Publicada

Trabajar durante meses para recoger una cosecha no garantiza que el agricultor vaya a recuperar siquiera lo invertido. El precio al que se vende el producto puede marcar la diferencia entre obtener beneficios o terminar la campaña con pérdidas.

Paula Nuévalos conoce bien esta realidad. La agricultora valenciana dejó su trabajo como ingeniera mecánica para regresar a Utiel y ponerse al frente de las tierras de su familia, dedicadas principalmente al cultivo de la vid.

Una de sus principales preocupaciones es precisamente la rentabilidad. En una entrevista explicó que el precio de la uva ha llegado a situarse en apenas 0,20 euros por kilo, una cantidad insuficiente cuando se tienen en cuenta todos los gastos necesarios para producirla.

"Si no está a 0,40, es que no cubres costes", asegura. Detrás de cada kilo hay horas de trabajo, maquinaria, combustible, tratamientos y otros gastos que debe asumir el agricultor antes incluso de saber cuánto recibirá por la cosecha.

Vender a pérdidas

La joven pone como ejemplo su propio proyecto de vino para explicar hasta qué punto el agricultor asume el riesgo económico. Sacar una producción al mercado puede obligarla a invertir varios miles de euros antes de vender una sola botella.

"Para poder sacar mi vino tengo un coste de 2.000 o 3.000 euros sin saber si lo voy a vender", explicó en la misma entrevista. La inversión llega antes que los ingresos y no existe la garantía de recuperar el dinero.

Su objetivo pasa precisamente por intentar que una mayor parte del valor final del producto llegue a quien cultiva la tierra. Paula reconoce que actualmente el consumo de vino ha cambiado y que vender más caro tampoco resulta sencillo.

La agricultora sostiene que producir uva por 0,20 euros el kilo supone trabajar a pérdidas cuando se contabilizan la mano de obra, las horas de tractor y el propio tiempo del agricultor. Su aspiración es poder desarrollar su proyecto hasta comprar uva a otros productores y pagarles un precio que considere suficiente.

La situación ayuda a entender por qué cada vez resulta más complicado encontrar jóvenes dispuestos a continuar con las explotaciones familiares. Si trabajar la tierra no permite obtener unos ingresos suficientes, muchas personas terminan buscando otras salidas profesionales.

De ingeniera a agricultora

Paula conoce también esa otra posibilidad. Nació en Utiel, estudió Ingeniería Mecánica en Valencia y llegó a ejercer como ingeniera antes de regresar a su pueblo para hacerse cargo de las tierras familiares.

El campo había formado parte de su vida desde pequeña. Su familia se dedicaba al cultivo de la uva y su abuelo fundó la bodega familiar, un proyecto que después continuó su padre. Tras el fallecimiento de este, Paula terminó asumiendo la explotación.

El cambio no significó simplemente sustituir una profesión por otra. Pasó de tener un trabajo por cuenta ajena a responsabilizarse de una actividad condicionada por la cosecha, los precios y unos costes que debe asumir independientemente del resultado final.

Aun así, ha defendido en varias ocasiones su decisión de regresar al campo. En una entrevista llegó a asegurar que volver al pueblo había sido "la mejor decisión" de su vida, pese a reconocer las dificultades económicas que atraviesa el sector.

Un campo sin relevo

La falta de rentabilidad tiene otra consecuencia que preocupa a Paula: el envejecimiento del campo. En su propia cooperativa, asegura, la edad media alcanza los 66 años.

El dato muestra la dificultad para encontrar una nueva generación que tome el relevo cuando los actuales agricultores se jubilen. Los bajos precios, la inversión necesaria para empezar y la incertidumbre de cada campaña dificultan que los jóvenes vean el campo como una alternativa laboral.

A ello se une la necesidad de mano de obra para determinados trabajos agrícolas. Paula ha señalado que cada vez cuesta más encontrar trabajadores especializados para tareas como la poda, lo que está llevando a muchas explotaciones a recurrir en mayor medida a la mecanización.

En su caso, intenta combinar la explotación agrícola con su propia marca de vino y una forma de producción ligada a la agricultura regenerativa. Su intención es obtener más valor de la uva en lugar de depender únicamente del precio que recibe por venderla como materia prima.

Para Paula, el futuro del sector depende en buena parte de conseguir que producir alimentos vuelva a ser rentable. De lo contrario, advierte, será difícil que los jóvenes quieran asumir explotaciones cuyos costes pueden superar lo que finalmente reciben por sus cosechas.