Con solo 19 años, Lamine Yamal acaba de conquistar la Copa del Mundo con la selección española. El extremo fue una de las grandes figuras del campeonato y tuvo que enfrentarse, además, a uno de los momentos más simbólicos de su carrera: jugar el partido decisivo contra Leo Messi, el futbolista al que siempre ha señalado como uno de sus grandes referentes.
Durante los primeros minutos del encuentro, la presión pareció hacerse notar sobre el joven internacional, que tardó en mostrar la soltura con la que había deslumbrado durante el resto del torneo. Sin embargo, superó ese inicio y volvió a demostrar la personalidad que lo ha convertido en una de las mayores promesas —y ya también realidades— del fútbol mundial.
Aunque la final fue el mayor escaparate de esa presión, no es la única situación a la que se enfrenta el futbolista. Desde hace años convive con la atención mediática, unas expectativas cada vez más elevadas y el papel de su entorno más cercano, especialmente el de su padre, Mounir Nasraoui.
Sobre esa influencia ha reflexionado la psicóloga Lara Ferreiro, que analiza cómo puede surgir de forma inconsciente lo que denomina un "mandato de éxito" en deportistas de élite.
El éxito precoz también exige una fortaleza emocional
Convertirse en campeón del mundo antes de cumplir los 20 años es un logro reservado a muy pocos deportistas.
En el caso de Lamine Yamal, ese éxito llega además después de varios años acumulando récords de precocidad tanto con el FC Barcelona como con la selección española, lo que ha provocado que la atención sobre su figura no haya dejado de crecer prácticamente desde su debut.
Ese reconocimiento tiene una evidente cara positiva: el futbolista disfruta del respaldo de la afición, del reconocimiento internacional y de una carrera que apunta a marcar una época.
Sin embargo, la psicología deportiva lleva años advirtiendo de que el éxito temprano también puede convertirse en una fuente de presión cuando el deportista todavía está construyendo su identidad personal y emocional.
Cada partido de Lamine Yamal es analizado con enorme detalle. Sus actuaciones ocupan titulares, generan miles de comentarios en redes sociales y alimentan un debate constante sobre su presente y, sobre todo, sobre el futuro que le espera.
Esa exposición permanente obliga al jugador a convivir con expectativas extraordinariamente elevadas para alguien que apenas acaba de alcanzar la mayoría de edad.
Es precisamente ahí donde la psicóloga Lara Ferreiro sitúa uno de los principales riesgos. Según explica, el problema aparece cuando el joven empieza a percibir que su valor personal depende únicamente de seguir ganando o de mantener un rendimiento sobresaliente.
El reconocimiento social puede ser saludable mientras se interprete como consecuencia del trabajo realizado, pero deja de serlo cuando termina condicionando la autoestima o la forma en que una persona se relaciona consigo misma.
Dentro de ese análisis, la especialista introduce un concepto habitual en psicología: el llamado "mandato de éxito".
Se trata de una presión que puede surgir de forma inconsciente dentro del entorno familiar cuando los padres proyectan sobre sus hijos expectativas muy elevadas o depositan en ellos aspiraciones que ellos mismos no pudieron alcanzar.
Ferreiro subraya que esa situación no suele responder a una mala intención. Al contrario, normalmente nace del orgullo, del deseo de ofrecer oportunidades y de la ilusión por ver triunfar al hijo.
El problema aparece cuando el menor interpreta que no solo puede tener éxito, sino que está obligado a conseguirlo para responder a las expectativas familiares.
En ese sentido, la psicóloga afirma que es su padre quien puede "puede generar de manera inconsciente" este mandato de éxito, poniendo como ejemplo un fenómeno que puede darse en muchas familias de deportistas de élite.
Según explica, existe el riesgo de que el joven llegue a sentir que no puede fallar porque una parte importante de su valor depende de seguir acumulando éxitos.
A esa realidad se suma otro concepto psicológico al que Ferreiro hace referencia: la identidad vicaria. Este término describe aquellas situaciones en las que una persona experimenta los logros de otra como si fueran propios.
En el ámbito familiar, puede ocurrir cuando el éxito de un hijo pasa a convertirse también en una fuente de autoestima, reconocimiento social e incluso de sentido vital para quienes forman parte de su entorno más cercano.
La especialista explica que, cuando esta dinámica se consolida, el deportista puede sentir que sus resultados ya no afectan únicamente a su carrera profesional, sino también al bienestar emocional de toda la familia.
Esa percepción incrementa la carga psicológica porque cada victoria parece confirmar las expectativas del entorno, mientras que cada derrota puede vivirse como una decepción colectiva.
Ferreiro insiste en que acompañar a un hijo durante su desarrollo deportivo resulta fundamental y constituye una parte imprescindible del proceso de formación.
No obstante, considera importante establecer una diferencia clara entre apoyar al joven y convertir sus resultados en el eje sobre el que gira la identidad familiar.
Las investigaciones en psicología deportiva respaldan esta preocupación. Diversos estudios han observado que los jóvenes deportistas que perciben una presión familiar elevada presentan con mayor frecuencia síntomas de ansiedad, perfeccionismo y miedo al fracaso.
En estas circunstancias, los errores dejan de entenderse como una parte natural del aprendizaje para convertirse en fracasos personales que resultan mucho más difíciles de gestionar.
Ese perfeccionismo puede afectar incluso al rendimiento deportivo. Cuando el futbolista siente que cualquier fallo tendrá consecuencias más allá del terreno de juego, aumenta la tensión con la que afronta cada competición y disminuye la capacidad para disfrutar del deporte, un elemento que los especialistas consideran esencial para mantener un desarrollo saludable.
