El aumento del coste de la vida también se ha trasladado a bares y cafeterías. Sin embargo, algunos establecimientos todavía intentan que tomar algo fuera de casa continúe siendo un hábito cotidiano y no un lujo.
Es el caso de El Rincón de Rubo, un bar familiar situado en Villanueva de Duero, un municipio de Valladolid con unos 1.260 habitantes. El establecimiento abrió hace cuatro años con la intención de convertirse en un punto de encuentro para el vecindario.
En una entrevista concedida a EL ESPAÑOL - Castilla y León, su responsable, Rubén Carpintero Rico, explica que una de sus prioridades es conservar unas tarifas accesibles: “La caña cuesta 1,60 euros y el café, 1,50 euros. Tenemos precios ajustados”.
Esta política permite que los habitantes del pueblo puedan acudir con frecuencia, ya sea para desayunar, tomar algo o compartir una comida con familiares y amistades.
Para todo el día
El establecimiento ofrece distintas alternativas según el momento de la jornada. En su carta se pueden encontrar cafés, tapas, hamburguesas, paellas y otras opciones para comer o cenar.
Más que especializarse en un único producto, el bar apuesta por una oferta variada y sencilla. El objetivo es adaptarse tanto a quienes entran para tomar un café como a quienes buscan sentarse a comer.
El ambiente familiar es otra de sus principales características. El local pretende ofrecer un espacio agradable en el que los vecinos puedan reunirse, conversar y pasar un rato juntos.
Esta función social adquiere una importancia especial en los municipios pequeños, donde los bares también actúan como lugares de encuentro y forman parte de la vida diaria de sus habitantes.
Un proyecto familiar
El Rincón de Rubo abrió sus puertas hace cuatro años y, desde entonces, ha conseguido hacerse un hueco entre los establecimientos del municipio. Su crecimiento se ha apoyado en la constancia y en el trato personal.
Aunque Rubén no nació en Villanueva de Duero, llegó al pueblo cuando tenía nueve años y mantiene un fuerte vínculo con la localidad. En 2013 comenzó a trabajar en la hostelería, atraído por el contacto con la gente y el ambiente del sector.
Esa experiencia le permitió conocer el funcionamiento diario de este tipo de establecimientos antes de poner en marcha su propio proyecto. Tras más de una década en la profesión, asegura mantener la ilusión por continuar avanzando.
Actualmente, cuatro personas trabajan diariamente en el bar. En los momentos de mayor afluencia, todo el equipo se implica para atender el servicio y conseguir que la actividad se desarrolle con normalidad.
Mucho trabajo diario
Mantener abierto un bar implica atender numerosas tareas que van más allá de servir comidas y bebidas. Hay que controlar las compras, los proveedores, las cuentas, el personal y los suministros.
La facturación también puede variar notablemente de un mes a otro. A los ingresos hay que restar el alquiler, los salarios, los impuestos y el coste de los productos necesarios para mantener la actividad.
Por este motivo, sacar adelante un establecimiento hostelero exige dedicación y no siempre permite desconectar después de una jornada de ocho horas. En este caso, el carácter familiar aporta una motivación adicional.
De cara al futuro, la intención es conservar una clientela fiel durante todo el año y continuar creciendo sin perder la esencia del proyecto: una oferta variada, un ambiente acogedor y precios contenidos.
