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Hablar de Lamine Yamal es hacerlo de uno de los futbolistas jóvenes más observados del mundo, pero también de una figura cuya vida fuera del campo despierta un enorme interés. Su familia, el barrio en el que creció y sus raíces forman parte de una historia que ha generado todo tipo de comentarios.

En el caso del delantero del FC Barcelona y de la selección española, su origen familiar ha sido especialmente debatido desde que comenzó a destacar. Su padre es marroquí y su madre procede de Guinea Ecuatorial, unas raíces que conviven con una realidad: Lamine nació y creció en España y ha elegido representar a este país.

Parte de esa historia y de esa identidad que trata de mantener Lamine es gracias a Fátima, su abuela paterna. Ella llegó a España desde Marruecos en los años noventa, cuando tenía 40 años, y comenzó una nueva vida lejos de su país para sacar adelante a sus cinco hijos.

Las raíces que acompañan a Lamine Yamal

Lamine Yamal nació en Esplugues de Llobregat y creció en Rocafonda, en Mataró, el barrio que ha terminado convirtiéndose en una de las señas de identidad más reconocibles del futbolista.

Su padre, Mounir Nasraoui, tiene raíces marroquíes, mientras que su madre, Sheila Ebana, procede de Guinea Ecuatorial. Dos procedencias familiares que forman parte de su historia, pero que no resumen por sí solas quién es el jugador.

Precisamente ahí está una de las claves de las palabras de Fátima. La abuela de Lamine no cuestiona las raíces marroquíes de la familia, sino que pone el foco en la historia personal de su nieto: nació en España, creció en Catalunya y fue aquí donde comenzó su formación como futbolista hasta llegar a las categorías inferiores de la selección española.

La cuestión de las raíces ha acompañado a Lamine desde que comenzó a destacar. Su nombre, su aspecto físico y el origen de sus padres han servido en ocasiones para abrir debates sobre hasta qué punto puede considerarse español un futbolista con una familia procedente de otros países.

De hecho, las redes sociales han convertido en recurrente una conversación que mezcla nacionalidad, origen familiar e identidad, tres conceptos que no necesariamente significan lo mismo.

Uno de los ejemplos más claros está, precisamente, en un alto cargo del fútbol. El presidente de la Federación Marroquí de Fútbol confesó, hace apenas unos meses, que "no conocía a ningún español que se llame Yamal", cuestionando de forma indirecta la elección del joven delantero de jugar con la selección española en lugar de la de Marruecos.

Y es que, aunque en el FC Barcelona el delantero ya se enfrentaba a este tipo de comentarios, todo se enfatizó cuando este mismo escogió España como el país al que representar en el Mundial de 2026.

"Sí estaba en mi cabeza la posibilidad de jugar con Marruecos, pero en el momento de la verdad nunca tuve dudas, con todo mi cariño y respeto. También es mi país y no hubiera sido nada raro ni malo jugar con ellos, pero al final tenía ese hándicap de que España ha jugado la Eurocopa, me he criado en España y también siento que es mi país", explicó.

Rocafonda ocupa, además, un lugar especial en ese relato. Lamine ha hecho del código postal 08304, correspondiente al barrio de Mataró, una de sus celebraciones más reconocibles.

Cada vez que lo muestra después de marcar un gol, está reivindicando un lugar concreto y una parte de su historia. No es solo una referencia geográfica, sino una forma de recordar de dónde viene.

La historia de Fátima

La figura de Fátima también ayuda a comprender mejor la historia familiar que hay detrás del futbolista. Aunque hoy es conocida públicamente como la abuela de una de las grandes estrellas del fútbol mundial, su vida comenzó mucho antes de que su nieto apareciera en los campos de Primera División.

Fátima llegó sola a España en los años noventa, cuando tenía 40 años. Su objetivo era trabajar y conseguir reunir poco a poco a sus cinco hijos. Primero llegó Abdul, el mayor, y después Mounir, el padre de Lamine, que todavía era un niño.

Como tantas otras personas que emigraron durante aquellos años, tuvo que empezar prácticamente desde cero. Trabajó en un camping de Llavaneres, después en una residencia de mayores en Vilassar de Mar y terminó estableciéndose en Rocafonda.

Allí construyó una parte importante de la vida de su familia y, con el paso del tiempo, también vio crecer a su nieto.

Por eso, cuando Fátima habla de las raíces de Lamine, lo hace desde una experiencia personal que va más allá de una cuestión deportiva. Ella misma conoce lo que significa abandonar un país, trasladarse a otro y construir una vida nueva sin dejar de mantener los vínculos con el lugar de origen.

Su historia también permite entender que las raíces familiares pueden ser múltiples. Mounir mantiene su vínculo con Marruecos y Sheila con Guinea Ecuatorial, pero Lamine pertenece a una generación que ha crecido en España y cuya experiencia vital está marcada por otro entorno.

No existe necesariamente una contradicción entre conocer y reivindicar el origen familiar y sentirse plenamente ligado al lugar donde se ha nacido y crecido.