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En 1938, en el umbral de la Segunda Guerra Mundial y con el mundo aún resentido por la Gran Depresión, la Universidad de Harvard inició una investigación sin precedentes: el Harvard Study of Adult Development. Sus científicos decidieron monitorear la vida de más de 700 jóvenes para ver qué determinaba realmente que un ser humano envejeciera con plenitud.

A lo largo de más de ocho décadas, el estudio registró minuciosamente la biografía de dos grupos opuestos: por un lado, jóvenes criados en los barrios más vulnerables de Boston y, por otro, participantes de la élite académica entre los que figuraban el futuro presidente John F. Kennedy o el que llegaría a ser director de The Washington Post, Ben Bradlee.

A medida que la ciencia avanzaba, los historiales de todos ellos acumularon pruebas médicas. Al analizar a quienes llegaron a los 80 más sanos, los científicos descubrieron que las relaciones sociales de estos a los 50 habían tenido una "gran influencia" en su salud, como explicó el director del estudio, Robert Waldinger, a la Gaceta de Harvard.

El estudio más longevo de la historia demostró que ni el éxito ni la genética nos protegen del deterioro, y que tejer redes de afecto puede llegar a ser una de las mejores pautas de medicina preventiva a nuestro alcance. Ya lo decía en el siglo IV a.C. Aristóteles, "nadie elegiría vivir sin amigos" ni aunque pudiera tener el resto de comodidades del mundo.

Pero trasladar la evidencia científica a la realidad cotidiana no siempre es fácil; si bien la teoría demuestra que las relaciones salvan vidas, no nos engañemos: construirlas a partir de los 50 o 60 años resulta más difícil que durante la juventud, cuando el paso por el instituto, la universidad o los primeros empleos genera un escenario natural de cambio constante.

Dos amigas dándose un abrazo. iStock

Al alcanzar la madurez, la trayectoria laboral tiende a estabilizarse, como también lo hacen los lugares de residencia y los círculos sociales. Y, cabe destacarlo, en muchos casos se suma una barrera estructural que afecta a hombres y mujeres, aunque especialmente a las segundas: la sobrecarga de la conocida como 'generación sándwich'.

Según datos del Observatorio Cinfa de los Cuidados, el perfil a cargo de la atención familiar en España suele ser el siguiente: tiene 49 años y, en el 64,2% de los casos, es mujer y cuidadora principal frente al 35,8% de varones. En tres de cada cuatro (75,6%), los mayores a los que atiende son el padre o la madre, y en cuatro de cada diez (41,9%) esta convive con ellos.

A diario, millones de personas se ven atrapadas en un malabarismo logístico y emocional, repartiendo sus jornadas entre la crianza de hijos que se independizan cada vez más tarde y el cuidado de ancianos, justamente en un contexto en el que la esperanza de vida va en aumento —este país tiene una de las más generosas del mundo—.

Amistades en la madurez

En este frenético día a día donde las horas parecen agotarse a ritmo impasible, el tiempo para el ocio o la socialización es el primero en sacrificarse. Mariola Feliz, psicóloga, neurocientífica, sexóloga y autora del libro Irresistible desde tu poder (Universo de Letras, 2026) atiende a esta revista para explicar lo que observa a diario en la práctica clínica.

"En consulta veo que muchas mujeres creen que buscan nuevos lazos, cuando en realidad lo que están buscando es recuperar una parte de sí mismas", explica. A partir de los 50 o 60 años, muchas atraviesan un momento de transición vital: los hijos cambian sus necesidades, se roza la jubilación, se afrontan separaciones o pérdidas de seres queridos...

Otras veces, sencillamente, "sienten que ha llegado el momento de preguntarse quiénes son más allá de los roles que han desempeñado durante décadas", dice, y es en este contexto precisamente donde "las amistades adquieren un valor que va más allá del ocio". Son, en sus palabras, "un espacio de apoyo, de pertenencia y de validación".

Dos mujeres riéndose en medio de una comida. iStock

La razón parece evidente: con las amigas es posible tener conversaciones que permiten expresar preocupaciones, miedos o ilusiones que a veces no se comparten con la pareja ni con la familia. "Sentirse escuchadas y comprendidas tiene un enorme efecto protector sobre la salud emocional", subraya la especialista.

La psicóloga explica a Magas que muchas pacientes llegan a su consulta por desgaste más que por sentirse solas: "Después de años dedicando su energía a cuidar de los demás, descubren que han dejado en segundo plano sus relaciones, sus intereses e incluso partes importantes de su identidad".

De ahí que crear nuevas conexiones se acabe convirtiendo en "la vía para volver a encontrarse consigo mismas". Desde la neurociencia, Feliz recuerda que la desconexión social pasa una factura biológica real: "Nuestro cerebro es un órgano social, diseñado para vincularse, cooperar y sentirse parte de un grupo".

