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La editorial Espasa publicará el próximo miércoles, día 28 de enero, Las arrepentidas, la última novela de Mari Pau Domínguez. La escritora, periodista y presentadora, una habitual del género histórico, lanza un libro que "es un homenaje a las rebeldes que lucharon por mantener aquello en lo que creían y, sobre todo, a quienes amaban".

Portada de la 'Las arrepentidas'. Cedida

Madrid, 1896. Carlota Visedo, joven marquesa de Peñaflorida, es arrancada de su vida y confinada en la temible Casa del Pecado Mortal, un lugar destinado a quebrar a las mujeres que no se someten a la norma social. Entre rezos, muros húmedos y el eco de llantos arrebatados, Carlota descubre la magnitud del castigo reservado a quienes se atreven a amar fuera de las reglas.

De regreso a la sociedad madrileña, la humillación y el acoso de su marido no consiguen doblegarla. Frente a él se aferra a la pasión imposible que la une a Rodolfo Valderroca y al secreto que marcará para siempre su destino: un hijo perdido en la sombra del encierro.

Magas presenta en exclusiva el primer capítulo de esta apasionante novela.

***

Nada te pueden arrebatar cuando lo has perdido todo.

Piensa en ello antes de irte de aquí, de este lugar que re­presenta el infierno, así aliviarás la carga del sufrimiento que jamás imaginaste y del rencor que no debes permitirte.

Nada puedes perder cuando te asomas al mundo y te das cuenta de que te han quitado aquello sin lo que crees que no podrás seguir viviendo.

Sin embargo, vives...

El martilleo incesante en la cabeza empeoraba la angustia de Carlota y ennegrecía aún más sus pensamientos. Muchas preguntas acompañaban las primeras pisadas en el suelo de la libertad. ¿Qué habría cambiado en el mundo exterior durante su ausencia? Y ella, ¿seguía siendo la misma? ¿Todo, absolutamente todo, le habían arrebatado en aquella casa? Porque eso era lo que pretendían hacer siempre, con ella y con todas las mujeres allí encerradas.

Al acabar de atravesar el tortuoso pasillo que estaba a punto de perder de vista e intuir, por fin, la proximidad de las afueras al otro lado de la pared, notó el escalofrío de quien se siente muerto en vida. Llevaba tan solo una escueta bolsa de viaje en una mano. El portón se cerró tras ella sin miramien­tos ni adioses, provocando un golpe seco y fuerte que retum­bó en todo su cuerpo. El día en el que entró ocurrió lo mismo: la pesadez de la puerta y el eco sordo de la soledad impuesta le dieron la fatídica bienvenida. Pero entonces no sabía lo que le esperaba en el interior de aquel recinto que comprimía los confines del averno. Habían transcurrido casi siete meses.

Siete meses…, un tiempo que difícilmente olvidará mien­tras viva. Echó un último vistazo a la fachada de la casa: as­pecto ruinoso, decadente, sombrío, espectral… El horror. Una ranura en la pared hacía las veces de buzón, en el que se de­positaban clandestinamente las solicitudes para posibles in­gresos, mientras que las pocas ventanas que daban a la calle estaban condenadas. Era una cárcel sin serlo. Una prisión que carecía de ninguna muestra aparente que pudiera indi­car lo que suponía para una mujer estar encerrada en ella.

Un elegante carruaje cerrado tipo cupé la esperaba en la calle, cuya piedra pisó rápido como si el fuego le quemara la suela de los zapatos, y subió a él sin perder un instante. Den­tro aguardaba una joven abrigada por una capa con capucha para no ser reconocida. Ambas se fundieron en un ansiado abrazo. «Por favor, no me preguntes, ahora no —imploró Carlota nerviosa a su hermana Rebeca—. Solo quiero irme de aquí. ¡Arranque! —ordenó al cochero perfectamente unifor­mado—. ¡Arranque, por Dios!».

Arranque, no sea que el diablo se atreva a perseguirla inclu­so una vez fuera de la Casa del Pecado Mortal. Puede que, por más empeño que pusieran para conseguirlo, a Carlota Vi­sedo, marquesa de Peñaflorida, no la hubieran despojado de sí misma, como deseaba su marido, ni le hubieran arrancado todo. Es posible que entre las cenizas de tanto dolor conservara toda­ vía intacta la fortaleza de su carácter. Aunque costaba adivinarlo. A pesar de su juventud, se la veía vencida, peleando con las huellas que en su rostro denotaban un terrible sufrimiento difí­cil de suponerle a una joven que, en cuestión de días, cumpliría veintidós años y que ya cargaba con un martirio a sus espaldas.

