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Hay trabajos en los que todavía sorprende ver a una mujer con un casco, una caja de herramientas o al frente de una obra. No porque ellas no puedan desempeñarlos, sino porque durante décadas se han considerado oficios masculinos.

Verónica Cano, Jacqueline Galvis y Laura Baquero conocen bien esa realidad. Sus historias son diferentes, pero comparten una misma experiencia: tener que demostrar en numerosas ocasiones que saben hacer su trabajo.

Verónica, madrileña de 39 años, es oficial de albañilería desde hace seis años y actualmente también se forma como electricista. Recuerda que una de las situaciones que más se repite cuando llega a una obra es que los clientes se dirijan a sus compañeros.

"Cuando entramos mis compañeros y yo siempre les hablan a ellos, a pesar de ser yo la jefa. Son ellos quienes les dejan claro que soy la oficial. Se quedan a cuadros", cuenta.

No llegó a la construcción de forma convencional. De adolescente acompañaba a su madre a limpiar viviendas de nueva construcción y se quedaba observando a fontaneros, carpinteros o profesionales que instalaban los suelos.

Demostrar más

Aquella curiosidad terminó convirtiéndose en una vocación. Durante años realizó pequeñas reformas para familiares y amigos hasta que decidió abandonar su anterior profesión y dedicarse a la construcción.

Verónica, desde entonces, ha tenido que enfrentarse al prejuicio habitual de ser una mujer y "no poder" realizar determinados trabajos físicos.

"Creen que por ser mujer soy más débil, que no puedo cargar peso, subir material o bajar escombros. Siempre dudan", explica. También sus propuestas profesionales, asegura, han sido cuestionadas inicialmente por el simple hecho de proceder de ella.

Jacqueline Galvis llegó a Madrid desde Colombia con más de dos décadas de experiencia en la construcción. Tiene 46 años y comenzó a trabajar en este sector siguiendo una vocación familiar: su abuelo era arquitecto.

En España se encontró con una realidad diferente a la que conocía en Colombia. "Como aquí apenas hay mujeres trabajando en los andamios, cada vez que me ven se sorprenden. Me siento de otro planeta y eso es machista", relata.

Para ella, la cuestión no debería estar relacionada con la fuerza física ni con el género, sino con la capacidad para realizar un trabajo. Sin embargo, asegura que durante su trayectoria ha tenido que demostrar constantemente que estaba preparada.

"Siempre me ha tocado demostrar más, hasta el punto de tener que alcanzar la fuerza de mis compañeros", afirma.

Galvis también ha vivido situaciones de acoso sexual y reconoce que algunas experiencias llegaron a hacer que abandonara determinados empleos. Aun así, asegura que ha aprendido a no tener miedo.

"Ya no lo tengo. Sé lo que soy y hasta dónde llego", afirma. Su mensaje para otras mujeres interesadas en estos oficios es directo: "Ni este ni ningún trabajo son una cuestión de género. Basta ya de quitarnos oportunidades".

Se necesitan mujeres

Para Laura Baquero, arquitecta y fundadora de Ella Construye, el problema empieza mucho antes de que una mujer llegue a una obra.

"Desde pequeñas, a las mujeres nunca se nos orienta hacia lo técnico o manual. No es una cuestión de capacidad, sino de socialización", explica.

Su organización nació en 2017 precisamente con el objetivo de formar a mujeres y facilitar su entrada en un sector que necesita profesionales. La contradicción, señala, es evidente: existe una elevada demanda de trabajadores y, al mismo tiempo, la presencia femenina continúa siendo reducida.

Baquero considera que una de las principales barreras es la falta de referentes. "Si nunca has visto a una jefa de obra o a una fontanera, es más difícil imaginarte en ese lugar", sostiene.

Verónica también cree que hacen falta más mujeres en las obras para que su presencia deje de ser una excepción. «Hay que erradicar esta masculinidad en la obra y dejar que las mujeres ocupen parte del espacio», reivindica.

No pide un trato diferente, sino la posibilidad de demostrar lo que sabe hacer. "Es una profesión muy bonita", afirma. Y añade una razón más para abrir las puertas a las mujeres, ya que la construcción afronta también un importante problema de relevo generacional.