Los negocios españoles están sufriendo un mercado de subidas constantes de precios que, en muchas ocasiones, es muy difícil asumir. Pero también existe una parte de esos trabajadores que han sabido llevar a cabo una estrategia diferente.
Es el caso de Rafa Crespo Figueira, un churrero gallego que lleva 15 años cobrando 2 euros por una docena de churros, una tarifa que le ha permitido fidelizar a clientes de varias localidades coruñesas.
Natural de Fruíme, en el municipio de Lousame, Rafa tiene 33 años y comenzó a trabajar en el sector cuando apenas era un adolescente. Primero ayudaba en una pulpería ambulante que también preparaba churros y, al cumplir los 18 años, decidió poner en marcha su propio negocio.
Acababa de obtener el permiso de conducir cuando fundó la Churrería Rafa. Desde entonces, su puesto se ha convertido en una presencia habitual en mercados, ferias y fiestas populares de Galicia. Los registros comerciales y municipales confirman su actividad ambulante en Lousame y su participación en eventos de municipios como Padrón.
Toda una vida
Rafa dispone actualmente de un food truck que le permite trabajar protegido de la lluvia. Sin embargo, reconoce que continúa prefiriendo el puesto tradicional porque puede estar más cerca de quienes esperan frente a la churrería.
Durante los meses de invierno mantiene paradas habituales en los mercados de Noia, Boiro y Padrón. En algunas ocasiones también se desplaza hasta Ribeira, siguiendo un calendario que obliga a preparar la maquinaria, transportar el material y montar el negocio en cada ubicación.
Entre semana suele trabajar acompañado por otra persona. La situación cambia cuando llega el verano, los fines de semana o las fiestas importantes, momentos en los que puede necesitar un equipo de hasta siete trabajadores para atender dos puestos.
Su negocio cuenta con tres empleados contratados de manera habitual. Aun así, asegura que las manos no siempre son suficientes: "Llevo 15 años vendiendo a dos euros la docena, tengo tres empleados y aun así no damos abasto".
El puesto puede alcanzar los siete metros de longitud en las jornadas con mayor actividad. Tras la imagen sencilla de una churrería ambulante hay horas de preparación, desplazamientos, montaje, limpieza y elaboración continua de masa.
Colas desde primera hora
Rafa no lleva una cuenta exacta de cuántas unidades prepara en una mañana especialmente intensa. Cuando le preguntan por sus ventas, responde que pueden ser "miles", una cifra que ayuda a entender las colas que se forman frente a su negocio.
Uno de los días más exigentes del año es el 1 de enero en la Alameda de Noia. Para responder a la demanda instala dos puestos y moviliza a siete personas, aunque reconoce que incluso con ese despliegue resulta complicado atender con rapidez a todos los clientes.
Noia es precisamente uno de sus principales mercados. Rafa acude allí los jueves y los domingos, y la lluvia no suele impedir que los vecinos esperen para comprar sus churros recién hechos. La Voz de Galicia describe las colas como una constante alrededor de su puesto.
El precio ayuda a explicar parte del éxito, pero no es el único factor. El churrero también presta atención a los ingredientes, al estado de la masa y al trato con quienes se acercan al mostrador.
Además, se ha impuesto una norma que considera fundamental: no entregar nunca el producto frío. Los churros deben salir calientes, incluso cuando esto obliga a los clientes a esperar unos minutos más.
Facturación no significa beneficio
Las informaciones publicadas sobre su negocio sitúan su facturación anual en torno a los 60.000 euros. Esa cantidad corresponde a los ingresos obtenidos por las ventas y no al dinero que finalmente queda en el bolsillo del propietario.
De esa cifra deben descontarse los salarios, las cotizaciones, el combustible, la materia prima, el mantenimiento de los vehículos y la maquinaria, los seguros y las tasas necesarias para instalarse en ferias y mercados.
El caso de Rafa demuestra que un producto económico puede sostener un negocio cuando existe una elevada rotación. Su modelo no depende de cobrar mucho por cada pedido, sino de vender grandes cantidades y conseguir que los clientes regresen.
