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Durante los últimos años, el minimalismo de los armarios venía construido con escuadra y cartabón, como esas tareas obligatorias de la clase de plástica que a más de una —o al menos a mí— le hacían perder la cabeza. La estética, más que a algo escultórico y con fundamento, recordaba a la adorada producción en cadena que ideó Henry Ford.

Los ases en la manga de este estilo —o de su penúltima, y a la par enésima, interpretación— han sido las líneas limpias, los colores neutros, la ausencia de adornos exuberantes y una paleta sin apenas acentos cromáticos reducida al blanco, negro, gris y beis.

Y debido al contexto político, económico y social del momento, esta propuesta se convirtió en sinónimo de vestir bien. Para ello, había que deshacerse de estampados, excesos, logos y ornamentos. Es decir, había que acabar con la personalidad.

Por supuesto, todo esto tuvo su eco en la belleza, donde el clean look y el no makeup makeup aún resuenan con fuerza mientras el maximalismo se hace valer.

Sin embargo, a día de hoy, y tras analizar con buen ojo las propuestas de pasarela de cara a la temporada otoño-invierno 2026, la estética regresa, pero lo hace con otros códigos. Unos que, de verdad, quieren decir algo, tal y como demuestra firmas como Toteme, Prada, Jil Sander o Alaïa.

De nombre, New, y de apellido, Minimal. Así se ha bautizado a esta reinterpretación de la corriente actualiza esta idea depurada de la mano de la sensualidad y rompiendo las estructuras lógicas y la rigidez.

Los salones destalonados de H&M están rebajados (antes 39,99 €). Cristina Sobrino

Las referencias que hasta el momento habían estado más presentes eran, sin duda, las de los años 90. Desde Narciso Rodriguez hasta Calvin Klein pasando, por supuesto, por Helmut Lang o Jil Sander.

Lo que sucede ahora, es que todo eso se toma como herencia a la par que se introducen texturas, movimiento, dinamismo y cierta imperfección.

En este momento, nos interesa más el recogido que se pueda hacer en el pelo la actriz Mika Abdalla —que acaba de desfilar en Le Défilé de L’Oréal Paris— que una melena en la que no haya un sólo pelo que no ocupe su sitio.

Aunque en la década de los 90 el minimalismo afloró como respuesta al exceso de los 80, la recesión de la época, el auge del lujo discreto y los movimientos culturales y urbanos de entonces, cuando volvió hace unos años perdió su fuerza, no se resignificó a pesar de que el contexto era similar.

Todo esto desembocó en una anulación de la personalidad de quien viste las prendas, que más que eso, simplemente las lleva de serie, porque no puede salir sin ellas a la calle. Hay mensajero, pero no hay mensaje, sólo fotocopias que no dicen nada.

Lleva la cazadora abierta para que el 'tank top' aporte un punto de luz al rostro. Cristina Sobrino

Ahora la ropa minimalista quiere convertirse en una extensión de aquel que la porta. Habla del momento, pero también de la persona, que sale de su silencio sartorial.

Este cambio se percibe especialmente en las siluetas. El nuevo minimalismo aparece en pantalones rectos o ligeramente amplios —mención de honor aquí a los barrel— camisas de corte impecable, americanas que pierden su forma, vestidos de líneas sencillas y falda que entran al juego de la insinuación.

Las proporciones resultan clave y, en este caso, se traduce en el contraste: algo más ceñido junto a algo más amplio; una parte inferior larga con un jersey fino; o, la combinación favorita de Hailey Bieber, una chaqueta masculina, con un minivestido, ahora sí, de inspiración noventera.

El secreto está en ser funambulistas sobre la fina línea del equilibrio.

La relación con el color también habla otro idioma. Y aunque el negro siga siendo una piedra angular de este nuevo código, comparte protagonismo en looks con el blanco roto, el crema, el marrón chocolate, el gris piedra, el azul —en sus múltiples sombras—, el camel o el rojo, que se pasea entre el burdeos y las tonalidades más vibrantes, que afloran en materiales como el cuero o el charol.

La camisa, si puede ser 'oversize', mejor que mejor. Deja la parte de arriba desabrochada para que se aprecio el top rojo debajo. Cristina Sobrino

En este momento el partido no se juega con una paleta de neutros, sino con una que permita combinarlo todo sin apenas esfuerzo y que, una vez más, ponga el acento que señale a quien lleva determinada prenda o accesorio.

Esto abre también la puerta a construir un armario más inteligente, ya que, probablemente, el vestidor esté plagado de básicos que sólo necesiten elevarse un poco con unas notas algo más discordantes.

Otra de las grandes bazas llega de la mano de los tejidos y las texturas. El new minimal es sensorial: desde la suavidad del punto fino, hasta el brillo sensual del satén, la caída de la seda o la estructura y comodidad de la lana fría. Puede que los estampados sigan sin estar muy presentes en la ecuación, pero este elemento les toma el relevo.

Este concepto que regresa aparece como algo más que una antítesis al maximalismo galopante —más que bienvenido sea—, ya que tiene mucho que ver por el giro de consumo que, en parte, se está dando: menos piezas, mejores materiales, upcycling y compras de segunda mano o adquisiciones en armarios de tías, madres y primas mayores.

Así surge también una especie de oposición a la inmediatez, buscando ese equilibrio entre la necesidad de vender de las grandes firmas y de no perder su esencia en el camino de esa misión.

A simple vista, vuelve el menos más —o al menos convive con el resto de tendencias—, pero el mensaje tiene mucho más recorrido ahora que hace cinco años.