El día estaba sombrío y gélido, plagado el cielo de feos nuba­rrones. Un día de ambiente turbio para celebrar la libertad.

El coche de caballos se detuvo ante un imponente palacete en la zona noble de Madrid. Era la residencia familiar de los marqueses de Peñaflorida.

Será mejor que yo no entre —dijo Rebeca en un tono de voz muy bajo, como si no quisiera hacer ruido con las palabras. Carlota asintió. Le faltaban fuerzas hasta para pensar, aunque entendía que lo mejor era que ella entrara sola, no sa­bía qué podía encontrar al atravesar el umbral de su hogar siete meses después y habiendo soportado el desolador terre­moto que acababa de devastar su vida.

Ese momento tenía que llegar, y debía afrontarlo de la misma manera que cuando salió de su casa: sola.

—Eres fuerte, hermana, ya verás como puedes con ello. Hay que seguir viviendo. —Rebeca la abrazó, susurrándole al oído—: Saca tu fuerza, toda tu fuerza, que es mucha.

Al descender del coche, Carlota se dobló en un gesto de dolor que alertó a su hermana.

—Tranquila, no es nada —le dijo con ganas de que se mar­chara.

Enderezó la espalda con dificultad, esforzándose por apa­rentar normalidad, cogió la bolsa de viaje y caminó con pasos llenos de cautela hacia la verja de entrada. Antes de fran­quearla, se giró unos segundos para dedicarle una sonrisa pretendidamente tranquilizadora a Rebeca, quien, a su vez, se afanaba en que no se notara que estaba a punto de llorar. De ese modo, las hermanas intentaban protegerse la una a la otra, como si cada una de ellas no supiera lo que la otra esta­ba sintiendo.

Cruzó los metros que separaban la entrada del palacete de la verja que daba a la calle. El mayordomo y una sirvienta abrieron la puerta. Rebeca respiró hondo y entró en el que presentía que podía haber dejado de ser su mundo.

Advirtió el comportamiento extraño de María, la criada, que se retiró de inmediato sin saludarla. Ningún «Bienvenida a casa, señora» o «Deseamos que el viaje le haya ido bien». Nada. Solo caras serias y actitudes extrañas en el personal de servicio de la casa, habitualmente correcto y cordial. Parecía que la frialdad que inundaba la atmósfera se hubiera incrusta­do incluso en las paredes, sillones y cortinas de la vivienda. Se respiraba una angustiosa hostilidad que no suponía ningún buen presagio.

Tuvo que desprenderse del abrigo sin ayuda, un gesto que podría parecer insignificante, pero que resultaba más que elo­cuente en aquella circunstancia.

—Don Julián la espera en el salón principal —por fin acer­tó a decir Ramón, el mayordomo, pero no aguardó a que Car­lota le diera las gracias antes de desaparecer.

Encontró a su esposo observando el jardín a través de la amplia ventana que permitía filtrarse en la estancia las tona­lidades grises del día. Tenía las manos a la espalda y al ad­vertir la presencia de Carlota, no se molestó en girarse. Tam­poco es que ella esperara un caluroso recibimiento, pero que no le dijera ni tan siquiera un sencillo «hola»...

Julián era un hombre de estatura media, delgado, abun­dante cabello negro como el tizón, en el que destacaban tra­zando surcos plateados infinidad de canas. Tez morena, na­riz prominente y una expresión inescrutable en el rostro. Tenía dieciocho años más que su esposa. El conjunto de sus facciones daban como resultado un físico agradable.

En aquella postura, dándole la espalda, le habló con un tono lacerantemente severo:

—He pedido a mis abogados que resuelvan los trámites para privarte del título de marquesa. Estar casada conmigo no va a facilitarte ningún privilegio. Al contrario, todos cuan­tos tenías te serán retirados.

Carlota tragó saliva y enderezó su orgullo, al igual que había hecho con su espalda al descender del coche de caba­llos, antes de dirigirse a él:

—Vaya... Podrías, al menos, preguntarme cómo estoy. Ha sido mucho tiempo y muy duro.

—Es problema tuyo cómo estés, a mí ya no me atañe.

Sigo siendo tu esposa.

