En China, trabajar muchas horas y dedicar buena parte del día a los estudios forma parte de la realidad de muchas personas. El modelo laboral conocido como 996, que establece jornadas de 9:00 a 21:00 horas seis días a la semana, es un ejemplo de hasta qué punto el trabajo puede ocupar la vida cotidiana.
Esta mentalidad también se manifiesta durante la infancia, cuando los estudiantes se enfrentan a horarios exigentes y a una fuerte competencia por obtener buenos resultados académicos. Frente a ese ritmo, en España las tardes en una terraza, las reuniones con amigos o los planes al aire libre forman parte de una vida cotidiana en la que el ocio tiene un espacio más visible.
Yijin, graduada en Filología Inglesa y residente en España desde hace casi nueve años, conoce de cerca las diferencias entre ambas sociedades. A través de su experiencia, explica cómo ha cambiado su manera de entender el trabajo y el descanso desde que vive en nuestro país, donde ha descubierto un estilo de vida que antes le resultaba difícil imaginar.
El trabajo y el esfuerzo
Yijin ha crecido en una sociedad en la que trabajar muchas horas se considera algo habitual. En China, las jornadas laborales pueden alargarse hasta la noche, especialmente en algunos sectores, y dedicar tiempo al trabajo suele estar ligado a las expectativas de progresar profesionalmente y mejorar las condiciones de vida.
El ejemplo más conocido es el modelo 996, una fórmula que describe jornadas laborales de nueve de la mañana a nueve de la noche durante seis días a la semana. Son 72 horas semanales de trabajo, una carga que deja poco margen para el descanso, la vida social o las actividades personales.
Aunque no representa la realidad de todos los trabajadores chinos, el término se ha convertido en un símbolo de las exigencias laborales que afrontan algunos profesionales, especialmente en sectores como la tecnología.
Yijin explica que esta forma de trabajar también está relacionada con las condiciones económicas en las que crecieron las generaciones anteriores. Muchos padres tuvieron que dedicar buena parte de su vida al empleo para mantener a sus familias, en una época en la que disponer de recursos suficientes no siempre resultaba sencillo.
"En la generación de mis padres, tenían que trabajar 15 o 16 horas al día y sin ningún día de descanso", recuerda para Nicky Podcast.
Sin embargo, las circunstancias han cambiado para una parte de la población. Según relata Yijin, algunas familias cuentan hoy con más recursos y pueden ayudar económicamente a sus hijos, incluso cuando estos ya han terminado sus estudios universitarios.
En determinados casos, los padres contribuyen a comprarles una vivienda o les proporcionan apoyo económico mientras buscan trabajo, lo que reduce la presión de tener que aceptar cualquier empleo para salir adelante.
Esta situación también está influyendo en las expectativas de las nuevas generaciones. Muchos jóvenes empiezan a cuestionar las jornadas interminables y reclaman condiciones que les permitan disponer de tiempo para su vida personal.
Yijin, ciudadana china, para Niky Podcast.
"Yo no quiero trabajar por la noche, yo quiero trabajar 40 horas a la semana y cobro lo que me corresponde", explica Yijin al recoger esa nueva mentalidad.
La reivindicación refleja un cambio en las prioridades de algunos trabajadores chinos, que empiezan a cuestionar las jornadas interminables y a reclamar más tiempo para su vida personal.
Para Yijin, esa diferencia se aprecia especialmente en algo tan cotidiano como salir a tomar algo por la tarde, una costumbre que ha aprendido a disfrutar desde que vive en España.
"Si en China te ven tomando una cerveza en una terraza, pensarían que deberías estar trabajando", explica. A diferencia de España, que hacemos malabares para poder tomarnos esa caña, para los chinos se puede ver como una pérdida de tiempo, en lugar de como una parte más de la vida cotidiana.
Su experiencia en España le ha permitido cambiar esa percepción y disfrutar de un ritmo de vida más tranquilo.
"Ahora disfruto más de la vida relajada porque vivimos en pueblitos, tomamos cervecita por la tarde en la terraza", cuenta. Salir con amigos, ir a la piscina o pasar el día en la playa son planes que ahora forman parte de su rutina y que, según explica, no viviría de la misma manera en China.
La escuela y la presión
La relación con el trabajo no aparece de repente al llegar a la edad adulta. En la experiencia que relata Yijin, la exigencia comienza durante la infancia y se prolonga a lo largo de la etapa educativa, en la que obtener buenos resultados académicos puede convertirse en una de las principales preocupaciones de los estudiantes.
Según explica, a partir de los siete años muchos niños empiezan a dedicar buena parte de su tiempo al estudio. La presión aumenta durante el bachillerato, especialmente en determinados centros privados e internados, donde los horarios pueden extenderse desde las 6:30 de la mañana hasta las 22:30 de la noche.
En el caso que describe, los estudiantes llegaban a tener un día de descanso cada dos semanas.
Se trata de una experiencia exigente que, según su testimonio, deja poco espacio para el ocio y las actividades ajenas a los estudios. La organización del tiempo gira alrededor de las clases, las tareas y la preparación de los exámenes, mientras que la competencia académica ocupa un lugar central en la vida de los alumnos.
El objetivo no consiste únicamente en aprobar, sino también en conseguir mejores resultados que los compañeros, en un sistema en el que la memorización y la comparación de las notas tienen un peso importante.
Esta presión puede influir en la relación que los niños mantienen con el aprendizaje, que corre el riesgo de convertirse en una obligación constante en lugar de una actividad compatible con otras experiencias propias de su edad.
La exigencia también tiene consecuencias emocionales. Yijin señala que, cuando un estudiante se siente desbordado por la carga académica o experimenta ansiedad debido a las expectativas de sus padres y profesores, no siempre encuentra el apoyo que necesita.
En ocasiones, la respuesta familiar consiste en comparar su situación con la de otros alumnos que sí consiguen mantener ese ritmo.
Esta experiencia ayuda a entender por qué la relación con el tiempo libre puede ser tan distinta cuando llega la edad adulta. Si durante años el estudio ha ocupado casi todas las horas disponibles, descansar puede llegar a percibirse como algo secundario.
La idea de que siempre se podría estar haciendo algo más productivo acompaña así a algunas personas mucho después de abandonar las aulas.
Aprender a disfrutar
Después de casi nueve años en España, Yijin ha incorporado costumbres que antes le resultaban ajenas. La posibilidad de salir a tomar algo por la tarde, reunirse con amigos o pasar una jornada en la playa forma parte ahora de su vida cotidiana.
Su adaptación no se limita a los horarios laborales, sino que también ha descubierto una forma distinta de relacionarse con otras personas y de organizar la vida social.
Con el tiempo, Yijin ha aprendido a valorar las posibilidades que ofrece el estilo de vida español. El clima, la amabilidad de la gente y la facilidad para organizar planes al aire libre figuran entre los aspectos que más aprecia.
Vivir en localidades pequeñas también le ha permitido disfrutar de una rutina más tranquila, con tardes de terraza, encuentros con amigos y tiempo para ir a la piscina o a la playa.
Esa tranquilidad contrasta con la sensación de tener que aprovechar cada hora para trabajar o estudiar. En España, explica, ha aprendido a disfrutar de actividades que no tienen una finalidad productiva, como tomar una cerveza en una terraza,
La diferencia está en cómo se distribuye el tiempo y en el valor que se concede a cada actividad. Trabajar y estudiar siguen siendo importantes, pero el descanso también puede formar parte de una vida satisfactoria sin que eso implique falta de ambición o de responsabilidad.
