Las patatas son uno de los alimentos más habituales de cualquier despensa, pero almacenarlas mal puede hacer que pierdan firmeza, cambien de color o comiencen a desarrollar brotes antes de tiempo.
La chef valenciana Begoña Rodrigo, al frente del restaurante La Salita, señala precisamente uno de los errores más frecuentes: guardar las patatas junto a las cebollas.
Su recomendación es sencilla: mantener ambos alimentos separados y prestar atención al lugar y al recipiente en el que se conservan las patatas.
Aunque la aparición de brotes forma parte del proceso natural del tubérculo, unas buenas condiciones de almacenamiento pueden ayudar a retrasarla considerablemente.
Por qué brotan
Una patata continúa siendo un tubérculo vivo después de ser recolectada. Tras un periodo de reposo, puede comenzar de nuevo su proceso de germinación y desarrollar pequeños brotes.
La velocidad a la que ocurre depende de factores como la temperatura, la humedad, la luz, la variedad de la patata o el tiempo transcurrido desde su recolección.
Por eso, dos patatas compradas al mismo tiempo pueden evolucionar de manera muy diferente dependiendo de dónde se guarden.
Las condiciones de la cocina pueden acelerar o retrasar ese proceso. El objetivo de una buena conservación no es impedirlo para siempre, sino hacer que tarde más en aparecer.
Mejor separadas
Uno de los gestos más habituales es colocar patatas y cebollas en la misma cesta. Como ninguna suele guardarse en el frigorífico, muchas veces terminan compartiendo espacio.
Sin embargo, Begoña Rodrigo recomienda conservarlas por separado si se quiere prolongar el buen estado de las patatas.
Unas patatas y unas cebollas juntas.
Mantener distintos espacios también permite controlar mejor cada alimento y detectar antes cualquier pieza que empiece a deteriorarse.
Una patata húmeda, golpeada o en mal estado puede alterar las condiciones del recipiente y afectar a las que se encuentran alrededor.
Por eso, también conviene revisar de vez en cuando la cesta y retirar cuanto antes cualquier pieza deteriorada.
Evita el plástico
El recipiente elegido también desempeña un papel importante a la hora de conservar las patatas.
Dejarlas durante semanas dentro de una bolsa de plástico cerrada no suele ser la mejor opción, ya que dificulta la circulación del aire y puede favorecer la acumulación de humedad.
Una alternativa son las bolsas de papel, los sacos de tela, las mallas o las cestas que permitan una cierta ventilación.
No hace falta utilizar ningún recipiente especial. Lo importante es evitar que permanezcan completamente encerradas durante demasiado tiempo.
También conviene no lavar las patatas antes de almacenarlas.
La humedad que quede sobre su superficie puede acelerar su deterioro, por lo que resulta preferible retirar únicamente el exceso de tierra y lavarlas justo antes de cocinarlas.
El truco de la manzana
A estas recomendaciones se suma un truco que llama especialmente la atención: colocar una manzana entre las patatas.
La farmacéutica y divulgadora especializada en seguridad alimentaria Gemma del Caño ha explicado esta práctica, relacionada con el etileno que liberan naturalmente algunas frutas durante su maduración.
El efecto de este gas sobre las patatas no es idéntico en todas las circunstancias. Factores como su concentración, la variedad del tubérculo, la temperatura o el tiempo de almacenamiento pueden modificar el resultado.
Por eso, la manzana no debe entenderse como una solución infalible ni como un sustituto de una correcta conservación.
Algunas investigaciones han observado una reducción de la brotación cuando las patatas se almacenan junto a manzanas durante determinados periodos.
En casa puede utilizarse, por tanto, como un pequeño recurso adicional para intentar retrasar los brotes, siempre que las patatas se mantengan además en condiciones adecuadas.
Dónde guardarlas
Elegir bien el rincón de la cocina puede marcar una diferencia importante en su conservación.
Una despensa, un armario ventilado o un cajón alejado de fuentes de calor suelen ser opciones más adecuadas que dejarlas sobre una encimera o cerca del horno.
Lo recomendable es buscar un espacio fresco, seco, ventilado y protegido de la luz.
La oscuridad resulta especialmente importante, ya que una exposición continuada a la luz puede provocar que la superficie de la patata adquiera un característico tono verde.
Ese cambio de color se debe al desarrollo de clorofila y puede coincidir con un aumento de determinados glicoalcaloides naturales, como la solanina.
Estas sustancias forman parte de los mecanismos de defensa de la planta y pueden resultar perjudiciales cuando se consumen en concentraciones elevadas.
Por eso, las patatas no deberían permanecer durante largos periodos junto a una ventana o en cualquier otro lugar donde reciban luz de forma habitual.
También es conveniente alejarlas de zonas especialmente cálidas o húmedas, dos condiciones que pueden acelerar su deterioro.
Si tienen brotes
Encontrar un pequeño brote en una patata no significa necesariamente que haya que tirarla inmediatamente.
Lo primero es comprobar su estado general y prestar atención a su firmeza, su color y la cantidad de brotes que han aparecido.
Una patata todavía firme y con pequeños brotes no se encuentra en la misma situación que otra muy arrugada, blanda o con extensas zonas verdes.
Los brotes deben retirarse antes de cocinarla y conviene eliminar también las partes que hayan adquirido un color verdoso.
Si tiene numerosos brotes, está muy blanda, presenta grandes zonas verdes o muestra signos claros de deterioro, lo más prudente es descartarla.
Revisar periódicamente las patatas almacenadas ayuda además a detectar estos cambios antes de que afecten al resto.
¿Nevera sí o no?
Al buscar un lugar fresco puede resultar tentador guardar directamente las patatas crudas en el frigorífico.
Sin embargo, las temperaturas excesivamente bajas pueden modificar algunos de sus azúcares y afectar posteriormente a su sabor, textura o comportamiento durante determinadas cocciones.
Por eso, siempre que sea posible, suele ser preferible conservarlas en una despensa fresca, oscura y ventilada.
Otra cuestión diferente son las patatas una vez cocinadas. En ese caso sí deben refrigerarse y conservarse siguiendo las mismas precauciones que cualquier otro alimento preparado.
Revísalas antes
Otro hábito sencillo consiste en comprobar su estado antes de colocarlas en la despensa.
Las patatas golpeadas, húmedas o dañadas pueden deteriorarse antes, por lo que conviene separarlas del resto y consumirlas primero cuando todavía sean aptas.
También merece la pena realizar una pequeña revisión cada pocos días, especialmente cuando se compra una cantidad grande.
Basta con comprobar que mantienen su firmeza, que no existe humedad en el recipiente y que ninguna pieza presenta un deterioro evidente.
En definitiva, conservar correctamente las patatas depende de varios pequeños gestos.
Separarlas de las cebollas, permitir que respiren, evitar la humedad y mantenerlas lejos de la luz son las recomendaciones principales.
A partir de ahí, colocar una manzana entre ellas puede servir como un recurso adicional para intentar retrasar la aparición de brotes y conseguir que duren más tiempo en buenas condiciones.