El aislamiento prolongado incrementa el sufrimiento emocional y afecta a la salud física. "No es casualidad que, a lo largo de la historia, se haya utilizado como forma de castigo", apostilla. Por eso, del mismo modo que recomendamos hacer ejercicio o comer bien, deberíamos dar la misma importancia a cultivar relaciones.

Lo justifica así: "La amistad no es un lujo ni un complemento; es una necesidad humana y una de las mejores inversiones en nuestro bienestar y nuestra calidad de vida. Las relaciones sociales actúan como un importante factor protector, en tanto que amortiguan el impacto del estrés, fortalecen la autoestima y contribuyen a una mayor longevidad".

Respecto al freno que sienten muchas mujeres al intentar ampliar su red relacional, Feliz es tajante sobre cómo funciona la mente: "Muchas desean hacerlo pero se frenan por miedo a sentirse fuera de lugar o a pensar que 'ya es tarde'. Sin embargo, la experiencia demuestra que la confianza no aparece antes de dar el paso, sino después".

La recomendación de la especialista es pasar el trago incómodo de atreverse a actuar en primer lugar y después, poco a poco, el cerebro irá construyendo la seguridad. No hay nada que perder, pero sí mucho que ganar, porque "en muchas ocasiones, ampliar el círculo social también nos ayuda a recuperar la mejor versión de nosotras mismas", concluye.

La necesidad de conectar

Esta perspectiva sobre el impacto del entorno relacional coincide con los hallazgos de la medicina de la longevidad. El doctor Ángel Durántez, médico pionero en este campo en España, sitúa la red de afectos en el podio de los pilares para envejecer bien, por encima de los factores hereditarios, como bien plantea en una entrevista reciente para esta revista.

Nunca es tarde para crear nuevas conexiones o reconectar con antiguos conocidos, recomiendan los expertos. iStock

"En el plano de la salud mental y emocional, tener una buena red relacional (pareja, familia, amistades) juega un papel crucial; yo lo pondría entre los primeros pilares fundamentales", afirma. Y añade que precisamente esta "es la característica principal de las llamadas 'zonas azules', los lugares del mundo donde históricamente se ha vivido más".

"Más allá de las revisiones recientes sobre los registros de edad, lo valioso de esas comunidades es su estilo de vida: zonas donde la gente no tenía estrés, socializaba muchísimo y compartía su día a día con los vecinos de forma natural", amplía el doctor Durántez.

El especialista aclara el peso real de los genes en el número de años que cumpliremos: "Distintos estudios demuestran que la genética sólo influye entre un 7% y un 10%. Es un porcentaje muy pequeño que suele sorprender, porque tendemos a pensar que el destino de nuestra salud está escrito en nuestro historial familiar".

"La genética se vuelve un factor potente y fuerte únicamente en aquellas personas excepcionales que logran sobrepasar los 95 o los 100; ellas sí tienen una ventaja particular. Pero para la gran mayoría, lo que manda es el estilo de vida", recalca este pionero de la longevidad al frente de la Clínica Neleva, en Madrid.

La necesidad de vincularse no es una construcción cultural exclusiva de los humanos; de hecho, es un rasgo grabado en la historia evolutiva y explica, entre otras cosas, nuestro amor por las mascotas. ¿Sabe el lector que los monos también tienen amigos de otros grupos animales? Así lo confirmó un estudio liderado por la Universidad de Oxford.

Publicado el 21 de julio, analizó 427 interacciones entre 88 tipos de primates y 127 especies compañeras, y mostró que conductas como el juego, el acicalamiento o el cuidado recíproco entre individuos de distinto linaje —por ejemplo, macacos rhesus y perros domésticos— responden a un impulso social primario basado en la empatía y la curiosidad.

Un refugio seguro

Volviendo a poner el foco en los humanos, vencer las inercias de la madurez puede requerir herramientas concretas para superar la timidez o la vergüenza inicial. Vanesa García Millán, codirectora del centro Mind Psicólogos, destaca cómo la amistad entre mujeres se transforma en un "refugio seguro" frente a las presiones del hogar.

"Esta permite hablar desde un lugar de confianza y desde experiencias compartidas. Hay cuestiones que no se expresan en casa o con la pareja por miedo a ser juzgadas, preocupar o generar un conflicto", explica. Y no es que el compañero sentimental no sea suficiente, es que "puede que no comprenda plenamente lo que está viviendo", aclara.

"A veces sólo necesitamos sentirnos escuchadas y acompañadas", dice, y es que "mostrar vulnerabilidad y disfrutar juntas" es lo que convierte a la amistad en una fuente enorme de bienestar. Por eso, para aquellas que desean dar el paso pero no saben cómo empezar, la codirectora de Mind Psicólogos sugiere pautas que coinciden con las de Feliz.

