Hay trabajos que durante años parecían destinados a desaparecer y que, sin embargo, siguen siendo imprescindibles. La construcción es uno de ellos: mientras las ciudades no dejan de crecer y las casas necesitan reformas, cada vez resulta más difícil encontrar a personas que quieran aprender los oficios que hay detrás de cada obra.
Albañiles, soldadores, alicatadores o instaladores acumulan conocimientos que no se aprenden de un día para otro. Son profesiones que requieren práctica, esfuerzo y muchas horas sobre el terreno, pero que hoy tienen que competir con otras opciones laborales que resultan más atractivas para buena parte de los jóvenes.
Cristina, más conocida como Kiki eligió ese camino hace dos décadas, cuando todavía era mucho menos habitual encontrar mujeres en una obra. Desde entonces ha aprendido distintos oficios dentro del sector y ha visto cómo han cambiado las cosas, pero también cómo uno de sus grandes problemas permanece: la falta de interés en el oficio.
"Por ser mujer no te dejaban entrar en la obra"
Para entender la visión de Kiki hay que remontarse a sus comienzos. Tenía alrededor de 23 años cuando decidió que quería dedicarse profesionalmente a la construcción, aunque no contaba con antecedentes familiares que la acercaran al sector.
Lo suyo, asegura, fue una cuestión de vocación y de curiosidad por aprender un oficio que desde el principio le llamó la atención.
"Yo no tengo a nadie en mi familia que sea albañil. Quería aprender como fuera", explica Kiki en una entrevista a este medio. Para conseguirlo, encontró una escuela en la que pasó dos años formándose hasta convertirse en oficial de construcción.
El problema llegó después, cuando tuvo que enfrentarse a la realidad de buscar trabajo en las obras.
"Esto no es un trabajo normal. Es llegar a la obra, pedir trabajo y, si necesitan profesionales, te llaman", recuerda. Su juventud y el hecho de ser mujer jugaron en su contra en una época en la que la presencia femenina en los tajos era todavía mucho más excepcional que ahora.
"Hace 20 años, en el país en el que estamos, por ser mujer no te dejaban entrar en la obra, pero eso con los años ha cambiado", cuenta Kiki.
Su estrategia fue empezar poco a poco. Trabajó para amigos y familiares, fue acumulando experiencia y consiguió demostrar que sabía hacer el trabajo.
Aquellos primeros encargos terminaron convirtiéndose en una carta de presentación que le permitió acceder a nuevas oportunidades y hacerse un hueco en un sector en el que entonces apenas había mujeres.
La evolución de las cifras confirma que algo ha cambiado, aunque el avance sigue siendo lento. En 2023, las mujeres representaban el 11,2% de las personas trabajadoras de la construcción, frente al 7,6% de 2008.
Y la presencia femenina ha continuado aumentando: en 2025 alcanzó el 11,5% del total de personas afiliadas al sector, el porcentaje más alto desde 2014.
Eso sí, el dato también deja clara la dimensión del desequilibrio. Incluso con el crecimiento de los últimos años, aproximadamente nueve de cada diez trabajadores del sector siguen siendo hombres. Y Kiki distingue además entre estar dentro de la construcción y hacerlo directamente en la obra.
"En los últimos años he visto más mujeres en construcción como arquitectas o de prevención de riesgos, pero de las que se ensucian las manos... muy pocas", explica.
Una profesión que ha tenido que ganarse el sitio
La experiencia de Kiki también muestra que la incorporación de mujeres a la construcción no depende únicamente de que existan oportunidades laborales. También implica romper con una cultura profesional que durante mucho tiempo identificó determinados oficios con los hombres.
Ella misma se ha encontrado con situaciones de este tipo durante sus dos décadas de trayectoria. "Me ha pasado de llegar a alguna obra y que haya algún jefe de obra un poco machista que te hace la vida imposible. No quieren a mujeres en una obra y no entiendo el por qué", relata.
Su respuesta, sin embargo, ha sido seguir trabajando. No plantea su presencia en la obra como una excepción que deba justificarse, sino como una cuestión de capacidad profesional.
"Defiendo la igualdad haciendo el trabajo como un hombre. Soy la única mujer donde hay 50-100 hombres, lo demuestro cada día", afirma.
Para Kiki, esa es también su particular manera de entender el feminismo. Considera que llevar 20 años entrando en obras, aprendiendo oficios y desarrollando una profesión tradicionalmente masculina ha supuesto una forma de abrir camino para otras mujeres que puedan plantearse hacer lo mismo.
Las redes sociales le han permitido comprobar que no es la única. A través de su cuenta de TikTok ha entrado en contacto con otras mujeres que trabajan en la construcción, algunas de ellas fuera de España.
"He conocido a mujeres albañiles de otros países como Perú, Argentina, una de Madrid... hay, pero muy poquitas", explica.
La visibilidad que ha conseguido en internet ha servido, además, para mostrar una realidad que habitualmente permanece lejos de las redes. Kiki enseña su trabajo, las dificultades de la obra y también la satisfacción de terminar un proyecto y comprobar el resultado con sus propias manos.
"La generación nueva es la generación 'nini'"
Aunque la presencia de más mujeres en la construcción es algo que Kiki cree que puede cambiar con el paso de los años, hay otro problema del sector que, a su juicio, va en la dirección contraria.
El relevo generacional le preocupa especialmente, sobre todo porque cada vez ve menos jóvenes interesados en aprender un oficio que requiere tiempo, esfuerzo y experiencia.
"La generación nueva es la generación nini que no quiere nada, ni estudiar ni trabajar", afirma. Es su percepción después de años dentro de la construcción y de comprobar, según explica, que buena parte de los profesionales que permanecen en las obras pertenecen a generaciones anteriores.
Los datos respaldan, al menos, una parte de esta preocupación. Según un estudio de la Universidad Pompeu Fabra, solo uno de cada diez trabajadores de la construcción tiene menos de 30 años.
De acuerdo con los expertos, no todos los jóvenes que descartan la construcción lo hacen por falta de ganas de trabajar. Las condiciones físicas del oficio, los horarios, la percepción social de determinados trabajos manuales y el atractivo de otras opciones profesionales influyen en la decisión.
A ello se suma que durante años se ha presentado la universidad como el camino académico por excelencia, mientras la Formación Profesional y los oficios han tenido que luchar contra ciertos prejuicios.
Kiki, que empezó precisamente aprendiendo un oficio, tiene una visión diferente. Para ella, entrar en la construcción no significa renunciar a formarse, sino aprender una profesión que puede ofrecer trabajo y posibilidades de especialización.
De hecho, su propia trayectoria demuestra hasta qué punto puede ampliarse una carrera profesional dentro del sector.
Aunque se identifica principalmente con la albañilería, también se ha especializado en alicatado y soldadura y ha incorporado otros conocimientos, como la instalación de sistemas fotovoltaicos.
Y ahí está una de las claves que, a su juicio, deberían conocer quienes se plantean entrar en el sector: no necesariamente hay que quedarse en un único oficio. La experiencia permite adquirir nuevas competencias y acceder a trabajos diferentes, algo que ella misma ha hecho durante estos 20 años.
"A día de hoy el trabajo me sobra y tengo para elegir", asegura.