Entonces Julián se giró hacia ella y la miró de frente. Lo vio tan distinto... Advirtió que aquellos meses lo habían en­ durecido, como si el tiempo transcurrido le hubiera cincela­do el rostro con amargura y desdén. Sus ojos, antaño fugaz­ mente cómplices en las noches de no hacía demasiado tiempo, eran ahora dos pozos vacíos, sin fondo ni luz.

El silencio que se coló entre ambos resultó insoportable, frío y cortante como una navaja afilada. Carlota apenas reconocía al hombre que tenía delante, pero se obligó a sostenerle la mirada. Sabía que, tras aquella fachada de indiferencia, se ocultaba el mismo veneno que la había encerrado en aquel horrible lugar.

—Sigo siendo tu esposa —repitió, con un hilo de voz que escondía más firmeza de la que él esperaba.

Julián apenas esbozó una mueca cubierta por una sombra de desprecio.

No por mucho tiempo —sentenció, dejando la amenaza suspendida entre ellos igual que un cuchillo rasgando el aire.

Carlota aguantaba sin perder la compostura. No se había movido de la entrada del salón.

Su esposo, decidido a no concederle un respiro, prosiguió:

—Tu comportamiento no ha respondido en absoluto a lo que correspondería a tu condición de casada nada menos que con un Peñaflorida, así que no mereces los honores y prerro­gativas que han supuesto para ti hasta ahora. No voy a per­mitir que mancilles un linaje como el mío.

—Puedo entender tu enfado, pero el castigo ha sido de­masia...

—¡Calla! —la cortó Julián con furiosa brusquedad, sobre­saltándola—. ¿A ti te parece que esto solo merece un enfado?

¡Es mucho más que eso! ¡Retírate! ¡Apártate de mi vista! Tú y yo ya no tenemos nada de qué hablar.

Y volvió a darle la espalda, esta vez de manera definitiva, para seguir mirando por la ventana, a pesar de que su ira le nublara la visión.

Las últimas frases, dichas a voz en grito, algo impropio del hombre templado que era Julián, salieron de su boca más bien escupidas, arrojadas sobre la dignidad de Carlota, «Los Visedo sabemos salvaguardar la dignidad por encima de todo», solía decir la madre de la joven aristócrata apelando a sus ancestros, y aquel consejo se coló de rondón en su ánimo tras el desdén con el que la estaba tratando Julián.

—Una última cosa —dijo algo más calmado y sin retirar la mirada del jardín—. Solo espero, por el bien de tu alma, que te hayas arrepentido de lo que hiciste.

Rebeca encajó ese último comentario de su marido tragán­dose la rabia y, sin responder, se encaminó hacia el dormitorio donde le aguardaba otro sinsabor, este sí inesperado.

—Lo siento, señora, pero este ya no es su dormitorio. —Ma­ría seguía sin atreverse a mirarla a la cara—. El señor ha dis­puesto que a partir de ahora ocupe otro y que tiene prohibido el paso a este, que será de uso exclusivo del señor marqués.

El cuarto conyugal pasaba a formar parte de su pasado, como tantos aspectos de su existencia, alterada y girada del revés. Levantó la barbilla y sacó fuerzas para preguntarle:

—¿Y cuál se supone que es el mío?

De repente comenzó a llover con fuerza y pensó que el tiempo y la lluvia todo lo borran.

—Acompáñeme, señora.

La condujo hacia el extremo final del amplio y ampuloso pasillo, que, por contraste y a pesar de la tensión que se había desatado desde su llegada, le hizo sentirse reconfortada al re­cordar la diferencia con los angostos y lúgubres corredizos de la recién abandonada Casa del Pecado Mortal.

Se adentró en el que iba a ser su universo particular no sa­bía hasta cuándo y vio repartidas por varios rincones algunas de sus pertenencias, una figura de alabastro herencia de su familia, cepillos de cabello, espejos, joyeros —aunque no tar­daría en comprobar que estos estaban prácticamente va­cíos—, cintas de raso, la jabonera regalada por su madre... En el interior de los armarios, su ropa estaba dispuesta en colga­dores en medio de un caótico desorden, quizás el mismo al que estaba condenada. «Tu pecado no tiene perdón posible», le dijo Julián el día en el que decidió internarla a la fuerza en aquel infame lugar, cuando supo lo que había ocurrido con Rodolfo Valderroca.

