Estefanía Grijota
Publicada

Basta con sacar el móvil un segundo para empezar a deslizar el dedo y hacer scroll infinito por una sucesión de noticias, vídeos, memes, stories o publicaciones en redes sociales.

En unos segundos, el algoritmo nos lleva de contenidos de entretenimiento a información sobre guerras, crisis económicas o catástrofes naturales sin apenas darnos cuenta.

Ese consumo continuo, especialmente cuando predominan las noticias negativas, tiene un nombre: doomscrolling.

Se trata de un término definido por el diccionario de Cambridge, como el hábito de pasar largos periodos de tiempo desplazándose por estos contenidos en internet, aun cuando esto provoca emociones como ansiedad, tristeza o angustia.

Lejos de ayudar a sentir que se está más informado, puede llegar a ser un hábito que mantiene al cerebro en un estado constante de alerta y alimenta la percepción errónea de que seguir leyendo permite recuperar el control sobre la incertidumbre.

La información rápida y masiva mantiene a una gran parte de la población pegada a sus dispositivos. iStock

¿Por qué el cerebro se engancha tan rápido a lo malo? Y, sobre todo, ¿qué efectos tiene cuando se convierte en un hábito diario?

"El doomscrolling duerme y a la vez pone en alerta el cerebro a corto plazo, generando picos de ansiedad a largo plazo, sobre todo cuando se hace de manera habitual", asegura Gema Fernández-Blanco, psicóloga experta en Tecnologías y Doctora en Creatividad Aplicada.

Para esta experta, el consumo descontrolado de malas noticias puede perjudicar funciones cognitivas esenciales, como la atención, la memoria, el descanso y la capacidad de aprender: "Afecta directamente a los procesos de atención, descanso y memoria. Al igual que tiene un impacto en el pensamiento crítico y los procesos de aprendizaje".

Falsa sensación de control

La psicóloga educativa y directora del centro privado de psicología Silvia Álava Reyes explica que "cuando navegamos por las redes sin control y estamos más tiempo del necesario puede afectar a nuestra manera de interpretar la realidad, porque lo vemos con ese sesgo de negatividad y nos puede costar más regular las emociones, incluso, generar una mayor incertidumbre".

Según esta especialista, no se trata de una falta de voluntad, sino de la forma en que también se venden las informaciones. "Muchas están hechas para hackear la atención del cerebro y para que uno quiera saber más y más y dejar con esa sensación de que cuanto más sepa mayor control tengo. En realidad, ocurre todo lo contrario", destaca.

El último estudio del Instituto Reuters de 2026 informa que hasta el 37% de los españoles evita las noticias, y la revista científica ScienceDaily ha publicado datos a nivel mundial donde se afirma que el 40% dice hacerlo con frecuencia, la cifra más alta jamás registrada.

"Una cosa es informarse y otra hacer doomscrolling. Mientras que lo primero implica una búsqueda consciente con una intención concreta, lo otro suele caracterizarse por un consumo rápido y repetitivo de contenidos, especialmente titulares que buscan captar nuestra atención y generar un impacto emocional inmediato", expresa la psicóloga especializada en terapias contextuales, Andrea Acuña.

De acuerdo a la experta, esto ocurre porque las plataformas digitales están diseñadas para mostrarnos contenidos que tienen más probabilidad de captar nuestra atención.

"Los que suelen generar emociones intensas como miedo, indignación o preocupación favorecen una mayor interacción, como dar 'me gusta' o comentar el desacuerdo, por lo que podemos acabar expuestos de forma repetida a información e interacciones con una elevada carga emocional", comenta.

Por su parte, Gema Fernández expone que "hacemos scroll de manera compulsiva, sin importar que la noticia sea positiva o negativa, es un proceso adictivo dentro del condicionamiento estímulo-respuesta. Cuanta más incertidumbre, más ganas de controlar la situación con más datos. Es un loop que puede ser infinito debido a la manera en que las plataformas están diseñadas".