La primera es buscar planes en grupo y aceptar que sentir cierto reparo es completamente normal: "Cuando somos adultas, pensamos que todo el mundo acudirá a una actividad acompañado y que seremos 'la nueva' o que no sabremos con quién hablar. Pero la realidad es que muchas mujeres que van solas precisamente buscan conocer gente".

Apuntarse a un taller de pintura, lectura, baile o a cualquier otra actividad en grupo puede ser una forma estupenda de conocer gente afín. iStock

Una vez asumido esto, conviene tener en cuenta la regla de los pequeños pasos. "Una buena estrategia es no plantearse el objetivo de hacer amigas desde el primer día. Es mucho más sencillo proponerse algo pequeño: 'Voy a ir una vez y voy a hablar con una persona'", recomienda la especialista.

Las actividades en grupo son un "puente para iniciar conversaciones", dice, en la medida en que si una se inscribe en talleres de pintura, baile, senderismo o clubes de lectura, probablemente se topará con otras personas con gustos en común. Así, estos planes pueden servir de excusa natural para charlar con alguien afín sin forzar situaciones.

Una vez superado el miedo al rechazo, otro aspecto a evitar es la comparación con el pasado. "A veces tendemos a pensar que las amistades actuales deberían tener la misma intensidad o facilidad que las que tuvimos en la juventud, pero las adultas tienen otro ritmo", explica la experta, hilando esto último con su recomendación final.

"Estos vínculos rara vez aparecen de forma instantánea. Suelen construirse a través de encuentros repetidos y gestos pequeños. Ir varias veces al mismo sitio, saludar, proponer un café o decir: '¿Te apetece que volvamos juntas la próxima semana'? es más efectivo que esperar a que surja una conexión espontáneamente", sugiere la psicóloga.

Una clase de baile con participantes de distintas edades. iStock

García concluye que las etapas de cambio —como la partida de los hijos, que puede derivar en el síndrome del nido vacío— no deben vivirse sólo como una pérdida: "Ese espacio que queda libre puede verse como un lugar listo para llenar de nuevas experiencias. Tener más de 50 significa que podemos empezar a elegir nuestra vida social de forma consciente".

Cuidado con relaciones nocivas

En este proceso de apertura social, cabe introducir un matiz, y es que tan dañino puede ser el aislamiento como mantener vínculos tóxicos en el círculo cercano. La madurez exige seleccionar con rigor en quién se invierte la energía emocional, porque una ya no es tan fácil de influenciar como en edades más tempranas en las que el deseo es encajar en una pandilla.

El pasado 18 de febrero, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de California en San Francisco reveló que convivir con personas difíciles o desgastantes (hasslers) "afecta de manera desproporcionada a las personas con mayor vulnerabilidad social y de salud, además de asociarse con un envejecimiento biológico más rápido".

El análisis señala que casi un 30% de la población mantiene al menos a una persona altamente estresante en su red social inmediata. La exposición continuada a la hostilidad, el drama o la crítica constante de estos perfiles incrementa la inflamación sistémica y el estrés crónico de forma similar a otros hábitos perjudiciales.

Por ello, la clave para cultivar relaciones pasados los 50 está en buscar personas que aporten. Como resume Vanesa García Millán, "no se trata de acumular una agenda de personas, sino de encontrar a aquellas con las que podamos sentirnos nosotras mismas, compartir y disfrutar. Nunca es tarde para construir vínculos nuevos".

Alianzas que inspiran

La necesidad de crear y mantener vínculos a lo largo de las décadas se refleja en todos los espacios de la vida, desde las terrazas de las cafeterías de barrio hasta industrias tan competitivas como Hollywood, donde parece más fácil que una amistad resista el paso del tiempo a que lo haga una relación sentimental.

Es el caso de Drew Barrymore y Cameron Diaz, cuyos lazos surgieron en el rodaje de Los ángeles de Charlie. Una complicidad que también une a Jane Fonda y Lily Tomlin desde hace cuatro décadas, hasta tal punto que, desde 2015 hasta 2022, se dedicaron a plasmar la alianza entre mujeres sénior en la exitosa serie Grace and Frankie.

Fonda y Tomlin en la comedia televisiva original de Netflix. IMDb

Otro caso conocido es el de Jennifer Aniston y Reese Witherspoon —también protagonistas de The Morning Show—. La de Friends también preserva su unión inquebrantable con su compañera de reparto Courteney Cox. Tanto ellas como Matt LeBlanc, Lisa Kudrow, David Schwimmer y el fallecido Matthew Perry hacen digno honor al título de la serie.

Todas estas historias confirman lo que las investigaciones de las universidades más prestigiosas, la medicina de la longevidad tan en boca de todos y la psicología clínica defienden: las relaciones de calidad deben elegirse con criterio y cuidarse a diario, porque son las mejores aliadas para proteger la salud y conectar con la mejor versión de una misma.