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Hay gestos que, vistos desde fuera, parecen fáciles de interpretar. Un fruncido de ceño en una conversación, un cambio de tono, una caricia... En cuestión de segundos somos capaces de atribuir un significado a lo que hace otra persona porque conocemos los códigos con los que nos comunicamos, pero la cosa cambia cuando se trata de entender el comportamiento de un animal.

Con los gatos tendemos a trasladar nuestras propias interpretaciones a comportamientos que pueden tener un significado diferente. Si se acerca, se frota o empieza a lamernos la mano, es fácil entender que está mostrando afecto. Y aunque el vínculo que mantiene con su dueño sí puede estar detrás de este comportamiento, el lamido cumple también otras funciones dentro de las relaciones sociales de los felinos.

De hecho, la forma en la que un gato utiliza el acicalamiento dice mucho sobre cómo se relaciona con los individuos de su entorno. No es exactamente un beso ni tampoco una declaración de amor en los términos que utilizamos las personas, pero sí puede ser una señal de familiaridad, confianza y pertenencia a un mismo grupo.

Un comportamiento social

Para entender por qué un gato lame a una persona hay que empezar por observar cómo se comporta con otros gatos. El acicalamiento que un felino realiza sobre otro recibe el nombre de allogrooming o acicalamiento social y forma parte de las interacciones que pueden establecer entre individuos que conviven o mantienen una relación determinada.

Durante mucho tiempo se ha interpretado este comportamiento principalmente como una señal de vínculo social.

Un estudio publicado en 2003, que observó a 28 gatos que vivían en una misma colonia, encontró que la familiaridad y el parentesco estaban relacionados con la proximidad entre los animales y con la frecuencia con la que se producían conductas de acicalamiento.

Esto ayuda a entender qué puede estar ocurriendo cuando un gato lame a su humano. El animal no está pensando en términos de propiedad como lo haría una persona, pero sí puede estar reforzando una relación de pertenencia y familiaridad.

Además, existe una razón evolutiva para que el comportamiento resulte tan natural. Los gatitos reciben cuidados constantes de su madre durante las primeras etapas de vida y el acicalamiento forma parte de esas interacciones tempranas.

En la edad adulta, determinados gatos mantienen conductas de acicalamiento dirigidas hacia individuos con los que tienen una relación social estrecha.

Los veterinarios especializados en comportamiento consideran, de hecho, que lamer a una persona puede ser una forma de interacción afiliativa.

La clave está en no traducir automáticamente el comportamiento felino al lenguaje humano. Un gato no tiene por qué estar pensando "te quiero" del mismo modo en que una persona utiliza un beso o una caricia para expresar afecto. Su comunicación funciona mediante señales diferentes y el lamido es una de ellas.

El olor como parte del vínculo

El vínculo entre los gatos no se construye únicamente a través del contacto físico. El olor también desempeña un papel fundamental en la manera en la que estos animales reconocen a los individuos que forman parte de su entorno y distinguen lo familiar de aquello que perciben como extraño.

Los gatos utilizan diferentes conductas para intercambiar olores con otros individuos: Frotarse la cabeza y las mejillas, dormir juntos o acicalarse son algunas de las formas mediante las que comparten señales olfativas.

Estas interacciones ayudan a crear una identidad común entre los animales que mantienen una relación cercana y favorecen que se reconozcan como miembros de un mismo grupo.

El acicalamiento encaja precisamente en esta dinámica. Cuando dos gatos se lamen, no solo están realizando una conducta relacionada con la limpieza, sino que también mantienen un contacto que contribuye a reforzar su relación y su familiaridad.

Imagen de ilustración. iStock.

Por eso, cuando un gato dirige este comportamiento hacia una persona con la que convive, puede estar tratándola como un individuo conocido que forma parte de su entorno social.

Por eso, si después de volver de la calle tu gato se acerca, te olfatea, se frota contra ti y comienza a lamerte, no necesariamente está intentando "limpiarte".

Puede estar reaccionando a los olores que traes del exterior y, al mismo tiempo, retomando una interacción que para él forma parte de la relación que mantiene contigo.

El significado cambia según lo que haga el gato mientras te lame

Aquí está una de las cuestiones más importantes para interpretar correctamente este comportamiento. Un lamido aislado no puede analizarse como si fuera una palabra con un significado universal.

En etología, el comportamiento se interpreta atendiendo también al contexto, a la postura corporal y a las conductas que aparecen alrededor.

Una investigación publicada en 2026 en Applied Animal Behaviour Science ha aportado precisamente nuevos datos sobre el allogrooming en gatos domésticos.

Los investigadores analizaron vídeos de 53 parejas de gatos, 106 animales en total, y observaron que el acicalamiento social podía aparecer en dos grandes contextos: situaciones relacionadas con la afiliación y el vínculo social, pero también situaciones de tensión.

Cuando el acicalamiento aparece junto a contacto físico prolongado, posturas sincronizadas y otras conductas sociales, puede formar parte de una interacción afiliativa.

En cambio, cuando aparecen señales como las orejas hacia atrás, posturas asimétricas o determinadas conductas de desplazamiento, el mismo acto puede estar relacionado con una situación social menos relajada.

Esto desmonta otra idea muy extendida: que un gato que lame siempre está demostrando sumisión o que el animal dominante utiliza el acicalamiento para recordar quién manda.

Es cierto que investigaciones anteriores encontraron que los individuos de mayor rango podían acicalar más a los de menor rango y que algunas interacciones terminaban acompañadas de conductas agonísticas. Sin embargo, reducir todo el fenómeno a una cuestión de dominancia sería demasiado simplista.

La investigación más reciente apunta precisamente hacia una interpretación más matizada. El mismo comportamiento puede cumplir funciones diferentes dependiendo de la relación entre los animales y de lo que esté ocurriendo durante la interacción.

Por eso, si un gato lame a una persona mientras está relajado, busca contacto, ronronea o permanece cerca de ella, el conjunto de señales es mucho más compatible con una interacción social positiva que con una demostración de poder.

¿Y qué ocurre cuando después de lamerte te muerde?

También es frecuente que un gato lama a una persona durante unos segundos y, de repente, le dé un pequeño mordisco. Este comportamiento suele desconcertar a los propietarios porque parece una contradicción: si estaba mostrando afecto, ¿por qué acaba mordiendo?

La respuesta vuelve a estar en la importancia del contexto. Un gato puede pasar de una interacción agradable a una situación de sobreestimulación o simplemente cambiar de conducta durante la interacción. El lamido no constituye una promesa de que la siguiente acción vaya a ser otra muestra de afecto.

Por eso resulta mucho más útil observar el lenguaje corporal. Si el gato empieza a mover la cola con brusquedad, gira las orejas hacia atrás, tensa el cuerpo, cambia de postura o intenta alejarse, conviene interpretar esas señales como una petición de espacio y no insistir con las caricias.

En ocasiones, además, el mordisco no tiene una intención agresiva evidente y forma parte de una interacción breve.

Sin embargo, si el patrón se repite junto con señales claras de irritación, es mejor dejar de tocar al animal y permitir que sea él quien decida cuándo retomar el contacto.