Biker oversize de cuero, falda lápiz a juego, zapatos con un tacón de aguja vertiginoso, pendientes de perlas barrocos y una camisa blanca con puños almidonados y una lazada mayúscula. 45 centímetros de ancho, para ser exactos.
El look con el que Anthony Vaccarello abrió el desfile de SS26 de Saint Laurent en octubre es seguramente el mejor resumen visual del cambio de tornas que atañe a un elemento sartorial que, se quiera o no, no está exento de polémica. Y menos en una sociedad en la que el concepto de feminidad es tan polarizado como polarizante.
“En un momento en el que el diálogo se desvanece, el estilo se convierte en una forma de discurso. Este desfile reafirma que la ropa es un argumento visual y simbólico”, se leía en las notas de la presentación. "La estética se transforma en un lenguaje de resistencia, respeto e inclusión".
Elegir el lazo –que protagonizó 10 de las 50 salidas del show– como uno de los elementos con los que ejercer esa prerrogativa fashion no es ni mucho menos casualidad.
El subtexto era ineludible en una colección que oscilaba entre la sexualidad de Helmut Newton, la pompa de Escarlata O’Hara y el exceso de Alexis Carrington, y estaba inspirada en realidad, confirmaba Vaccarello, en la indumentaria de los homosexuales que en los 70 frecuentaban las Tullerías para ligar.
"El lazo es uno de los recursos más antiguos y, al mismo tiempo, más contemporáneos del lenguaje de la moda", dice el diseñador Juan Vidal. "Es una forma de comunicar. Puede expresar inocencia, contención o deseo; incluso lo relaciono con el bondage".
"Su sentido depende de cómo y dónde se coloque, de su proporción, de su intención. A veces engalana, a veces ata. Pero siempre tiene una carga emocional sumada a lo visual. En la actualidad, me interesa cómo puede resignificarse", añade.
Uno de los diseños de la colección Bridal de Juan Vidal.
Que sea un detalle recurrente en su ajuar responde a esa multiplicidad. "En mis colecciones, ha estado presente de muchas maneras", aclara. Suspendido en un hombro, como a punto de deshacerse, atando mangas, definiendo la silueta... Pero nunca como mero ornamento.
"No lo uso como adorno, sino como elemento constructivo, emocional y funcional. Si hablamos de practicidad, los prefiero a los botones", sostiene. Ni la suya ni la de Saint Laurent son, ni mucho menos, las únicas apologías sartoriales recientes del lazo.
En las colecciones de este otoño/invierno, Chanel los borda en cuellos, les da forma de bolso y decora plumíferos. Loewe los incorpora en chaquetas de cuero. Valentino da forma a corpiños, cierra abrigos y decora desde bajos hasta puños.
Desfile de la colección Otoño-Invierno 2025/2026 de Chanel.
Mientras tanto, Acne Studios los teje en jerséis de lana, los hace pendientes y moldea chokers de gasa con cascabel incluido en una referencia al pussy bow, que vendría a traducirse por ‘lazo de gatita’.
Una prenda cargada de polémica desde que Melania Trump llevó una al segundo debate presidencial de 2016 y la prensa especializada vio en el gesto una indirecta a las cintas que The Washington Post destapó en 2005 donde se escuchaba a su marido usar la palabra en el ya infame "grab them by their pussy".
En las de la próxima primavera-verano 2026 la presencia de blusas lavallière –esas que Louise de La Vallière popularizó en la corte de Louis XIV y se identifican por una lazada al cuello que, dicen ahora las pasarelas, cuanto más grande mejor, han subido un 53% según la consultora Heuritech.
Están en Valentino, Ralph Lauren, Carolina Herrera, Chloé o Zimmermann. En Prada y Erdem ciñen cinturas y decoran zapatos. En Sandy Liang cubren vestidos de la cabeza a los pies. En Dior los moldean y reinventan la chaqueta Bar. Incluso en el desfile de hombre fueron omnipresentes en pajaritas y cuellos dieciochescos.