"Lo bueno es que, cuando se reduce el tiempo de uso de las plataformas la adicción se reduce, se recupera la atención, la memoria y el sentido crítico, mejorando así la calidad de vida", precisa.

Las mujeres tienen más tendencia a este fenómeno. iStock

Los perfiles más vulnerables

Existen factores que hacen que algunas personas sean más propensas a desarrollar este hábito. "Si tienen tendencia a la ansiedad, a la rumiación o los perfiles obsesivos pueden utilizar la búsqueda constante de información como una forma de reducir la incertidumbre", continúa Andrea Acuña.

"Preocuparnos por algo nos da una sensación momentánea de control, pero mantiene activado el sistema de alerta y dificulta que podamos procesar emocionalmente aquello que estamos viendo y darle una salida", añade.

"Muchas veces no son tanto las noticias en sí mismas lo que genera malestar, sino la acumulación de impactos emocionales sin un espacio posterior para comprender, integrar o actuar sobre ellos. Esto puede acabar produciendo fatiga emocional, saturación e incluso una cierta desconexión afectiva como mecanismo de protección", explica Acuña.

"Cualquiera puede desarrollar este hábito, pero las cosas negativas tienen una capacidad especial para captarlo porque nuestro cerebro prioriza esa información como diciendo: 'Esto es muy importante'", apostilla Silvia Álava.

Y puntualiza: "Hay personas que son más vulnerables que otras, pero si pasas por momentos de estrés, soledad o incertidumbre es más fácil que te quedes enganchada".

Perfiles con gran empatía y una alta sensibilidad pueden tener mucha más facilidad para conectar emocionalmente con determinadas noticias y sentirlas como algo cercano. "Estas características implican un mayor coste cuando no están acompañadas de límites y de capacidad de respuesta", argumenta Silvia Álava.

Las madres están más apegadas a las noticias. iStock

Educadas hacia los cuidados

Un sector de la población con tendencia hacia ese consumo excesivo son las madres: "Estar informadas puede ayudar, pero en ocasiones se transforma en una búsqueda de perfección: intentar hacerlo todo bien, conocer todas las necesidades, anticipar los riesgos, una misión imposible que genera frustración y desgaste, además de ser una fuente constante de exigencia y culpa".

"Muchas mujeres han sido educadas para asumir una mayor responsabilidad hacia el cuidado, la atención a las necesidades de otras personas y la identificación emocional. Esa socialización puede traducirse en una mayor autoexigencia a nivel social y relacional, y en esos casos puede aparecer una sensación de impotencia, agotamiento o incluso una visión más amenazante del mundo", precisa.

Si bien, las noticias en general suelen tener un sesgo hacia lo negativo, un estudio publicado en la revista Personality and Individual Differences encontró una mayor propensión al doomscrolling en mujeres, sobre todo cuando coexisten síntomas de ansiedad o depresión.

"El cerebro presta más atención a aquello que puede suponer una amenaza, por lo que, si nuestro consumo informativo está compuesto mayoritariamente por situaciones de daño, podemos acabar percibiendo la realidad como más peligrosa de lo que es en su conjunto", dice la psicóloga.

"Si estamos expuestos de manera continuada a sucesos alarmantes, el cerebro interpreta 'estoy en peligro' y nuestro organismo reacciona con una respuesta de estrés elevada. Todo ello favorece la coexistencia de irritabilidad, ansiedad, tristeza y una sensación de impotencia y rumiación que puede dificultar la capacidad de concentración e, incluso, el sueño", agrega Álava.

En definitiva, cuidar de la salud mental no implica dejar de leer malas noticias, sino de hacerlo de manera más consciente: "Preguntarse para qué la consumimos, qué podemos hacer con ellas y cuándo necesitamos poner límites", apunta Álava.

La incertidumbre nos saca de nuestra ventana de tolerancia y al cerebro le cuesta dejar las cosas abiertas, por eso se engancha y la información nunca se queda cerrada.

"El alivio que proporciona es breve, porque en seguida quieres más. Hay que aprender a tolerar una cierta incertidumbre, pero también reconocer que tener más datos no significa tener más control", concluye.