En abril de 1926, en la Casa de las Siete Chimeneas, actual sede del Ministerio de Cultura, Madrid acogió el comienzo de uno de los acontecimientos más influyentes en la lucha por la igualdad y la dignidad de las mujeres de nuestro país.
En plena dictadura de Primo de Rivera nacía el Lyceum Club Femenino de Madrid, fundado según el ejemplo del de Londres, que había sido creado en 1903. Su influencia fue tal que sirvió de modelo para otros posteriores en capitales como París, Roma o Berlín.
Tuvo su versión catalana con el que se abrió en Barcelona en 1931 y significó una burbuja de oxígeno, modernidad y cultura en una España en la que las mujeres vivían tuteladas por los hombres y el patriarcado.
Un aniversario que inspira
Se cumple un siglo de su fundación, un acontecimiento que se pone en valor con una interesante agenda cultural y que ha dado pie, también, a la publicación de diversos libros. Y es que este hecho histórico aún es desconocido para muchas y muchos.
En este lugar imperaban el diálogo, la reflexión, la sororidad y el respeto. No había ideologías ni religiones, todas sus socias eran bienvenidas porque el objetivo era común: luchar por la emancipación femenina y la igualdad plena.
Placa conmemorativa en el edificio de Madrid donde se ubicaba el club, actual sede del Ministerio de Cultura.
Fue un club exclusivo para ellas y se pagaba una cuota mensual. Entre sus paredes, siempre amenazadas por la opinión de los grupos más retrógrados de la sociedad, se sucedieron interesantes conferencias, exposiciones, bailes y charlas. También impartidas por hombres.
Entre sus valientes fundadoras estaban profesionales tan importantes como las abogadas y políticas Clara Campoamor y Victoria Kent, la escritora Elena Fortún y las maestras Zenobia Camprubí, María Lejárraga, Matilde Huici y María de Maeztu.
El Club llegó a tener hasta medio millar de integrantes —las que se han podido censar— a lo largo de su década en vida.
Durante la Guerra Civil, las liceístas, con la filósofa y ensayista María Zambrano, la periodista Carmen de Burgos o la escritora Concha Espina, mantuvieron intactas sus instalaciones. Pero tras la contienda, con la dictadura de Franco, se cerró e invisibilizó.
No sólo fue una agrupación cultural. Como explican Kika Fumero y Paz Montalbán, las docentes creadoras de la web lyceumclubfemenino.com, se construyó como "una estructura de resistencia intelectual feminista en una época profundamente hostil hacia las mujeres".
Y todo porque "pensaban, hablaban y se reivindicaban en público", inciden. Ambas, activistas feministas, fundaron en 2012 un blog-web dedicado al club cuando aún casi nadie había escuchado hablar de él: "Lo que nos movía por estas mujeres no podía quedarse en la admiración personal, sino que necesitaba un espacio público, una plataforma y una voz compartida".
La periodista cultural y traductora Eva Cosculluela descubrió la historia del Lyceum por casualidad durante la visita a una exposición en la Residencia de Señoritas, creada y dirigida por María de Maeztu, también fundadora de la citada agrupación.
Maria de Maeztu y Victoria Kent, en revista 'La Esfera' .
Su libro El club de las modernas (Ed. Seix Barral), de reciente publicación, nace de la fascinación sobre esas mujeres unidas para trabajar por mejorar su situación utilizando la cultura y la educación como herramientas y motor de progreso.
La investigadora Rocío González Naranjo, autora de Marisabidillas, frívolas y peligrosas: El Lyceum Club Femenino de Madrid (1926-1936), de Hoja de Lata Editorial y publicado en abril, asegura que aquellas pioneras "ignoraron y construyeron", a pesar de los insultos y ataques.
La realidad es que cada vez había más socias, "lo que demuestra que, si el patriarcado ladraba, era porque se estaban haciendo bien las cosas".
Una herencia valiosa
Se podría decir que somos herederas de las mujeres que formaron parte del Lyceum Club Femenino de Madrid. De su lucha incansable y valiente, además de progresista, recogemos un importantísimo legado que hoy sigue vigente. Aunque en riesgo, sin duda, dado el avance de la ultraderecha.
Del legado que recibimos de las liceístas, Kika Fumero y Paz Montalbán destacan "la autoorganización para obtener mejoras para todas. La unión hace la fuerza. Y la sororidad hacia todas las mujeres, fueran de la condición social que fueran".
Y es cierto. El club nació con vocación de ser laico y apolítico, y sólo importaba una agenda común que priorizaba lograr la igualdad real con respecto a los hombres.
Hoy, nosotras disfrutamos de logros como el acceso a la universidad, el derecho al voto y al divorcio o la reforma del Código Civil, todos gestados en tiempos del Lyceum.
Para Rocío González Naranjo, "el empoderamiento que dio este espacio a las socias, sobre todo a las que formaban parte de las diferentes Juntas Directivas o secciones" es uno de sus mayores logros de los que aún hoy disfrutamos.