"¿Cómo hemos de leer el regreso de este elemento decimonónico, asociado con frecuencia a una feminidad ya caduca y superada, en pleno siglo XXI?", plantea Federico Antelo, director de la Escuela de Moda del IED Madrid. Este ámbito siempre hila con el contexto, y esta ocasión no es una excepción.
"Yo decido hacerlo con optimismo", defiende el académico. "Me explico: que ciertos estereotipos acerca de lo femenino, o de la mujer, estén finalmente superados, abre la puerta hacia nuevas interpretaciones y despoja a estos elementos de aquella carga simbólica y de connotaciones trasnochadas", detalla.
La lectura es compartida. "Lo fascinante del lazo, tradicionalmente un símbolo de feminidad romántica, en las colecciones de primavera-verano 2026 es que se reinterpreta de formas mucho más complejas y expresivas", apunta Tiffany Hsu, jefa de compras de Mytheresa.
Del contraste con la sastrería de los de Saint Laurent a lo poético de los de Simone Rocha, "todo gira en torno a reinventarlo como algo multifacético, audaz y moderno", sostiene.
Desfile de primavera 2026 de Saint Laurent en la Semana de la Moda de París.
"Cuando aparece en una prenda, ya no es necesariamente un signo de dulzura: puede ser una forma de ironía, una provocación o un comentario sobre el propio concepto de lo femenino", dice Vidal. Por esos derroteros van muchas de las nuevas acepciones.
"En un mundo patriarcal que devalúa lo que se asocia a la mujer, cualquier cosa que se regodee en los placeres de la feminidad es un punto de resistencia”, apunta Victoria Cann, profesora de políticas de género en la Universidad de East Anglia y autora de Girls Like This: Boys Like That.
"Creo que el lazo persiste porque representa algo profundamente humano: el deseo de unión", dice Vidal. "Atar, sujetar… son gestos universales. En la moda, eso se traduce en un lenguaje visual que puede ser tierno o inquietante. Me gusta moverme en ese territorio ambiguo, donde este detalle deja de ser un adorno para convertirse en una emoción", destaca.
Lo puso en negro sobre blanco Simon May cuando, en 2019, vio venir las tornas y escribió El poder de lo cuqui (Alpha Decay): 176 páginas dedicadas a las razones del magnetismo que ejerce lo que habitualmente se ve como mono, inocente y amable cuando se tergiversa.
"Esa subversión de los lindes –entre lo frágil y lo resiliente, lo tranquilizador y lo inquietante, lo ingenuo y lo deliberado–, cuando se presenta en el lenguaje frívolo y juguetón de lo cuqui, es la clave de su inmensa popularidad", escribe el autor.
"Ponen en duda las distinciones rígidas que solemos asumir entre lo poderoso y lo impotente. Esa es parte de su fascinación", concreta. Podía parecer que la fiebre de lo coquette que en 2023 inundó de rosa, perlas y frufrú el vestidor habría agotado las ganas de estas ataduras. Nada más lejos de la realidad.
En lo que TikTok ya espolea como “el año del lazo”, las visualizaciones de cualquier cosa con ellos –estilismos, manicuras, peinados, árboles de Navidad– llegan a los 10.200 millones en la plataforma. Miu Miu agota sus horquillas con el susodicho adorno, a 410 euros la pieza. Y la nueva tendencia en boga en Pinterest es el bow stacking.
2026 mantiene vigente la premisa de abrazar una feminidad flagrante. Pero adopta una nueva dimensión, en sentido literal y figurado. Estos elementos se han convertido en mucho más que mero ornamento.
Presentación de la colección Femenina Primavera/Verano 2026 de Louis Vuitton.
Son la expresión de un movimiento social para el que el empoderamiento no pasa por ponerse a un lado u otro de los clichés de género –el azul es para ellos, el rosa para ellas–, sino por desestigmatizar símbolos atados a la definición performativa de lo asociado a la mujer y dotarlos de nuevos significados, menos ligados al género y más a la individualidad.
"El lazo ya no es ñoño. Es reivindicativo. Es un símbolo de haber entendido muchas cosas", sentencia Antelo.