Rodolfo... La rotunda presencia en su vida trajo consigo la evidencia de que en realidad nunca había amado a su mari­do. Cuatro años de tedioso matrimonio celebrado por el inte­rés de su familia, antaño poderosa, en recuperar una posi­ción social que entonces comenzaba a entrar en una cierta decadencia y aprovechar la dote económica que el enlace su­ ponía.

Valderroca estuvo buscándola durante meses, pero ella no lo supo hasta que Rebeca se lo contó camino a casa. No podía saberlo encerrada fuera del mundo. Su propia hermana se había enterado del paradero de Carlota tan solo días antes de que saliera de la casa infernal; solo entonces quiso su cuñado Julián que conociera la verdad, cuando ya nada podía hacer para auxiliarla.

El ruido de la puerta de la habitación al cerrarse la desen­ganchó de sus pensamientos. Estaba sola. De pie, notando a su alrededor el espesor del aire que, de pronto, se condensó tanto que no podía respirar. Corrió hacia una de las ventanas, le costó abrirla, y se dio cuenta de que el jardín le resultaba tan ajeno como el interior de la casa. Inspiró hondo para re­cuperar el aliento.

La bolsa de viaje reposaba olvidada en el suelo junto a la puerta. Estuvo observándola durante unos instantes antes de ir a buscar en su interior lo único que le importaba de su con­tenido. Extrajo un camafeo de un pequeño y desorganizado revoltillo de prendas delicadas, chocante con su habitual or­den con el que hacía todo, pero era tanta el ansia por abando­nar el lugar que ni se detuvo a colocar ordenadamente las escasas pertenencias con las que ingresó. En la joya podían leerse grabadas dos iniciales en letras mayúsculas: «R.V.». Tras estrecharlo con fuerza contra su vientre, como si quisiera introducirlo en su cuerpo traspasando la carne, los ojos cerra­dos, la piel en calma, lo besó con delicadeza y buscó dónde esconderlo para que nadie pudiera encontrarlo. Después, agotada, se tumbó vestida sobre la cama y perdió, como anhelaba con todas sus fuerzas, la noción de la realidad al abrazar un sueño que se le había estado resistiendo durante los últi­mos siete meses.

Ausentarse de lo ocurrido era su mayor necesidad entonces.

***

Los días en lo que ya no era un hogar transcurrían tediosos y melancólicos para Carlota. Apenas comía ni salía de su habi­tación. Tampoco compartía ningún momento con su esposo, quien estaba consiguiendo su propósito de aislarla del mundo de nuevo. Para evitar que saliera a la calle contaba con el per­sonal de servicio de la mansión, que tras su regreso la ignora­ban a pesar de ser «la señora»; nadie estaba de su parte, ni tan siquiera la fiel María. Fiel hasta que salió por la puerta camino del encierro más terrible que nadie pudiera imaginarse.

Nada deseaba más que poder recibir la visita de su her­mana Rebeca. Supondría un alivio en mitad de la oceánica soledad en la que vivía.

Pasaban los días..., las semanas... Empezaban a correr los meses en el calendario... y la vida de Carlota seguía converti­da en un infierno que no parecía tener salida alguna. No mantenía contacto con nadie. El aislamiento impuesto la con­vertía en presa de sus pensamientos, y su exigua vida social se reducía a los escasos eventos a los que acompañaba a su marido sin separarse de él ni soltarse de su brazo un segun­do. Era como si estuviera atada a Julián con unas cadenas in­visibles, pero, sin embargo, pesadas como hierro macizo.

«Qué gusto volver a verla, doña Carlota»... «Madrid la echaba de menos»... «Confío en que haya ido bien su viaje y su tía esté ya recuperada»... Porque esa había sido la justificación que el marqués de Peñaflorida difundió en público sobre la desapa­rición de su esposa durante meses: que tuvo que marcharse para atender por una enfermedad pasajera a su tía, que era como una madre, al haber fallecido ésta en un accidente en un coche de caballos cuando ella y su hermana eran pequeñas.

Pero Carlota sabía que la única enfermedad que había atendido era la suya propia, esa fiebre del alma que la consu­mía en silencio, mientras fingía sonrisas bajo las miradas in­ quisitivas de todos. La sociedad la rodeaba con frases ama­bles y medias verdades, sin sospechar el abismo que se abría bajo sus pies. Cada saludo, cada cumplido, representaba un recordatorio cruel de la mentira que la envolvía, mientras las impalpables cadenas que la amarraban a Julián se tensaban un poco más, hasta casi dejarla sin aliento. Y en las noches in­terminables, cuando la casa enmudecía, Carlota solo encon­traba compañía en el eco de su soledad, y en la amarga certe­za de que nadie, salvo Rodolfo, podría devolverle la vida que le habían arrebatado.