"Poder realizar actividades, crear, debatir... en una sociedad en la que hasta bien poco no podían ni siquiera asistir a los cafés solas fue algo inédito", puntualiza. Y asegura que "transformaron su entorno e, incluso, la Historia de España".
Para la autora, la hermandad también fue esencial: "Incluso después, cuando muchas tuvieron que exiliarse, siguió ese espíritu de cercanía y apoyo entre ellas cuando estaban en situaciones horribles dentro o fuera del país".
Y destaca que "sororidad y empoderamiento fueron esenciales para que entre las filas del club surgieran vocaciones artísticas, políticas y militantes. Y esto no debe olvidarse nunca".
Eva Cosculluela precisa que, gracias a ellas, tenemos referentes en los que mirarnos: "Es fundamental saber que, aunque algunas luchas parecen perdidas de antemano, hubo mujeres que las libraron previamente".
Imagen de una de las reuniones del club.
"Hoy, en pleno siglo XXI, a nadie le extraña que existan asociaciones feministas o que reivindiquen derechos. Pero para que ahora existan y sea algo normal es indispensable que otras lo hicieran antes", insiste.
Y reconoce que "no se les puso nada por delante. Me gusta mucho el ejemplo que nos dieron: supieron dejar a un lado sus diferencias, que eran muchas —políticas, religiosas, sociales…— y prefirieron utilizar la diversidad para construir y enriquecerse".
“Y no para discutir —añade—. Creo que en eso también son un ejemplo que deberíamos mirar hoy".
El asociacionismo organizado
Del Lyceum Club Femenino de Madrid se dice que fue la primera asociación moderna de mujeres. Hubo agrupaciones previas importantes, pero las liceístas lograron algo que no había existido: sentaron las bases del asociacionismo y las ayudas entre ellas. Fue un punto de inflexión.
"Antes se crearon distintos espacios mixtos donde mujeres de clase media y profesional se reunían en tertulias privadas, sociedades culturales o caritativas", explica Rocío Naranjo.
El Lyceum fue más allá dividiéndose en siete secciones –social, de música, de artes plásticas e industriales, de literatura, de ciencias, internacional e hispanoamericana–, y cada una tenía su propia presidenta.
Un modo de organización que se copió después por la Asociación Femenina de Educación Cívica y de Cultura de María Lejárraga (1932), la fallida Liga Femenina por la Paz (1929) o la mixta Asociación Auxiliar del Niño (1935).
Y añade González Naranjo que, gracias a esta forma de gestión interna, "las socias pudieron crear acciones sin precedentes en aquellos tiempos".
Carné de una de las socias en 1931.
Eva Cosculluela recuerda que también tuvieron que aguantar el paternalismo de muchos hombres a través de artículos en la prensa, donde se les daban consejos y les decían cómo tenían que proceder para que funcionara.
"Las fundadoras querían mejorar la condición de la mujer como ciudadana, ya que así progresaría la sociedad entera. Su lucha no se reducía al feminismo, sino que pretendían que España entera avanzara. Querían vivir en un país mejor", explica la autora de El club de las modernas.
Y añade que "este espíritu está muy presente en las organizaciones de hoy. El concepto de red que trabajaron en el Lyceum está en la base del asociacionismo femenino moderno".
Insistieron mucho en lo importante que era estar unidas para llegar más lejos y "multiplicar el alcance de sus actos. Ese sentido de alianza y de comunidad está mucho más presente en el asociacionismo de mujeres que en el masculino", opina Cosculluela.
Temidas e insultadas
El club era exclusivo para socias, pero los hombres no estaban vetados. De hecho, nombres como Federico García Lorca, Rafael Alberti y Miguel de Unamuno fueron algunos de los intelectuales que pasaron por sus salones.
El escritor Jacinto Benavente también fue invitado a dar una conferencia. Y aunque finalmente lo hizo, al principio desestimó el ofrecimiento por no querer dirigirse "a tontas y a locas", que era como él –y muchos más– consideraban a las liceístas. De ahí viene esta frase que tanto se popularizó después.
Lo cierto es que estas mujeres tuvieron que aguantar desde sus comienzos todo tipo de insultos y amenazas. Eran tomadas por masonas, fumadoras de opio…
Y por marisabidillas, frívolas y peligrosas, como reza el título del libro de Rocío González Naranjo. "Cuando decidieron pasar a la acción, llegó la tromba de ataques", explica.
Y destaca que "son un ejemplo que debemos seguir en el mundo feminista: sufrieron incluso mansplaining en su propia sede y no se acobardaron ante nadie”.
La autora explica también que estas ofensas nunca han desaparecido. "Los insultos y mofas de hoy contra las feministas no son muy originales. Siguen atacándonos por lo mismo: por ser mujeres independientes, fuertes, inteligentes y que se reúnen".
