Hay reformas que durante años se han considerado trabajos asumibles para cualquier propietario y que, sin embargo, cada vez obligan a hacer cuentas más precisas. Renovar una instalación, cambiar una puerta o actualizar un baño ya no tiene el mismo coste que hace una década.
A la subida de los materiales se suma el encarecimiento de la mano de obra y una dificultad que afecta especialmente a los oficios de la construcción: cada vez resulta más complicado encontrar profesionales cualificados. Cuando una obra necesita varios especialistas, cualquier problema en uno de ellos puede terminar afectando al conjunto del proyecto.
El resultado es que reformar una vivienda se ha convertido en una inversión considerable, incluso cuando no se trata de una transformación completa del inmueble. Los profesionales advierten de que el precio final depende tanto de lo que se quiera cambiar como del estado de la vivienda, los materiales escogidos y la complejidad de los trabajos.
El precio de una reforma ya no es el de hace unos años
La evolución de los presupuestos se aprecia especialmente cuando se comparan trabajos que siguen siendo habituales en las viviendas.
Un cambio de instalación eléctrica que antes podía resolverse por unos 2.000 euros puede alcanzar ahora los 6.000 euros, según explican los electricistas, aunque se trata de una referencia que varía considerablemente según las características del inmueble.
En una instalación eléctrica nueva, una referencia actual se sitúa aproximadamente entre 20 y 25 euros por metro cuadrado. Para una vivienda, esto puede traducirse en un desembolso de entre 2.200 y 9.000 euros, dependiendo de la superficie y, sobre todo, de la dificultad de la actuación.
Si además se incorporan elementos de domótica, el presupuesto puede aumentar todavía más.
En pisos de entre 70 y 100 metros cuadrados, por ejemplo, renovar el cuadro eléctrico, los cables y las tomas de luz puede situar el coste medio entre 3.600 y 6.500 euros.
No es lo mismo sustituir una línea que ya existe que tener que crear una nueva desde cero o modificar por completo la distribución de los circuitos.
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A este importe hay que añadir la mano de obra. Las tarifas de los electricistas son variables, pero una referencia habitual se encuentra entre los 30 y 40 euros por hora.
En viviendas antiguas, además, la intervención puede complicarse porque las instalaciones requieren más trabajo para adaptarse a las necesidades actuales.
Cuando una casa tiene varias décadas, renovar la instalación puede exigir alrededor de 1.000 euros adicionales, llegando en determinados casos a presupuestos próximos a los 7.000 euros.
También hay que contemplar el Certificado de Instalación Eléctrica, conocido como boletín eléctrico, cuyo precio medio ronda los 150 euros.
Obras aparentemente más sencillas también se están viendo afectadas por la subida, como el cambio de una bañera a un plato de ducha.
Mientras antes esta intervención podía costar alrededor de 800 euros, ahora un fontanero especializado con más de 25 años de experiencia sitúa actualmente este trabajo por encima de los 1.900 euros en muchos casos.
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La diferencia no se explica únicamente por el plato de ducha. Una reforma de este tipo puede implicar retirar la bañera, preparar el suelo, adaptar las tuberías y el desagüe, impermeabilizar, alicatar, instalar una mampara y colocar una nueva grifería.
Por eso, los precios anunciados desde unos 900 euros no siempre representan lo que terminará pagando el propietario, sino que el coste puede aumentar cuando se incorporan trabajos o materiales que no estaban incluidos inicialmente.
De hecho, los profesionales recomiendan solicitar presupuestos completamente desglosados para conocer qué se está pagando en cada partida.
Los materiales también marcan una diferencia importante. Un plato de ducha cerámico puede resultar más económico que uno de resina mineral, mientras que determinadas mamparas, tratamientos antical, griferías o acabados pueden elevar considerablemente la factura.
Para cambiar una bañera por un plato de ducha, las referencias actuales se mueven aproximadamente entre 900 y 2.300 euros, aunque una reforma de gama media puede acercarse a los 1.900.
Y si el objetivo ya no es modificar únicamente la ducha, sino renovar por completo un baño de cinco o seis metros cuadrados, el presupuesto puede situarse entre 3.500 y 6.000 euros.
