Cuando las vacaciones se esperan con ansias, sobre todo desde que la idea de estar un mes fuera de la oficina —o el lugar de trabajo correspondiente— dejó de ser una realidad para antojarse un sueño, cualquier plan ajeno que se atisba a través de las redes sociales se antoja deseable. Da igual lo que sea, pero al menos no se está atado a un ordenador o a un teléfono.
Igualmente, este consumo del tiempo libre del otro y el complicado disfrute del propio presentan otro problema: las expectativas. Cuando llega el momento de decirle adiós a la rutina, si se cae en la comparación, todo parece poco.
No obstante, la tendencia del consumo de los clásicos pasatiempos, los cuadernos de verano o ponerse a hacer pulseras de hilo o abalorios destapa otra verdad: la necesidad de decirle adiós a la inteligencia artificial, las plataformas y, en definitiva, a determinados dispositivos para conectar con algo que de verdad tenga sentido en el momento.
Y es que a veces la nostalgia —ese sentimiento que es un arma de doble filo—, bien empleada, es una emoción poderosa para que el resto también se desate. Un viaje controlado a la infancia, desde el presente y con propósito de futuro, tiene más sentido del que podría parecer.
Desconectar tiene nuevo significado
Es imposible negar que estamos más cerca que nunca. Sin embargo, esas distancias que a veces se acortan con determinadas herramientas también suponen una lejanía con quienes tenemos al lado.
Esta paradoja que puebla a sus anchas en el día a día, por supuesto se traslada al periodo vacacional: se desea descansar casi por encima de todas las cosas, pero es complicado salir del bucle de la hiperconexión cuando el teléfono se convierte en la alternativa de ocio perfecta para niños y adultos.
"Hoy en día nos vamos de vacaciones con el correo del trabajo en la mano, comprobando notificaciones mientras tomamos el sol y consumiendo vídeos cortos sin parar. El móvil nos tiene atrapadas en un estado de hiperestimulación constante", explica Ana Calleja, PR Manager del proyecto Cuaderno de Vacaciones de Señoras con WiFi.
Este verano, en la maleta, la protección solar, los numerosos 'por si acaso' y el 'Cuaderno de vacaciones de Señoras con WiFi'.
Esta iniciativa es "un libro de pasatiempos ilustrado que promete convertirse en el accesorio imprescindible de la bolsa de la playa, la piscina o las infinitas horas de espera en el aeropuerto". Su diseño, de estética retro, es toda una declaración de intenciones. Una propuesta que se presenta como una especie de oasis libre de presiones y obligaciones.
Entre sus secciones, "trivials inesperados, tests absurdamente precisos, sopas de letras que se alejan de lo convencional, pruebas de compatibilidad con compañeros de tumbonas o auditorías de bolsos". Altas dosis de nostalgia rebozadas en humor.
"Nuestro cuaderno propone un acto de resistencia muy analógico pero superdivertido. Te ofrece la misma gratificación rápida y el entretenimiento que buscas en el móvil, pero a través del papel, un boli y la risa. Es un refugio", explica Calleja.
Ana Sánchez, psicóloga y CEO de la Clínica Pinsapo, en Sevilla, explica por qué resulta tan tranquilizante esa idea de volver al pasado:
"Los objetos que apelan a la nostalgia funcionan como una fuente de seguridad. Los conocemos, los hemos usado, nos pueden recordar alguna época que ya fue, no por el sentimiento en sí propio de la situación, sino por recuperar la emoción que teníamos en ese momento".
"Cuando nuestra mente está estresada, nos ayuda volver a esa sensación de estabilidad y volver a lo conocido", destaca.
Una nueva visión
Normalmente la añoranza de aquello que ya pasó desprende de una serie de connotaciones negativas. Y es cierto, esta, al igual que la felicidad del momento, también pueden quedar adheridas al recuerdo.
Sin embargo, aquí la emoción cambia de bando y se tiñe de características positivas. La infancia se convierte en un lugar al que volver, pero no con la mirada de entonces, sino desde el ahora y con los conocimientos del presente.
"Nosotras tocamos en el cuaderno muchas memorias colectivas de las que fueron niñas o adolescentes en los 80, los 90 y los 2000. Conectar con quien fuimos a través de pasatiempos, pero riéndonos desde el punto de vista de las adultas que somos hoy es una forma muy sana de abrazar el pasado sin ponernos melancólicas. Es nostalgia, sí, pero de la que te hace sonreír", detalla Ana Calleja.
La psicóloga Ana Sánchez también está dentro de la tendencia de hacer pulseras.
Con esta idea, de tener como herramienta en estos casos el humor, conecta la explicación de la psicóloga Ana Sánchez: "Es algo que siempre ha servido para combatir el estrés o incluso situaciones complejas, dolorosas. Eso sí, siempre usado con mesura sin llegar a la sátira o a la burla".
"La risa rompe el bucle de pensamiento rumiativo que podamos tener en ese momento, porque al final cambiamos el foco de atención. Al estar más relajados y restarle tensión a la situación, tomamos distancia con el problema y lo vemos desde otro punto de vista. Esto, a su vez, hace que tengamos más claridad mental", comenta la experta.