Ante teorías pseudobiológicas como la de Paul Julius Moebius, que aseguraba la inferioridad de la mujer y que ‘heredó’ el mismísimo Gregorio Marañón, la respuesta de las liceístas fue reírse y seguir adelante, como bien recuerda González Naranjo.
Otra de las críticas que se le hacía al Lyceum Club Femenino de Madrid era que estuviera formado por mujeres burguesas. Era cierto. Pero eso no invalida su enorme valor, valentía y modernidad. Sus creaciones tuvieron una trascendencia histórica de la que hoy somos herederas y herederos.
Y entre estas ideas pioneras que se materializaron hubo proyectos sociales y culturales que fueron determinantes para ayudar a los grupos vulnerables.
Como la Casa de los Niños, una guardería gratuita para hijos de las trabajadoras, o el Comité del Libro para el Ciego, que traducía al braille muchos de los textos de la nutrida biblioteca del Club.
La biblioteca de la asociación.
Derechos en peligro
Las tres expertas coinciden en que no hay que dar por sentado ninguno de los logros impulsados por las mujeres audaces, pioneras, feministas y sororas del Lyceum Club Femenino. Con el avance de la ultraderecha, no sólo en España, el riesgo de retroceso de la vida en igualdad es una realidad.
"Como trabajadoras que somos en el mundo de la docencia, y como lesbianas y feministas, esto es quizá lo que más nos preocupa en el contexto actual. Todas las libertades y derechos de los que gozamos en muchos ámbitos son fruto de luchas pasadas", comentan Kika Fumero y Paz Montalbán.
Creen que "sólo la memoria, la educación y el estudio nos permiten no dar nada por sentado y valorar lo que tenemos en este momento presente. Algo que desgraciadamente, puede ser muy escurridizo y efímero según el devenir histórico y político".
Ante este contexto, su consejo es claro: "Mirar atrás y nombrar a las mujeres que estuvieron ahí, con nombres y apellidos, luchando por nuestros derechos; y aprender de ellas, de sus trayectorias vitales, empapándonos de su energía y su fuerza".
Eva Cosculluela destaca la importancia de ser conscientes de que lo que tenemos hoy no ha existido siempre: "Hubo que pelearlos y muchas veces supusieron un enorme coste personal". Muchas de estas mujeres se tuvieron que exiliar después de dejarse la piel para que pudiéramos votar igual que los hombres.
Y recuerda que, a Clara Campoamor, que fue atacada política y personalmente, no se le permitió volver a España jamás: "Los derechos de las mujeres, igual que la democracia, pueden desaparecer casi sin darnos cuenta. Más nos valdría cuidarlos y defenderlos con uñas y dientes".
Para Rocío González Naranjo, las niñas y niños de hoy "deben conocer a nuestras 'ancestras', las pioneras que consiguieron cambiar la sociedad”. Algo que las socias del Lyceum ya hacía entonces. "En sus conferencias y actividades integraron a las olvidadas de la sociedad", explica la investigadora.
Y cree que aún queda mucho por hacer en materia de educación en igualdad, una de las grandes luchas de las liceístas: "No nos enseñan nuestros logros, solamente nos hablan de reinas como modelos de mujeres empoderadas en la Historia. Pero somos mucho más que eso".
Los hombres no estaban vetados, muchos escritores de la época participaron en las actividades del Lyceum.
Y llegó el fin
En 1942, el Lyceum Club Femenino de Madrid pasó a peor vida. Fue incautado y ocupado por el Círculo Medina de la Falange, un centro sociocultural de la Sección Femenina que instruía a la mujer bajo el ideario del régimen franquista: vuelta al entorno doméstico y a los cuidados.
Sus salones, que habían estado llenos de vida, esperanza, modernidad y cultura por la igualdad, fueron ocupados por sacerdotes que intentaban revertir todos los avances que se habían logrado, como cuenta Eva Cosculluela en El club de las modernas,
Incluso la biblioteca, una de sus joyas, fue requisada. Llegó así el fin del club y de ese lapso en el que la modernidad y la sororidad reinaron. Ellas, las mujeres que tanto lucharon por la justicia y el estatus de ciudadanas de primera, no pudieron resistir en su mayoría la vida bajo la dictadura de Franco.
E iniciaron dolorosos exilios a lugares donde su talento se apreciaba como profesoras, escritoras o conferenciantes. Su inmenso trabajo nunca fue en vano.
María de Maeztu y María Lejárraga acabaron en Buenos Aires; Victoria Kent pasó por Francia y México antes de establecerse en Nueva York; Isabel Oyarzábal, Concha Méndez y Pilar de Zubiaurre se marcharon a México; y Zenobia Camprubí acabó sus días en Puerto Rico tras pasar por Cuba.
Matilde Huici se refugió en Chile, y Clara Campoamor, que intentó regresar a España tras pasar por Lausana y Buenos Aires, fue detenida en la frontera y volvió a Suiza. Todas fallecieron lejos de su país, pero su inmenso legado permanece vivo para fortuna de las generaciones siguientes.
