Juanita Pérez
Publicada

En la rígida sociedad victoriana, la sexualidad femenina era un territorio inexistente en el debate público hasta que una mujer, armada con el rigor de la ciencia y la valentía de quien no tiene nada que perder, decidió explorar ese terreno.

Marie Stopes no sólo fue una de las mentes más brillantes en el campo de los fósiles vegetales; fue la arquitecta de una de las mayores libertades civiles del siglo XX: el derecho al placer y a la planificación familiar.

Nacida en Edimburgo en 1880, no encajaba en el molde de la joven sumisa de su época.

Hija de un arquitecto y una académica experta en Shakespeare, creció en un ambiente intelectual que la impulsó a convertirse en la primera académica en la Universidad de Manchester.

Sin embargo, su mayor revolución no vendría de las rocas y los restos de carbón que estudiaba con maestría, sino de una vivencia personal traumática que la llevó a cuestionar por qué la sociedad condenaba a las mujeres a la ignorancia biológica.

La carrera científica de Stopes fue meteórica. Logró un doctorado en botánica en un año en Múnich y se convirtió en una autoridad mundial en paleobotánica.

Pero su vida dio un giro radical cuando un matrimonio fallido y no consumado que duró cinco años, la llevó a descubrir con asombro que no sabía nada sobre el sexo o la reproducción.

La científica, en una imagen de archivo. Getty

Esa frustración personal la impulsó a investigar. Se sumergió en la biblioteca del Museo Británico para estudiar todo lo que pudiese sobre anatomía y sexualidad.

El resultado de su inmersión en el tema fue un libro que sacudiría los cimientos de la moral británica: Married Love (Amor conyugal), publicado en 1918.

En sus páginas, Marie hablaba de algo revolucionario: el deseo femenino no era una anomalía, sino una parte esencial de una pareja saludable.

Defendía que las relaciones íntimas debían ser una fuente de alegría mutua y no un simple deber reproductivo.

El éxito fue arrollador; las mujeres le escribían por miles buscando consejo, consuelo y, sobre todo, soluciones.

Esta pionera comprendió pronto que el placer era imposible si estaba ligado al pánico de un embarazo no deseado, especialmente entre las clases trabajadoras, donde la falta de recursos condenaba a las madres a una vida de precariedad y mala salud.

Así, en 1921, abrió en un barrio pobre de Londres la Clínica para Madres, la primera de control de natalidad en el Imperio Británico.

Su primera clínica para el control de la natalidad, en Londres. Wikicommons.

Su enfoque se basó netamente en lo científico y social. No solo ofrecía anticonceptivos —como el capuchón cervical que ella misma ayudó a perfeccionar—, sino que proporcionaba educación gratuita sobre higiene reproductiva.

Su lema era claro: "Niños deseados", concebidos con amor y salud, y no por accidente. Para ella, el control de la natalidad era la herramienta definitiva para la liberación femenina, permitiendo que la maternidad fuera una elección y no un destino inevitable.

Su labor se vio enfrentada a una ola de odio por parte de la Iglesia y los sectores más conservadores quienes la acusaron de inmoralidad y de fomentar la promiscuidad.

Fue víctima de ataques personales y demandas judiciales que buscaban cerrar sus clínicas. El enfrentamiento más sonado fue con el médico católico Halliday Sutherland, a quien Marie demandó por calumnia.

Aunque al inicio perdió la batalla legal, el juicio sirvió para que el control de la natalidad se convirtiera en un tema de conversación nacional.

Marie Stopes se convirtió en una figura polarizante, pero también en una heroína para las clases populares. Su clínica móvil recorría las zonas mineras y obreras, llevando información allí donde el sistema médico oficial se negaba a entrar.

Ella entendía que la ciencia debía estar al servicio de la gente, y que el cuerpo femenino era el último frente de la soberanía personal.

Falleció en 1958, pero el recorrido que inició ya era imparable. Sus centros médicos se convirtieron en una red global de salud reproductiva que sigue operando bajo su nombre en muchos países.

Hoy, cuando hablamos de derechos reproductivos, placer consentido y salud sexual, estamos recordando el camino que ella despejó con valentía y obstinación.