***

Un día cualquiera, a mitad de semana, se rompe la monoto­nía y la intuición activa un mal presagio; quizás solo fuese algo intrascendente. Aunque en esa familia, o en lo que queda­ba de ella, ya nada fuera intrascendente.

A Carlota le sorprendió encontrar tres servicios en la mesa cuando entró en el comedor a la hora del almuerzo. Desde que regresó a casa eran pocas las veces que había compartido mesa con Julián, pero ese día el mayordomo le comunicó que era deseo del marqués que se uniera a él para comer. Como no tenía ganas de añadir más discusiones a la tirantez que se había instalado en aquel hogar, accedió. Pero le extrañó que hubiera invitado a alguien.

Una extrañeza que pronto se convirtió en repulsión al constatar que el invitado no era otro que don Gregorio, el amigo más estrecho de su esposo, con quien tenía negocios y una confianza que a ella siempre le había parecido excesiva. No era un hombre precisamente de su agrado, y menos aún después del lamentable episodio que sufrió cuando, al poco de la boda, el tipo, en estado ebrio, intentó propasarse aco­rralándola en un rincón solitario durante el baile de carnaval del Teatro Real, uno de los eventos sociales más celebrados de la capital. Logró zafarse de sus asquerosas garras escabu­lléndose entre las máscaras de un grupo que, como enviados del destino, irrumpió por sorpresa. Las posteriores amenazas de don Gregorio la decidieron a no contárselo a Julián, cre­yendo que así evitaría un conflicto que podría haber interfe­rido en la entonces pacífica convivencia y posiblemente tam­bién un escándalo social si alguien llegara a enterarse de lo sucedido. Pero el amigo del marqués no era un hombre que olvidara. Tampoco que tuviera escrúpulos, porque poco le importó su amistad con el marido en el momento en el que se le ocurrió forzar a Carlota. Desde entonces, la consideraba un codiciado trofeo que se le había resistido.

La joven marquesa recelaba de su presencia en su casa ese día, justo en una de las escasas ocasiones en las que Julián y ella iban a comer juntos. Además, albergaba la sospecha de que don Gregorio había tenido mucho que ver en la decisión de su marido de ingresarla en la Casa del Pecado Mortal.

—Me alegro de verla, Carlota. —Le besó la mano con falsa cortesía.

—Dudo de que sea así.

—Pues se equivoca, siempre es una bendición cualquier ocasión que se presente de ver a una joven dama como usted.

—Pues fíjese que habría jurado que preferiría que siguiera encerrada.

—¿Encerrada? —fingió don Gregorio—. Me sorprende que diga eso. Tenía entendido que había viajado para atender a su tía enferma. ¿Ya se ha recuperado...? Espero que así sea.

En ese momento irrumpió Julián. Ambos amigos se abraza­ron efusivamente. La comida discurrió entre el silencio de Car­lota y las absurdas risotadas de los hombres, que dejaban a la vista el entendimiento y la complicidad que existía entre ellos.

Sin embargo, a los postres...

—Querido Julián, deberíamos darle vueltas a la idea de retomar nuestra participación en el negocio de los vinos. Que la experiencia con Valderroca resultara fallida no supone que debamos renunciar de por vida.

Al escuchar aquel nombre, Carlota fue recorrida por un latigazo; un calambrazo que la abrasó desde la cabeza a los pies. Con el semblante demudado, tuvo que realizar grandes esfuerzos por mantenerse sentada y no salir corriendo, que era lo que deseaba hacer.

—Aunque al final no saliera bien no significa que no fuera interesante mientras duró —insistió don Gregorio—, cómo íbamos a saber que Valderroca no era de fiar. —Hablaba a Ju­lián pero mirando a Carlota, a quien se le clavó aquella sonrisa como una puñalada en el estómago—. ¿No te parece, amigo?

—En efecto —respondió el marqués—, la experiencia fue mucho más que interesante...

Su esposa ya tenía suficiente, no estaba dispuesta a seguir soportando una conversación incómoda que, a todas luces, estaba dirigida, urdida, contra ella. Se excusó de mala gana y sin aguardar a que los caballeros se levantaran para despe­ dirla desapareció de la estancia.

De la misma manera que no pensaba arrepentirse, tampo­ co estaba dispuesta a perdonar.