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La presencia femenina en sectores como la carpintería continúa siendo minoría en España. Según los últimos datos, apenas unas 15.000 mujeres trabajan actualmente en actividades relacionadas con la madera, una cifra que equivale a poco más del 16 % del empleo total.

Precisamente en un ámbito como este en el que la mayoría de profesionales siguen siendo hombres, historias como la de Marina González ayudan a romper estereotipos. Y es que con tan solo 27 años, esta asturiana ha convertido la pasión que descubrió cuando era una niña en su profesión.

Así lo describía recientemente en una entrevista a La Voz de Asturias, donde esta asturiana recuerda que su vínculo con la madera comenzó mucho antes de empezar a formarse: "Me crie prácticamente entre virutas. Desde bien pequeña visitaba el taller de mi familia para entretenerme. En vez de jugar con las muñecas, prefería encolar tablas porque me lo pasaba muy bien", asegura.

Una tradición familiar

La carpintería siempre ha estado muy presente en la vida de Marina. Su bisabuelo se dedicaba a talar árboles en el monte, su abuelo trabajó toda la vida como carpintero y, años después, su padre decidió abrir un taller junto a él cuando pudo reunir los ahorros necesarios.

Fue precisamente crecer rodeada de herramientas, tablones y virutas, lo que hizo que desarrollara una afición que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en una vocación. Aunque en casa no todos veían igual su futuro profesional, ella tenía muy claro el camino que quería seguir.

Mientras su abuelo la animaba a continuar con el negocio familiar, su padre prefería que siguiera estudiando y buscara otra salida laboral. Sin embargo, Marina nunca dejó de tener claro cuál era su sitio: "A mí lo que me gustaba era esto", recuerda al hablar del momento en el que terminó la ESO.

La formación que marcó el inicio de su carrera

Después de finalizar la Educación Secundaria, buscó junto a su abuelo un centro donde pudiera aprender el oficio de forma profesional. Finalmente se matriculó en el Ciclo Formativo de Grado Medio de Carpintería y Mueble en Gijón, porque consideraba que era una de las formaciones más completas.

De hecho, estaba tan decidida que reconoce que primero formalizó la matrícula y solo después comunicó la decisión a su padre. Unos primeros años de aprendizaje, en los que asegura que su abuelo fue una "figura clave".

Y es que, además de enseñarle a tallar madera o mantener en perfecto estado herramientas como los formones, le transmitió algo que considera imprescindible para cualquier carpintero: "Me enseñó a tallar, a afilar los formones… y, sobre todo, a ser muy prudente con las máquinas".

Abrirse camino en un sector masculinizado

Al terminar sus estudios, Marina esperaba incorporarse rápidamente a un taller. Sin embargo, la realidad fue bien distinta. Durante una primera etapa se vio obligada a trabajar en grandes almacenes dedicados a materiales de construcción porque no encontraba empresas del sector interesadas en contratarla.

Ella misma cree que el hecho de ser mujer influyó en esa falta de oportunidades. "Lo de ser mujer y carpintera no está muy bien visto", asegura. Sin embargo, con el tiempo decidió emprender por su cuenta y empezar a realizar todo tipo de trabajos de carpintería.

Aunque hoy cuenta con numerosos clientes, reconoce que en más de una ocasión no ha sido fácil. De hecho, recuerda que algunas personas se sorprendían cuando llegaba a una vivienda, porque esperaban encontrarse con un hombre. Incluso confiesa que llegó a vivir experiencias desagradables, como la de una clienta que llegó a faltarle al respeto nada más verla.

Aún a pesar de las dificultades, reconoce que está "muy feliz porque puedo trabajar en lo que realmente me apasiona". Asegura que nunca se ha arrepentido de la decisión que tomó siendo adolescente.

Actualmente trabaja como autónoma y reconoce que no siempre resulta sencillo. La incertidumbre económica, las obligaciones fiscales o la preocupación por llegar a final de mes forman parte del día a día de cualquier pequeño negocio en España y también el suyo.

Aún así, Marina González tiene claro que volvería a elegir el mismo camino. Su historia demuestra que, aunque abrirse camino en la carpintería sigue siendo un reto para muchas mujeres, cada vez son más quienes están rompiendo barreras en un oficio donde la pasión y el talento pesan mucho más que el género.