EL ESPAÑOL y editora de Magas y Lifestyle.
Cruz Sánchez de Lara publicó en mayo la novela histórica Las gobernadoras (Espasa, 2026), donde rescata del olvido el papel determinante de España y de las mujeres en la independencia de Estados Unidos, enlazando también lo que acontece en sus páginas con su propio legado familiar.
Marta Robles junto a la alcaldesa de Granada, Marifrán Carazo, Cristina Higueras, Cruz Sánchez de Lara, Nativel Preciado y Charo Izquierdo, directora de Magas.
Lo más granado de la Alhambra,
por Cruz Sánchez de Lara
La Alhambra respiraba como un animal antiguo bajo un cielo de ceniza. Las torres velaban la noche y el agua repetía memorias que parecían de sangre. Cruz Sánchez de Lara, con un aire angelical que olía a impostado, conducía a cuatro escritoras hacia la sala de los Abencerrajes. Les había hablado de cámaras invisibles, de un homenaje íntimo a la literatura. Eran las escritoras que ella deseaba ser: Marta Robles, Cristina Higueras, Nativel Preciado y Espido Freire.
La puerta se cerró con un eco de sentencia.
—Aquí no filmaremos nada —dijo Cruz, con voz serena—. Aquí completaremos lo que quedó inconcluso. Los Abencerrajes murieron por celos: degollados, su sangre enrojeció esta fuente. Hoy, yo beberé de vosotras lo más granado.
El silencio fue cuchillo. Marta fue la primera en comprender el peligro. Había descrito demasiados cuerpos caídos para no reconocer el propio destino. Cruz abrió un libro encuadernado en piel oscura, con sus páginas en blanco aguardando. Rozó su hombro: Marta se desplomó, y un corte invisible abrió su cuello. La sangre brotó en un hilo perfecto y tiñó la fuente. El agua pareció estremecerse. Su voz, su ironía, su talento quedaron grabados en la primera página, como fuego escrito.
Cristina lanzó un grito que se quebró contra los muros como un telón rasgado. Cruz le tendió la mano; el contacto bastó. La garganta de Cristina se abrió en silencio, y su sangre se mezcló con la de Marta. El crimen, que tantas veces había escrito, la reclamaba ahora como papel definitivo. Una página oscura se llenó con su dramatismo.
Espido intentó conjurar símbolos, como si pudiera envolver su cuerpo en metáforas. La ternura mortal de Cruz la abrazó y la derrumbó. La sangre se confundió con la fuente, y la melancolía arrancada tembló como un pájaro inmolado. El libro escribió por sí mismo un párrafo de sombras.
Nativel fue la última. Se alzó con voz firme, evocando la injusticia que había hecho de esa sala un matadero de celos. Pero la verdad tampoco fue escudo. Cruz la miró fijamente, y en ese instante Nativel comprendió que hasta la lucidez se desangra. Su garganta se abrió como la de un Abencerraje, y la fuente estalló en rojo vivo, espléndido y feroz.
El agua desbordó los mármoles, inundó el suelo, convirtió la estancia en un lago carmesí. El aire olía a hierro y a leyenda.
Cruz cerró el libro. En sus páginas ardían ya los talentos reunidos: la ironía de Marta, la intensidad de Cristina, la melancolía de Espido, la lucidez de Nativel. Eran las escritoras que había querido ser, ahora fundidas en un solo cuerpo, en un solo nombre.
Al amanecer, cada una despertó en su casa. Amnesia absoluta: no recordaban nada. Solo un hueco inexplicable, como si alguien les hubiera extirpado la sombra.
Cruz, en cambio, salió de la Alhambra con paso firme. El sol la coronaba como a una reina completa. Ya no era solo ella. La sala seguía desbordada por la sangre, igual que en los tiempos de los Abencerrajes, igual que cuando la envidia y la ambición dictaron sentencia.
Esa misma semana comenzó a escribir. Sus frases ardían con todas las voces reunidas. La crítica habló de una autora total, de una novela imposible de superar, de un bestseller destinado a ser eterno.
Nadie supo que esa gloria estaba escrita con lo más granado de la Alhambra, con la sangre fresca de cuatro escritoras convertidas en leyenda.
Y en lo profundo de la fuente, el agua aún murmuraba, insaciable.