Para acabar con el estigma de que tener presentes ciertas cosas del pasado tiene que ser por definición algo negativo, Sánchez pone como ejemplo un ejercicio que suele sugerir en consulta: "Cuando estoy en una situación estresante o identificando un bucle de pensamiento rumiativo, la pauta que consiste en elegir una canción que conoces", cuenta.
Por su experiencia, es muy frecuente que ese tema escogido sea uno que venga de atrás. "El caso es sabérsela de memoria. Al tararearla tras reproducirla, le estoy dando a mi cerebro la información de que estamos tranquilos, de que conocemos lo que está pasando y bajamos el nivel de alerta", explica.
Entra manual, sale mental
Al igual que en la final del Mundial 2026 Ferrán Torres sustituyó a Mikel Oyarzábal y fue el revulsivo que necesitó España para que llegase el merecidísimo gol de la victoria, en vacaciones el hecho de hacer cosas con las manos —como esas pulseras de trenzas y abalorios que colorean muñecas y tobillos hasta septiembre— es una forma de descanso mental.
"Estamos ante una tarea que no es una obligación. Se trata de algo que implica unas actividades manipulativas desde un punto totalmente opuesto a lo que se hace en un trabajo que necesita planificación, toma de decisiones o estar en una alerta constante", comenta la psicóloga.
Los pasatiempos vuelven a copar espacio en la maleta y en las jornadas de playa y piscina.
Igualmente, añade que esa concentración relajada que puede venir de la mano de hacer accesorios, punto, macramé, una receta de cocina o escribir cartas es sinónimo de crear algo con un patrón repetitivo donde el error no resulta realmente relevante.
La experta destaca además una pauta sencilla: después de hacer la tarea, va a haber un resultado inmediato. "Es un refuerzo y cumple con el placer a corto plazo", añade.
De entre los hobbies anteriormente enumerados, el regreso de las misivas está siendo especialmente popular. Hace apenas unos días, la creadora de contenido @blancastuff publicó en su cuenta de TikTok —en la que acumula más de 77.000 seguidores— un vídeo sobre sus nuevos colores de cera para sellos.
Este detalle eleva la experiencia, que ya no sólo se queda en la escritura. En el post, ella lo define así:
"A mí me gusta mucho mandar y recibir cartas. Me parece un gesto bonito, como sentarte a prestarle atención a algo que le quieres contar a alguien. Es mucho más emocionante que que te llegue un WhatsApp". Sus palabras hablan de esa necesidad de hacer cosas que anclen al momento y que perduren.
De la pasividad a la actividad
A pesar de que la vuelta a este tipo de propuestas está inundada de nostalgia, no es el único punto que se pone en valor aquí. También aparece la idea de que el consumo pasa de ser pasivo a la creación propia.
Eso al menos destaca Concha Vázquez, una sevillana que vive en Reino Unido y que ha exportado numerosos detalles de su infancia al país británico y también a la crianza de sus hijas, a las que poco a poco está desintoxicando de la crianza con pantallas.
"Si reproduces un vídeo estás contemplando cómo alguien hace algo. Si tú te pones con ello, con una manualidad o un experimento tienes el poder y la oportunidad de tomar decisiones. Y eso engancha", cuenta a Magas.
Además, esa pasividad de la que habla es algo que inunda muchos roles que se ejercen en el entorno laboral, por lo que deshacerse de ella mediante hobbies en el tiempo libre es algo revolucionario en la intimidad. Una especie de reivindicación de lo individual ante lo global.
En el equipaje de Concha y su familia, las herramientas necesarias para hacer pulseras son un 'must'.
No obstante, a Vázquez se le hace imposible que la conversación no pivote también sobre la nostalgia.
"Los mejores veranos de mi vida siempre fueron aquellos que pasé en mi infancia, siendo una niña. El estar en la calle, jugar ahí todo el día era lo más. Hacíamos una tienda con unas pocas piedras y vendíamos hojas. Para mí esto supone reconectar con mi yo de hace 20, 25 o 30 años", explica, mientras que recuerda que es un vía también de conectar con lo sencillo de la vida, con lo que nunca pasa.
Estas perspectivas y reflexiones invitan a pensar algo muy obvio: el lujo —además de detrás de determinados logos y nombres— se encuentra en decisiones y gestos básicos. Sobre todo ahora, que aquello que se presentaba como el día a día hace unas décadas ahora es sinónimo de exclusividad.
Las fotos perfectas han dejado de tener sentido. En historias de Instagram, ya no importa que la imagen sea vertical para llevar la etiqueta de publicable. La idea se encuentra en la premisa de recuperar diferentes formas de lograr estar presentes más que de ir levitando por la vida, besándola de forma fugaz.
Cuando el teléfono deja de ser una articulación más del cuerpo, la curiosidad y la creatividad se abren paso. La vía poco importa: cuadernos de pasatiempos, pulseras de hilo o el regreso a esas canciones que se gritaban al escucharlas en un discman o mp3. La estela es la sensación de que el tiempo vuelve a ensancharse y de que se tiene potestad sobre él.
