La educación pública escolariza a la mayor parte del alumnado en España y concentra buena parte de las necesidades educativas y sociales que llegan a las aulas. En el curso 2023-2024, los centros públicos reunían alrededor del 67% del alumnado no universitario, frente al 33% de los centros privados y concertados.
Esa diferencia también condiciona el trabajo de los docentes. Las aulas reúnen perfiles muy distintos y obligan a los centros a responder a situaciones relacionadas con la diversidad, la incorporación de alumnos procedentes de otros sistemas educativos o las necesidades específicas de apoyo educativo.
Adela conoce bien esta realidad. Fue profesora de inglés en la educación pública gallega durante 35 años y se jubiló a los 60 después de una trayectoria marcada, según cuenta, por el cansancio y la falta de medios. A pesar de ello, asegura que nunca habría cambiado la experiencia de trabajar en la escuela pública.
Cuando faltan medios, enseñar se vuelve más difícil
Según explicó Adela en una entrevista para este periódico, uno de los principales problemas de la educación pública es que el sistema exige a los profesores responder a situaciones cada vez más complejas sin proporcionar siempre los medios necesarios.
Durante sus años como docente de ESO y Bachillerato en un instituto público de A Coruña se encontró con aulas heterogéneas, alumnos con necesidades diferentes y familias con circunstancias muy distintas.
La atención a la diversidad ocupa un lugar central en su relato. "Hay que atenderla y eso requiere un esfuerzo por parte de la Administración, que no había", explica.
Su experiencia le llevó a comprobar que las necesidades de algunos estudiantes no podían resolverse únicamente con la voluntad del profesor que tenían delante.
Recuerda, por ejemplo, el caso de una alumna con una pérdida de visión severa. Según relata, el centro no recibió de la Administración los recursos que necesitaba para atenderla y fue la ONCE la que terminó proporcionando la ayuda necesaria.
Para Adela, situaciones como esta muestran hasta qué punto la respuesta educativa depende también de que existan profesionales y materiales suficientes.
La diversidad cultural, además, planteaba otros problemas. La llegada de alumnos procedentes de otros países podía suponer un reto cuando su edad no se correspondía con su nivel académico.
Adela cuestiona que un estudiante recién llegado pueda ser incorporado directamente al curso que le corresponde por edad sin valorar antes qué conocimientos tiene. "¿Por qué si tiene 14 años le corresponde ir a tercero de la ESO? No, habrá que mirar el nivel académico", sostiene.
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Su propuesta pasa por establecer grupos específicos durante un periodo de adaptación. "Subgrupos para atender durante un curso a esos niños, atender sus niveles y atenderlos a ellos", plantea.
A su juicio, esto permitiría que el alumnado recién llegado adquiriera los conocimientos necesarios antes de incorporarse plenamente al ritmo de su curso.
Esta cuestión enlaza con otra de sus críticas: la falta de continuidad de las políticas educativas. Durante sus 35 años de carrera vio sucederse diferentes reformas y cambios normativos. "Me jubilé sin saber en qué reforma estaba, porque cada cuatro años era una nueva cosa", afirma.
La falta de profesores es otro de los aspectos que más recuerda de sus últimos años en las aulas. Cuando un docente tiene que atender al mismo tiempo a alumnos con niveles, capacidades y necesidades muy diferentes, el trabajo puede terminar siendo difícil de sostener sin apoyos adicionales.
A ello añade un problema que considera especialmente relevante: la convivencia. Adela habla de una pérdida de respeto en algunos alumnos que, según su experiencia, dificulta la tarea del profesor. "La falta de educación y de respeto es otro gran problema, porque con eso no se puede trabajar", afirma.
Su diagnóstico parte de una idea que repite con claridad: la educación y la sanidad deben quedar al margen de recortes y contar con recursos suficientes. "La educación y la sanidad son intocables", sostiene.
La diversidad de las aulas
Su crítica al funcionamiento del sistema no significa que Adela reniegue de su profesión. Al contrario, cuando habla de sus años como profesora cambia el tono y recuerda especialmente a los alumnos con los que trabajó.
"A mí la enseñanza me gusta y siempre fui muy feliz. Disfruté mucho con mis alumnos", afirma. También asegura que hizo su trabajo "lo mejor que pude", pese al cansancio que acumuló durante los últimos años antes de jubilarse.
Los estudiantes que más necesitaban apoyo ocupan un lugar especial en sus recuerdos. Para Adela, atender a esos alumnos era precisamente una de las razones por las que encontraba sentido a su profesión. "Esos niños necesitan ayuda, y esos niños tienen que seguir", explica.
Entre ellos recuerda a un alumno con síndrome de Down y un alumno senegalés, a quienes dio clase y de quienes asegura haber aprendido lecciones, aun siendo ella la profesora.
Esa diversidad es uno de los motivos por los que Adela defiende este modelo. Su experiencia profesional no estuvo limitada a alumnos con un perfil académico o familiar determinado, sino que la llevó a trabajar con estudiantes que necesitaban apoyos diferentes y que llegaban al aula con situaciones personales muy distintas.
Es precisamente esa realidad la que, a su juicio, marca una diferencia entre la educación pública y la privada. "En los colegios privados los padres tienen más poder porque pagan", sostiene.
En un colegio privado, las familias pagan directamente por la escolarización, mientras que en la red pública el acceso a las enseñanzas obligatorias se articula como un derecho y los centros se financian principalmente mediante recursos públicos.
Los colegios concertados ocupan una posición intermedia: son centros de titularidad privada que reciben financiación pública para determinadas enseñanzas.
Para Adela, esa diferencia económica puede influir en la manera en que los profesores desarrollan su trabajo. Considera que un docente de un centro privado puede encontrarse con una presión diferente por parte de las familias y que la condición de cliente que adquiere quien paga por un servicio modifica la relación con la institución.
Su experiencia, además, le lleva a establecer una segunda diferencia relacionada con el perfil del alumnado. "En el privado no tienes niños que necesiten tu ayuda porque tienen ciertas dificultades", afirma.
La educación privada también escolariza alumnado con necesidades educativas específicas y existen centros privados con programas y recursos destinados a atender diferentes perfiles; sin embargo, es en la pública donde conviven todos ellos.
Para ella, esa realidad puede hacer más complejo el trabajo docente, pero también es una de las partes que más sentido le daba a su profesión.