Cambiar las puertas también suma miles de euros
Las puertas interiores son otro ejemplo de una reforma que puede parecer secundaria hasta que se calcula el coste de sustituirlas todas.
El precio por unidad ha pasado de rondar los 120 euros hace unos años a superar los 250 euros actualmente, aunque el coste final depende del material, el acabado y la instalación. Las referencias de mercado sitúan ahora el precio aproximadamente entre 150 y 600 euros por puerta.
En una vivienda con seis u ocho puertas, la diferencia se multiplica rápidamente. Renovarlas todas puede suponer entre 1.700 y más de 3.000 euros, especialmente si se opta por modelos lacados, acabados de mayor calidad o herrajes modernos.
Detrás de esta subida se encuentra, entre otros factores, el encarecimiento de la madera y sus derivados, que han aumentado de precio desde 2021 por el coste de la energía, el transporte y las materias primas.
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A ello se suman los herrajes, barnices y otros acabados, que también han elevado el coste final.
Además, colocar una puerta nueva no consiste simplemente en retirar una antigua y poner otra en su lugar. En viviendas con cierta antigüedad puede ser necesario adaptar marcos y premarcos, realizar ajustes y rematar correctamente la instalación, lo que también repercute en la factura.
La falta de profesionales cualificados en oficios como la carpintería ha contribuido igualmente a presionar al alza el coste de estos trabajos, haciendo que una reforma que antes podía resolverse con un presupuesto mucho más ajustado tenga ahora un peso considerable dentro del gasto de una vivienda.
Una reforma integral puede superar los 60.000 euros
Cuando se amplía el alcance y se plantea una reforma integral, las cifras cambian por completo. Para una vivienda de 75 metros cuadrados, la arquitecta Ainara Fernández calcula un presupuesto aproximado de 60.000 euros, aunque la cantidad puede variar según la ubicación, el estado del inmueble y la calidad de los acabados.
Una parte importante del dinero se destina a la albañilería, que incluye demoliciones, tabiques, rozas y suelos, entre otros trabajos. Según la estimación de la profesional, este bloque puede representar entre el 30% y el 40% del presupuesto.
Los materiales suponen otro 25% o 35%, dependiendo de las decisiones del propietario. Azulejos, sanitarios, suelos y carpintería ofrecen un margen considerable para ajustar el coste, aunque elegir materiales de mayor calidad puede hacer que la inversión aumente rápidamente.
Las zonas más técnicas también tienen un peso importante. Cocina y baños concentran una parte elevada del presupuesto y, para una reforma estándar, la estimación aportada sitúa una cocina económica alrededor de los 8.000 euros y un baño en unos 4.000.
A ello se suman aproximadamente 7.000 euros para fontanería y calefacción y otros 6.000 euros para iluminación, dependiendo de los puntos de luz, focos, tiras LED y diseño elegido.
La falta de albañiles alarga las obras
El problema no se encuentra únicamente en el precio. Como ya hemos comentado, la construcción afronta una falta de relevo generacional que está modificando los plazos de ejecución de las reformas y las obras.
Rubén Tejerina, constructor cacereño con tres décadas de experiencia y responsable de una empresa familiar en Malpartida de Plasencia, explica que cada vez resulta más difícil encontrar jóvenes dispuestos a incorporarse a la albañilería.
La consecuencia termina llegando al cliente. Según explica el constructor, proyectos que anteriormente podían completarse en unos seis meses ahora pueden alargarse hasta ocho o nueve meses. El retraso, además, no depende exclusivamente de que haya suficientes albañiles.
Una reforma funciona como una cadena en la que intervienen distintos profesionales. Electricistas, fontaneros, alicatadores y otros especialistas necesitan coordinarse para que cada fase pueda comenzar cuando corresponde.
Si uno de los eslabones falla o no tiene disponibilidad, el resto de los trabajos también puede quedar paralizado.
Los plazos más largos tienen además una consecuencia económica. Cuanto más se prolonga una obra, mayor incertidumbre existe sobre el coste de determinados materiales y sobre la organización de los trabajos.
