Juanita Pérez
Publicada

El 18 de junio de 1983, el transbordador espacial Challenger despegó desde la plataforma de lanzamiento del Centro Espacial Kennedy, en su interior, una mujer de 32 años hacía historia.

No era la primera mujer en ir al espacio —ese honor pertenecía a las soviéticas Valentina Tereshkova y Svetlana Savitskaya—, pero para toda una generación de mujeres occidentales, Sally Ride se convirtió en el símbolo de que el cielo ya no tenía límites.

Nacida el 26 de mayo de 1951 en Encino, California, Sally Ride no encajaba en los moldes tradicionales de su época. Antes de soñar con naves espaciales, sus sueños estaban en las pistas de tenis.

Llegó a ser una jugadora de élite a nivel nacional, dicha disciplina le otorgó tenacidad y enfoque, aptitudes que más tarde aplicaría en la NASA. Sin embargo, su curiosidad por el funcionamiento del universo fue más fuerte que su revés.

Se matriculó en la Universidad de Stanford, donde obtuvo títulos en Inglés y Física. No se detuvo ahí: continuó sus estudios hasta doctorarse en astrofísica, especializándose en la interacción de los rayos X con el medio interestelar.

En 1977, mientras terminaba su doctorado, un anuncio en el periódico estudiantil cambió su trayectoria: la NASA buscaba, por primera vez en su historia, civiles y mujeres para su programa de astronautas.

La astrofísica en una foto de archivo. DR

Sally Ride fue una de las 8.000 personas que respondieron a aquel anuncio. Tras un riguroso proceso de selección, fue elegida como una de las seis mujeres que formaron parte de la promoción de 1978.

Su preparación fue exhaustiva: aprendió a volar en aviones de combate, se entrenó en técnicas de supervivencia en el agua y paracaidismo, y se convirtió en una experta en el manejo del brazo robótico del transbordador.

A pesar de su sobresaliente participación, previo a su histórico vuelo, tuvo que enfrentarse a una prensa que, le hacía preguntas que hoy resultarían impensables: "¿Afectará el viaje a tus órganos reproductores?", "¿lloras cuando las cosas salen mal en el trabajo?" o "¿llevarás maquillaje en el espacio?".

Sally, con la calma que la caracterizaba, respondía con humor y firmeza, dejando claro que ella no era una "mujer astronauta", sino una especialista de misión preparada para el trabajo más exigente del mundo.

Durante su histórica misión de seis días, la STS-7, Ride desempeñó un papel crucial. Como especialista de la misión, entre sus labores operó el brazo robótico diseñado por Canadá para desplegar y recuperar un satélite de comunicaciones, siendo la primera persona en realizar una maniobra de este tipo en el espacio.

Repitió la experiencia en 1984, en la misión STS-41G, acumulando un total de más de 343 horas en el espacio. Estaba previsto un tercer vuelo, pero la tragedia del Challenger en 1986. Fallecieron siete tripulantes 73 segundos después del despegue- detuvo el programa de transbordadores.

Sally fue nombrada miembro de la Comisión Presidencial que investigó el accidente, donde aportó una visión técnica y crítica muy importante para entender los fallos de seguridad que llevaron al desastre.

Sally a bordo del transbordador espacial Challenger durante la misión STS-7. DR

Dejó la NASA en 1987, pero Ride decidió que su misión no había terminado, simplemente había cambiado. Se decantó por la educación y se convirtió en profesora de física en la Universidad de California donde comenzó a dedicar sus esfuerzos a fomentar las vocaciones científicas entre los más jóvenes, especialmente entre las niñas.

En 2001, fundó su propia empresa, Sally Ride Science, con el objetivo de crear programas educativos y libros que presentaran la ciencia como algo emocionante y accesible.

La astrofísica detectó que el desinterés de las niñas por las áreas de las ciencias, tecnologías, ingenierías y matemáticas no era una falta de capacidad, sino de referentes y de apoyo social.

Motivo por el cual escribió siete libros de ciencia para niños con el fin de alimentar esa curiosidad que ella misma sintió de pequeña.

Falleció el 23 de julio de 2012 a los 61 años, tras la lucha contra el cáncer de páncreas. Solo después de su muerte, a través de su obituario, el mundo supo que había compartido los últimos 27 años de su vida con su pareja, la psicóloga Tam O'Shaughnessy.

Esta revelación la convirtió en la primera astronauta perteneciente a la comunidad LGTBIQ+, añadiendo otra capa de significado a su ya inmenso legado. Fiel a su personalidad reservada, prefirió que su trabajo y su pasión por la educación científica hablaran por ella durante toda su vida.

Hoy, su nombre no solo bautiza cráteres en la Luna o buques de investigación, sino que resuena en cada niña que mira un telescopio y sabe que, si Sally llegó a las estrellas, ella también puede hacerlo.