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Las mujeres viven más que los hombres. No es una simple frase repetida durante años, sino una realidad respaldada por la ciencia. Las estadísticas muestran que ellas tienen una mayor esperanza de vida y que, además, son mayoría entre quienes superan los 100 años gracias a una combinación de factores biológicos, hábitos de vida y una mayor atención al cuidado de la salud.

Se calcula que en el mundo viven alrededor de 722.000 personas centenarias y entre el 80% y el 88% son mujeres. Muchas de ellas no solo alcanzan esa edad, sino que conservan una autonomía y una vitalidad sorprendentes, demostrando que el envejecimiento no siempre implica renunciar a una vida activa o a mantener las rutinas de siempre.

En Italia vive una de ellas. Se llama Anna Possi, acaba de cumplir 101 años y continúa trabajando cada día en el bar que abrió hace más de seis décadas. Su historia ha despertado el interés dentro y fuera del país, no solo porque sigue detrás de la barra, sino también por una filosofía de vida basada en la moderación, el movimiento diario y la pasión por su trabajo.

La rutina de Anna Possi

Durante años se ha asociado el trabajo en la hostelería con jornadas interminables, un elevado desgaste físico y una presión constante. Madrugar, permanecer muchas horas de pie, atender a decenas de clientes y apenas disponer de tiempo libre son algunos de los factores que suelen hacer de este sector uno de los más exigentes.

Sin embargo, la historia de Anna Possi demuestra que no todas las experiencias siguen el mismo patrón.

Cada mañana, cuando buena parte de Nebbiuno todavía duerme, Anna ya está en marcha. Vive en esta pequeña localidad situada a orillas del lago Mayor, en el norte de Italia, donde regenta el Bar Centrale desde hace 67 años.

Antes incluso de atender a sus primeros clientes, corta la leña que utiliza para calentar el establecimiento y prepara todo para que, alrededor de las seis y media o las siete de la mañana, la cafetera empiece a funcionar.

Su jornada se prolonga hasta las seis de la tarde y, lejos de descansar durante el resto del día, continúa ocupada con otras actividades. Le gusta tejer, consultar la prensa local y seguir la actualidad económica desde el ordenador, una muestra de que mantiene intacta la curiosidad y el interés por lo que sucede a su alrededor.

Cuando le preguntan cuál es el secreto para haber alcanzado los 101 años manteniéndose activa, evita hablar de remedios milagrosos. Tampoco atribuye su longevidad a un alimento concreto. Para ella, la clave está en la sencillez y en no excederse nunca con la comida.

Su desayuno consiste en una taza de té acompañada por una pequeña porción de pastel de manzana elaborado por ella misma con fruta de la zona. Al mediodía apenas toma diez gramos de espaguetis, que prepara con mantequilla o con ajo, aceite de oliva y guindilla, además de una pieza de fruta o un poco de queso. Por la noche suele elegir un puré de alubias y garbanzos para incorporar proteínas vegetales, acompañado de fruta cocida.

"Siempre muy poco de todo", resume cuando le preguntan por su alimentación. Durante años también disfrutó de una copa de vino, aunque dejó esa costumbre después de que le diagnosticaran una hernia de hiato.

Aunque pueda llamar la atención que una mujer de 101 años coma tan poca cantidad de pasta, los especialistas recuerdan que las necesidades energéticas disminuyen con la edad debido a la reducción de la masa muscular y al descenso del metabolismo basal.

Lo importante, explican, no es tanto la cantidad de un alimento concreto como mantener una dieta equilibrada que aporte proteínas, fibra, vitaminas y grasas saludables adaptadas a cada persona.

Aun así, los expertos insisten en que no existe un menú capaz de garantizar una vida tan larga. La alimentación es solo una pieza dentro de un puzle mucho más complejo en el que también intervienen la genética, el descanso, la actividad física, la atención sanitaria y el entorno social.

En el caso de Anna, su entorno cambió cuando tenía apenas 18 años. Tras finalizar sus estudios empezó a trabajar con unos familiares que regentaban restaurantes en Génova y nunca volvió a abandonar la hostelería.

Más tarde abrió, junto a su marido, el Bar Centrale, un establecimiento que ha permanecido abierto durante más de seis décadas y que se convirtió en un auténtico punto de encuentro para los vecinos del pueblo.

Cuando su marido falleció en 1974, muchos pensaron que el negocio cerraría. Sin embargo, Anna decidió continuar sola al frente del local y mantener vivo un espacio que, con el paso de los años, ha terminado formando parte de la historia de Nebbiuno.

De hecho, asegura que apenas ha cerrado el bar durante todos estos años y que solo estaría dispuesta a hacerlo por un motivo muy especial: cumplir uno de los sueños que todavía tiene pendientes y visitar por primera vez Turín junto a su hija Cristina. "Será la única vez", ha llegado a afirmar.

Su historia ha cruzado las fronteras italianas y ha convertido el Bar Centrale en una parada obligatoria para muchos viajeros. Personas procedentes de Alemania, Suiza, Reino Unido, Perú o incluso China se acercan hasta Nebbiuno para conocer en persona a la camarera centenaria y tomar un café preparado por ella.

Anna conserva cuadernos repletos de fotografías, firmas y mensajes de quienes han querido dejar constancia de su visita. Un reconocimiento que también ha llegado desde las instituciones, como el presidente de Italia, Sergio Mattarella, quien le concedió el título de Comendadora de la República por toda una vida dedicada al trabajo.

Pese a la fama que ha adquirido en los últimos años, ella mantiene la misma humildad de siempre. Reconoce que no sabe cuánto tiempo seguirá trabajando, aunque tampoco contempla abandonar una rutina que forma parte de su identidad.

Para Anna, el bar no es únicamente un negocio, sino un lugar de encuentro donde conversa con vecinos, recibe a visitantes y mantiene vivo el contacto diario con otras personas. "Me gusta tener siempre algo que hacer y nunca estar quieta", explica.

La investigación científica coincide en que mantenerse activo física y mentalmente, conservar relaciones sociales y encontrar un propósito cotidiano favorecen un envejecimiento más saludable.

Eso no significa que trabajar hasta los 101 años sea recomendable o posible para todo el mundo, pero sí pone de relieve la importancia que puede tener seguir sintiéndose útil y conectado con los demás.