Hay trabajos que llevan décadas formando parte de la vida cotidiana y que, pese a ser imprescindibles, todavía se perciben como empleos de segunda categoría. La limpieza es uno de ellos: una actividad indispensable pero que continúa arrastrando salarios bajos, prejuicios y condiciones laborales que no siempre se corresponden con la responsabilidad que implica.
La situación no afecta únicamente a quienes trabajan contratadas por una empresa, sino que también quienes ofrecen sus servicios por cuenta propia se encuentran con clientes que cuestionan sus tarifas, miden cada minuto de la jornada o dan por hecho que una limpiadora puede asumir cualquier tarea que aparezca durante el servicio.
Es el caso de Cristina Simón, limpiadora a domicilio y creadora de contenido, que utiliza sus redes sociales para contar algunas de las situaciones que encuentra durante su trabajo. Su testimonio permite poner el foco en una realidad que todavía pasa desapercibida y en la forma en la que algunas personas siguen entendiendo este trabajo.
Una profesión que todavía arrastra prejuicios
Cristina pone el foco en una cuestión que suele quedar fuera cuando se habla de limpieza a domicilio: el trabajo no termina en el resultado que ve el cliente. Detrás de una vivienda limpia hay horas de esfuerzo físico, organización y conocimientos que determinan cuánto tiempo necesita cada tarea y cómo debe realizarse.
No todas las casas requieren el mismo trabajo ni se encuentran en las mismas condiciones. Una limpieza de mantenimiento no tiene nada que ver con una limpieza a fondo, del mismo modo que tampoco exige el mismo tiempo una vivienda pequeña que una casa de grandes dimensiones.
La profesional debe valorar las superficies, elegir los productos adecuados y establecer un orden para completar el servicio dentro de las horas contratadas.
Por eso Cristina insiste en que la rapidez no puede ser el único criterio para valorar su trabajo. "No soy lenta, las cosas llevan su tiempo", explica.
Una jornada puede incluir horas de pie, desplazamientos constantes por la vivienda, movimientos repetitivos o tareas realizadas en posiciones incómodas, como limpiar suelos de rodillas.
A esa carga física se suma la presión de terminar dentro de un tiempo determinado, incluso cuando las condiciones de la vivienda hacen difícil cumplirlo.
"No sé hacer una casa de 180 metros en tres horas", señala Cristina. Para ella, establecer un tiempo razonable no significa trabajar más despacio, sino calcular de forma realista qué puede hacerse durante una jornada.
Ese planteamiento puede terminar provocando que la profesional tenga que elegir entre cumplir unas expectativas imposibles o trabajar a una velocidad que perjudique el resultado y sus propias condiciones laborales. "No tengo superpoderes", insiste.
La infravaloración del trabajo también aparece en la forma en la que algunas personas se dirigen a quienes lo realizan. "Todavía hay personas que se refieren a mí como 'la chacha'", cuenta.
Para ella, no se trata simplemente de una palabra desagradable, sino de una expresión que refleja una determinada manera de entender esta profesión.
Durante generaciones, la limpieza de la vivienda y los cuidados estuvieron ligados al trabajo no remunerado realizado dentro de las familias, principalmente por mujeres. Cuando estas tareas comenzaron a convertirse en una actividad profesional remunerada, parte de esa consideración se trasladó al mercado laboral.
Por ese motivo, la idea de que quien limpia una casa está allí para hacer "lo que haga falta" todavía aparece en determinadas relaciones entre clientes y trabajadoras.
"Soy limpiadora, no soy niñera, ni jardinera, ni cocinera", explica la joven. La contratación para limpiar una vivienda no significa que la profesional tenga que asumir automáticamente cualquier otra necesidad que surja durante la jornada.
Aunque la diferencia sea evidente, la realidad es que no siempre se respeta. Una persona puede contratar unas horas de limpieza y, una vez que la trabajadora está en casa, pedirle que cuide a los niños, prepare la comida, ordene el jardín o realice otras tareas que no formaban parte del servicio acordado.
El problema no está únicamente en la cantidad de trabajo, sino también en la consideración que recibe quien lo realiza. Cuando se percibe a la trabajadora como alguien que está al servicio de la familia y que debe aceptar cualquier petición, resulta más sencillo infravalorar su tiempo, sus conocimientos y también el precio de su trabajo.
Son precisamente todas estas circunstancias las que hacen que el trabajo de las limpiadoras no solo siga estando poco valorado, sino que tampoco siempre se compense económicamente de acuerdo con el esfuerzo que requiere. "A veces me ofrecen 10 euros la hora y se piensan que me hacen un favor", confiesa.
Además, Cristina también enfatiza en cómo el tiempo también forma parte del trabajo. "Aunque algunos no lo sepan, tengo un horario. No me pidas tareas nuevas cuando me tengo que marchar".
La jornada laboral no desaparece porque el trabajo se desarrolle dentro de una vivienda. Tampoco desaparecen los periodos de descanso, las vacaciones o el derecho a no acudir a trabajar cuando existe una situación que lo impide. "También tengo derecho a irme de vacaciones o a ponerme enferma", recuerda Cristina.
