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Volver a casa después de varias horas fuera y encontrarse con el perro esperando al otro lado de la puerta es una de las escenas más habituales para quienes conviven con una mascota. Saltos, ladridos, carreras por el pasillo o una cola que no deja de moverse forman parte de ese reencuentro que muchos propietarios interpretan como una muestra de cariño y alegría.

Sin embargo, la manera en la que respondemos a esa reacción puede tener más importancia de la que parece. Los perros aprenden constantemente de las consecuencias de sus acciones y, si descubren que una determinada conducta les permite conseguir atención, caricias o juegos, es probable que vuelvan a repetirla cuando quieran obtener lo mismo.

Por eso, el momento de llegar a casa también puede convertirse en una oportunidad para trabajar la educación del animal. Según explica el adiestrador canino Víctor Mareño, la respuesta que recibe el animal durante esos primeros segundos puede influir en la forma en la que aprende a gestionar la emoción del reencuentro.

El problema no está en demostrar cariño

Cuando un perro recibe a su dueño saltando, ladrando o buscando contacto de manera insistente, la reacción más habitual suele ser responder inmediatamente.

Una caricia, unas palabras cariñosas, un abrazo o incluso un juego pueden parecer gestos completamente inocentes, pero desde el punto de vista del aprendizaje tienen una consecuencia concreta: el animal puede asociar su estado de excitación con la obtención de atención.

Esto no significa que el perro esté haciendo algo "malo" por alegrarse de ver a su dueño, de hecho, la emoción ante el reencuentro es normal y forma parte de su comportamiento.

El problema aparece cuando esa emoción se convierte en una conducta que el animal repite porque ha aprendido que funciona para conseguir lo que quiere.

Si cada vez que alguien entra por la puerta el perro salta y recibe inmediatamente caricias, la secuencia puede terminar consolidándose. El animal no entiende necesariamente que su dueño le está diciendo que se comporte mal, sino que aprende algo mucho más sencillo: cuando hago esto, consigo atención.

Uno de los principios básicos del adiestramiento consiste precisamente en reforzar las conductas que queremos que el animal repita. Si un perro se sienta tranquilamente y recibe atención, puede aprender que sentarse y esperar es una forma eficaz de conseguir aquello que busca.

Imagen de ilustración. iStock.

Por el contrario, si obtiene esa misma atención cuando salta sobre las personas, es posible que los saltos se mantengan. El aprendizaje no se produce únicamente durante las sesiones específicas de adiestramiento, sino también a través de las pequeñas situaciones cotidianas que se repiten una y otra vez.

La llegada a casa es un ejemplo especialmente claro porque suele producirse todos los días y bajo circunstancias similares. El perro escucha la llave, reconoce los pasos, percibe que su dueño está entrando y puede anticipar el momento del reencuentro.

Toda esa anticipación aumenta su nivel de activación y, si además recibe una respuesta igualmente intensa, resulta más difícil que aprenda a gestionar la situación con tranquilidad.

Qué hacer cuando el perro salta nada más abrir la puerta

Si el perro salta sobre su dueño cuando llega a casa, una de las respuestas más sencillas consiste en no convertir ese comportamiento en una vía para conseguir atención.

En lugar de acariciarlo mientras está saltando o hablarle con entusiasmo, el propietario puede esperar unos instantes hasta que el animal tenga las cuatro patas en el suelo y muestre una actitud más calmada.

En perros que ya conocen determinadas órdenes, también puede utilizarse una conducta sencilla como sentarse. No se trata de convertir cada llegada a casa en una sesión de adiestramiento, sino de aprovechar una situación cotidiana para reforzar una respuesta que el animal ya conoce.

La diferencia puede parecer pequeña, pero tiene una explicación importante. Si el perro descubre que saltar no le proporciona la atención que busca, mientras que permanecer tranquilo sí consigue una caricia, poco a poco tendrá más motivos para repetir la segunda conducta.

La reacción del propietario debe ser, además, coherente. Si durante la semana se intenta evitar que el perro salte, pero el fin de semana se le acaricia y se juega con él mientras está completamente excitado, el aprendizaje será mucho más complicado.

Para el animal, las reglas habrán cambiado y no tendrá claro qué comportamiento es el que se espera de él.

Una de las ideas que conviene aclarar es que enseñar a un perro a recibir a sus dueños con calma no significa ignorarlo durante largos periodos. El objetivo tampoco es que el animal deje de mostrar afecto o que las personas tengan que comportarse con frialdad.

De hecho, enseñar al perro a esperar puede favorecer una convivencia más sencilla. Un animal que aprende a controlar sus impulsos tendrá más herramientas para enfrentarse a otras situaciones en las que también puede aparecer una elevada excitación, como recibir visitas, salir a pasear o encontrarse con otros perros.

La educación, por tanto, no consiste únicamente en enseñar órdenes concretas. También implica ayudar al animal a entender qué comportamientos tienen consecuencias positivas y cuáles no le permiten conseguir lo que busca.